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Nevares

CABELLERA DE BERENICE (capítulos I al 14)

HECTOR CORDERO VITAGLIC

 

 

 

 

CABELLERA DE BERENICE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Derechos reservados de autor

Inscripción N° 174117 (2008)

Santiago de Chile.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                    “Algún día tenían que salirle canas a mis palabras,

algún día tenía que ser el abuelo de mí mismo”.

HCV.

 

 

 

 

 

 

“La decisión de regresar a cualquier momento del pasado en tu vida es peligrosa pero irresistible”.

Paul Teroux  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                             

 

 

                                              

                                                             

 

 

 

 

 

 

                                                               1

 

    -¡Mira al flaco! ¡Sí, sí! ¡Está muy interesado-, dice una letra enjirafada, elegante, alta, con voz chillona.

    -¿Co..cómo se llama?- pregunta-, ¿en qué momento apareció? No me di cuenta…

    -¡Ah!- dice otra, bostezando-, es un amigo del rubio, del  que se escribe con nuestra damita del Sur.

    -Te apuesto que le pedirá la dirección…,se le nota en los ojos. Te apuesto…¡Está enamorado! ¡Está enamorado!

    -¡Cómo va a estar enamorado si recién sabe de ella!

    -Pero, mira cómo se deleita con la carta. ¿No lo ves? Si tiene desorbitados los ojos; está francamente asombrado. Perplejo, diría yo.

    -¡Ah! Es que estas cosas siempre funcionan así; son como pequeños momentos mágicos-. La que contestaba era una letra gorda, ampulosa, y hablaba con un hilillo de voz, como si se le fuera en ello el último soplo, y traspirando entera al hacerlo. Era más coqueta y social que la enjirafada, y, por tanto, dada más a los juegos sensuales y a las cosas esotéricas.

    El flaco se llamaba Julián Rojas y el rubio, Osvaldo Ventura. Eran poetas y compañeros de curso en un liceo de Antofagasta. Osvaldo era, además, un magnífico dibujante, y sobrino de un afamado pintor del mismo nombre. Julián cogió la carta de Berenice, que, generosamente, le regalaba su amigo, y con el sobre en el bolsillo de la camisa, se disolvió en la claridad de la tarde de ese junio de 1962.

    El reloj, entonces, echó a correr su segunda esfera, que es la que nos interesa a nosotros en esta historia.      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                               2

 

    Tengo una agmia imaginaria en la Gran Ciudad. Y como es imaginaria, cada vez que estoy mal  -que ocurre todos los días, con Berenice lejos, en otra galaxia-,  sólo se limita a escucharme. Es mi iagam como un caracol de algodón, como una oreja de piedra volcánica. Aun así, hay gentes que jurarían habernos visto entrar juntos a un café de Providencia, justo a la misma hora en que yo dormía solo en mi pieza, en calle Amunátegui.

    Yo sé que mi mal se llama soledad. Me doy cuenta de que es algo que pasa en mi cerebro. Me equivoco al escribir las palabras aun más simples. Es una dislexia tardía. Vuelvo al oficio ominoso de tener que deletrearlo todo con mucho cuidado, como en la escuela primaria, y, sin embargo, me equivoco. Me salto alguna letra o coloco primero la segunda o la tercera. Digo agmia, en vez de amiga, con la misma vana desesperación con que abro la puerta de calle al sonido de los pasos del cartero, que siempre pasa de largo sin nada para mí. Mi enfermedad, creo, es de carácter social, antropológico, pues las palabras tienden hoy en día a deformarse frente a la realidad ya deforme, que tampoco las interpreta. Amor, en lo sucesivo, va a llamarse maor o moar. Y lo que no hacen entre sí dos labios, no tendrá un vocablo ni un dibujo ni un pensamiento.

