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Nevares

YO SOÑABA LAS VIÑAS CRESPAS...

YO SOÑABA LAS VIÑAS CRESPAS...

Así te  recuerdo, más o menos, amiga..

con tu aire triste detrás de los Andes.

Hielo y más hielo. La mirada desolada, lejana,

y, en medio, como casi perdida,

tu iluminada voz latiendo dentro de un sobre blanco

como un pájaro pequeño.

 

Yo soñaba las viñas crespas de aquellos cerros.

Los caminos infinitos perdiéndose en lontananza.

Los atardeceres heridos por mil batallas.

 

Pesan las mariposas en la insistencia de sus alas.

Los sueños tienen su propio peso específico y aparte.

Es demasiado grande, demasiado

enorme el barco que llevo temblando

entre mis manos terrenales en busca de un puerto.

Recorrí Chile entero, sin hallarlo.

 

¿Sabías tú que lejanos, pretéritos antepasados míos,

con una espada y un arado, domeñaron esas tierras

donde has soñado tanto?

Se llamaban a sí mismos, maragatos. Llegaron

con los primeros conquistadores desde el norte de España.

Cuando escribo todo esto me sacude el frío brutal de la historia.

Siento las lanzas del malón, el griterío atroz de la sangre,

los ríos que enrojecieron urgidos por los sables.

 

Después, todo fue medido y pavimentado.

Hubo sinrazones humanas y locos desvaríos.

Y fue en lagares como esos, donde crecimos...,

ávidos de ensayarnos, y cada uno por su lado.

Como en una obra magna, pero entre precarios bastidores.

 

Llegaron los encantadores de serpientes.

Los vendedores de oportunidades.

Los que transportaban el rayo y la energía en los bolsillos.

Por todos ellos, tu carne y tu sombra pudieron crecer sin dudas.

 

Vino la pila bautismal, la salud, el poderío,

al igual que la enfermedad y la sepultura junto a los parronales.

Se uncieron en cruz los senderos desconocidos.

Y las calles del pueblo, antes anónimas rúas,

de ahí en adelante llevaron nombre de héroes.

 

Sólo que las mariposas dentro de tus sobres

no resolvieron nunca sus temblores azules...

y las naves en mi bahía siguieron sueltas,

sin conocer su destino, su rumbo.

Hubo un aquí y un allá. Un ahora y un entonces,

como una sombra alejada, independiente de su cuerpo.

 

Y nos palpamos un día en la inmensidad del camino,

sin reconocernos.

Desde ese día vamos sin memoria y perdidos,

como marchan hacia el sol del invierno,

presintiéndolo con sus ojos oscuros,

todos los ciegos del mundo.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

 

 

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