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LAS LLAVES DEL HORIZONTE. ( A los viejos pescadores de Taltal )

LAS LLAVES DEL HORIZONTE.  ( A los viejos pescadores de Taltal )

¿Cómo hacen los pescadores para cruzar la línea del horizonte?

¿Se arrastran nadando entre el cielo y el mar,

y sus faluchos se quedan de este lado, esperándolos?

 

Detrás del horizonte comienza el reinado de la noche.

Brotan en la superficie grandes peces blancos, con ojos borrachos de luna llena.

Son pocos los temerarios que se atreverían a cazarlos.

 

Los pescadores se internaban en esa jungla

buscando el congrio negro, el congrio rojo de frescas agallas,

para, muchas veces, encontrar la muerte o la locura.

 

La abuela nos contaba de estas cosas, al acostarnos,

no para que nos diera miedo; para que nos durmiéramos más pronto.

Y al día siguiente, todo nos causaba pavor. Hasta las líneas del cuaderno.

 

En la taza del baño imagninábamos quizás qué monstruos abominables

dando vueltas en el fondo, alimentándose en esa pequeña oscuridad

de nuestros deshechos.

Mi estitiquez era monumental. Duraba semanas.

Me hacían tragar mis padres litros de purgante.

 

Nunca más picotear entre las comidas.

Y cerrar, cerrar, sobre todo, las ventanas que daban hacia el mar

con los dobles postigos de nuestra inocencia agraviada

por el ser más dulce que podíamos imaginar:

la abuela.

 

Quedaba prohibido mirar hacia La Puntilla, de noche, sin persignarse.

Era una lengua de tierra mágica, afiebrada por las leyendas.

Algo parecía deambular entre los roqueríos, en el estallido brutal del agua.

 

Sólo la vuelta del verano traía paz a nuestra infancia.

Aunque a condición de bañarse sólo en las orillas de la playa.

De jamás darle las espaldas al horizonte. Esa guadaña llamada lejanía.

 

Nos decía la abuela, que por eso bebían hasta embriagarse los viejos pescadores.

Remendaban al alba los delirios en sus redes rotas,

arrancándose a manotazos los demonios de la noche.

 

Al parecer, perdieron las llaves que abrían el horizonte.

Porque, cuando pasé por allí, años más tarde, no había nada.

Sólo un puñado de arenas oscuras y un pedazo de mar, tan tranquilo que parecía muerto.

 

Y no veo otra alternativa:

o fueron sólo un ensueño de nuestra infancia los pescadores

o nuestra abuela querida nos engañó siempre.

 

 

Autor: Julián Rojas ( Héctor Cordero Vitaglic ).

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

 

 

 

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