    Parecemos con ella dos dinosaurios que pretenden mordisquear en un alambre oxidado de la calle una ramita verde de esperanza. El dueño de casa, que es algo bruto para sus cosas, me dice, acosándome entre las rígidas corcheas del no-saber, que por qué no la llevo a la cama a mi amiga. Que eso lo resolvería todo. ¿Acaso se pueden pegar los pétalos deshojados al cadáver de una rosa?  Ha creído verla entrar a mi pieza. Es posible. Mi cerebro la creó en homenaje a antiguas costumbres nobles como las flores naturales y los pañuelos de hilo. No puede concebir  que sólo la invite a conversar, ese verbo avenido a menos. Ni aunque quisiera podría hacerlo: cuando amo, soy animal de una sola hembra. En otro tiempo mejor, mi amgia tuvo más carnes en el  rostro, en el trasero y en las pechugas. Ya no. Ahora le basta  con ser una idea fijada por los ácidos, como esos retratos eternos que cuelgan de los muros de mi personalidad, y a los que les sobra tiznes y tela. Además, ya vivo como un eremita, y no tengo qué ofrecerle aparte de mi conversación. Una monja de clausura tiene cada noche una fiesta en su celda, comparado con el silencio de mi soledad. Si Dios me está escuchando, perfectamente podrá corroborarlo. No exagero ni un átomo.

    Al apurarla en su generosidad, no sé, preguntándole la hora o pidiéndole un favor sencillo, se deshace hasta el detalle en sus trucos de personaje, a espaldas de la persona que presume ser. Se marcha, llevándose sus aromas inmateriales. Dejando la silla vacía ante mí. Ella  –como Berenice-  tampoco tiene tiempo. Viven los seres imaginarios, y los que viven dos veces su carne y su sangre, pendientes del reloj. Pensando siempre en la hora y el día próximos. Los fotógrafos hicieron el milagro de registrarlos alguna vez en sus cartulinas en blanco y negro. Pero a modo de anécdota, nada más.

    Como Berenice es rubia, ella tiene el pelo oscuro. Y es bajita de estatura, porque la otra es alta. Y así, sucesivamente. Un clon al revés. Sólo coinciden en la manía del apuro y en la fuga precipitada. “Hoy no puedo ir”, me dice por teléfono. “Dejémoslo para el próximo viernes”. Y a su voz congelada, los libros vuelven a ser parte intrínseca del árbol, sangre de nuevo bajo las sienes del pobre pensamiento.

    Cuando hagan un inventario de mi cadáver, no podrán decir, pese a todo, que yo vivía en el siglo diecinueve. Encontrarán junto a mí la certeza de una pelela de plástico (con mi nombre escrito a plumón; recuerdo de un accidente casi fatal en la techumbre de mi casa perdida ya para siempre). Un celular, con más ceros que números, y que uso de pisapapeles, pues nadie me llama. La carga de la batería me dura tres días y algunos semestres más. Lo compré por la ganga de unas llamadas gratis que venían con la oferta, y disqué, al azar, un número del Congo, hasta gastar mi voz. Y para darle, además, uso al cargador que lo acompañaba, porque soy un hombre también práctico. Y una máquina de escribir. Una máquina de escribir abollada en  alguna parte de mis parietales. ¡Y en la plenitud de la Edad de los Computadores!

    Al tomar un café juntos, veo cómo desciende en ella lentamente el líquido, escurriéndose en un hilillo caliente y volviéndose a apozar un instante, deglutido a medias, entre la jícara y la silla, suspendido en el aire. La taza describe un círculo, una parábola perfecta que invita al diálogo, y descansa con un movimiento casual sobre el escritorio, que también es mesa de pensar, de aplanchar, de dibujar y de comer. Multifuncional. Envidia de los japoneses. Eso ocurre, porque el fantasma de mi imaga se ha ido momentáneamente. Está elucubrando quizás qué pensamientos de nidos o legumbres para mañana. Y esa mañana no es la mía, sino la de ella. Y cuando piensan las simaga, se transparentan al máximo, como las luciérnagas del jardín o las medusas del mar, hasta desvanecerse.

    La vuelvo violentamente a la vida con un poema. Me hace ver, de rebote, que cada vez me parezco más a otro poeta que a mí mismo. Entonces, los invisibles somos los dos. Debo estar convirtiéndome a mi turno en otro de sus agmios. Si es que alguna vez existí. Si es que no soy simplemente el sueño de alguien.

