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Nevares

El timón de Castro.

El timón de Castro.

Desde que fijé ese timón de Castro que me regalaste, la pared ya no se mueve más con los movimientos de las noches y logré, al fin, contar al menos, una a una, las estrellas que te prometí tanto. Quedó al lado del velero de Valdivia, sobre un rectángulo de arenisca negra, y como un bizcocho de madera, al cual en los días de mayores hambres, echo siempre el ojo tentador. Y directamente encima de tus retratos mal hechos, pero magistrales, porque fueron dibujados con toda la mano dedicada del amor.

Se mueve todo con la hojarasca de la bocina del mediodía, agitada de perros, y, luego , lentamente, vuelve a la calma conventual de mis escritos. Los únicos canes que no ladran son los sesenta de mi colección, de resina, en la repisa del lado del Este. A estribor, se abren los árboles, las calles, y la imaginación que cucharea en la claridad omnipotente de la mañana. Y a babor, un tinglado de escaleras y pasillos que conducen a la cocina y a la sentina del barco, al tráfico insoportable del único baño comunal. Somos piratas del espacio celeste. Recibo tu llamada y acudo a verte a un código astronómico de cifras complicadas y enormes, siempre rodeados de astros brillantes. Aunque, al despedirte, me regalas con una bolsa grande de galletas y besas mis labios como un caramelo, apenas a media cuadra de tu cuartel general. ¡Qué lentitud de sardinas bajo la mancha de aceite, este martes 25 de diciembre! Escucho en mis oídos nuevos el trinar de las aves, y en sonido estereofónico. Los cables eléctricos cuelgan lánguidos, como improvisados puentes levadizos que otro día intentarán tu imagen. No sé cuándo. Está mudo en su teclado el televisor, y los pocillos, vacíos todavía de frambuesas. Coinciden un instante mis ojos con tus ojos del retrato, y nos quedamos mirándonos, como volviendo a enamorarnos en la vastedad del día del no saber qué hacer. Y vuelvo a la lectura de ese libro interminable, que me parece haber comenzado cuando niño y que cerraré, eso creo, sólo en mi agonía. Por eso justamente me demoro en leerlo. Por eso retrasas tu amor. Se cuela un himno de ángeles bajo la puerta, casi doloroso, y el tiempo descansa en sus codos. Elevo una oración por los pobres, por los perseguidos de verdad por la fatalidad de su destino y que necesitan de Dios tanto como yo de ti.

Junto a unas fotografías de otra época, el árbol de navidad, con dos tarjetas de saludos. El silencio total, donde come el Minotauro. Y un poco de heno invisible para el Unicornio. El resto, cosas tapadas, cosas prohibidas a la vista, porque de describirlas me darían pena. Santos, bolsitas de té, varios calendarios asolados, papel ( tan abundante como la sangre ), ropa que se niega a ser usada, un alicate, dos atornilladores, dos botiquines ( uno para la salud y otro para la enfermedad ) y muchos libros, llenos de letras y aventuras. Las cortinas de la ventana manchadas por la distancia.

Eso me recuerda que debo lavarlas pronto, y que yo mismo debo bañarme. Y antes que regrese la señora Forbes.

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

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