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Nevares

HERRADURA DEL PAVOR.

HERRADURA DEL PAVOR.

Cierto sonido estridente de mi juventud todavía no me deja dormir.

Es como un barco encinta que debiera haber parido hace cuarenta años

una casta manada de sirenas

y sólo ha dado a luz hordas de turistas desembarcados en hawaii o en Alaska

con sus cámaras fotográficas frías, matemáticas,

y sus ojos que miran en marcos alemanes o en rublos rusos.

Ah y también un espejo de cuerpo entero

donde podría quedar prisionera la Muerte, si algún día se contemplara en él.

Pero solamente a un hombre en todas las vidas de los hombres

se le vio entrar allí y se convirtió en santo inmediatamente

y subió al Cielo en las ancas de una nube hembra.

Ese mismo sonido estridente da origen a los pozos petrolíferos en Arabia,

a los camellos que nacen sin orejas y no babean

ni aunque estén muertos de sed. Su pesar es una giba.

De poder, lo hubiera dejado crucificado en un violín.

Me sigue y sigue como una muela cariada a un dentista,

y no duele en la boca del paciente sino en el sillón del especialista.

Dolor tan grande, hijo del sonido. Sonido tan furioso, que desborda el olvido.

Y a veces se manifiesta sólo como una mañana de sol

en plena herradura del invierno, pero sin cejar en sus estreñimientos.

Y luego solfea sus clavos zapateros, sus agujas de coser sacos,

corre el hielo por las paredes, los gritos barnizan los vidrios,

sus filos tienen el hálito del traidor, la indiferencia del verdugo.

Hasta las manos del carcelero tiemblan cuando acaricia a sus hijos.

 

Cuando nos vemos, lo hacemos llenos de esos sonidos

que no puedo arrancarme de los ojos. Que hacen sentirme víctima

de no sé qué.

Y cuando paso de mi lado a tu lado, de izquierda a derecha,

crujen de metal, de luz, de semilla los puentes

y las nubes de la tarde adquieren el sospechoso color rubí

arrancado del corazón de un inocente.

Tengo pena. Desentono hasta al pronunciar tu nombre hecho de un solo

bloque de espigas.

Hecho de la curva inmácula de una golondrina ciega al vuelo.

Se me ocurre que el pizarrón de los hechos es una calavera.

Que nada me enseñó la tiza al rayar la aurora de mi ignorancia

y que los años de escuela pasaron tontamente a mi lado.

Sólo tengo esta saliva para amarte,

estos aceites esenciales que manan de mi corazón de manatí.

Se me ocurre que soy sordo ante los acordes del tiempo.

Inútil con los pájaros y las flores y los árboles

y el imán del arcoiris.

Que me amas gratis, porque no sabes amar a nadie más.

Porque me quedé pegado delante de tus horizontes.

Y todo mi trabajo fue llenar con mis ojos tus vitrinas

...y hacia donde mires, sólo me ves a mí, y a este sonido furioso que arrastro.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

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