    Le cuento, al volver ella en sí, materializándose a medias en la oreja de la taza, un brazo primero, luego el torso y las piernas, la cabellera negra llena de pelos, hasta completarse en el vestido y en los zapatos,  que me fue mal en los tres últimos concursos literarios en que participé. No conocía a nadie del jurado. No soy hijo ni sobrino de algún vecino de uno de ellos. He quedado solo en este mundo con mis ideas cargadas a espaldas de la imaginación. Ni pensar en las maravillas de los trabajos que sí fueron premiados, como ya constaba desde antes, gracias a la voluntad omnímoda de los caballeros vestidos de sayo y birrete. Siempre lo dije: no clasifico por edad, porque ya dejé de ser joven hace rato para este mundo rubio y de ojos celestes, y me faltan aun otros años para alcanzar la oferta dorada del mercado prometida a los viejos. No me conoce nadie porque siempre he llamado al pan pan y al vino vino. Sólo reconozco a hombres y mujeres, y no me gustan las medias tintas. No me masturbé en un museo ni le he cantado un panegírico al Presidente de la Nación, acompañándolo en alguna de sus giras. ¡Bah, ni siquiera posé para la multitud biringa de Spencer Tunick!  Hasta dudo de que mis colaboraciones culturales hayan sido efectivamente leídas por el Jurado. Le tengo más fe al Kino, sinceramente. Al menos, tengo la certeza que mi cartón es uno entre cinco millones iguales.

    Hablamos después de otros temas no menos entrañables: de escafandras de buzos, del arte de la taxidermia. Le leo parte de mi novela, que algún día amenazo con publicar, agriándole en el gusto las galletitas de limón que le he convidado. Y, mágicamente, comienza a nevar. Me acuerdo de mis dos viajes a Europa (que más de alguien me ha criticado). Ella, de un antiguo compañero de oficina, que era lo suficientemente loco como para atreverse a existir. Y se agota ya la tarde interesante. Antes de levantarse (tendré que importar hormigas para las miguitas regadas por el piso), ya se ha marchado. Ya no está aquí.  Es sólo el recuerdo de sus pasos, como una rémora de sí misma, lo que acompaño hasta el paradero del bus, porque es tarde. Pero siempre es tarde, ¡qué novedad!

    Debería abrazarla, al despedirme de su presunta imagen evaporándose entre el smog de la calle, sólo para no sentirme solo, pero no puedo con las suspicacias de los transeúntes  –que deben verme como a un loco peligroso, hablando a solas-.  Debería retenerla otro poco, porque aunque hija de mi pensamiento, no tengo a nadie cuando se marcha de verdad. Finalmente, termina por imponerse el espartano, el anacoreta insoportable que vive en mí. Y me devuelvo por los infinitos peldaños hasta mi pieza, encorvado de sentimientos ambiguos. No lo digo, porque sería patético decirlo, pero todo esto me huele a tristeza, como un trapo viejo y sucio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                               3

 

    Era muy agradable, las tardes en que podía hacerlo, olvidarme de los pesados deberes de estudio y encaminar mis pasos por la diagonal Aguirre Cerda, extendida desde la Plaza Perú hasta los Tribunales, e ir más allá, hacia el centro de Concepción. Le daban los últimos retoques a la Casa del Arte, en el barrio universitario, con ladrillos rojos y gredosos que alguna vez lanzamos contra Carabineros en una de las habituales protestas estudiantiles. Los balcones de las lindas casas del sector brillaban con flores en sus macetas y se respiraba un aire puro de libertad. Parecía repetirlo el granito de los muros de esas mansiones patricias y multiplicarlo en el cielo las nubes algodonadas del invierno que ya se retiraba a sus viejos cuarteles. La gente caminaba más erguida y tal vez menos triste que ahora, con sus expectativas llenas; los hombros cuadrados con el futuro, que no se vislumbraba tan gris como en el presente. La personalidad de la urbe a orillas del imponente Bío-Bío, como en tantas otras, estaba en sus plazas abarrotadas por una multitud delirante, en sus variopintos mercadillos, en sus barrios populares. El Teatro Universitario, frente a la Plaza de Armas, había visto nacer a lo más granado del mundo de las tablas. Pero el centro mismo de la ciudad estaba en el Mercado Municipal. Allí, donde emanaban los efluvios deleitosos de sus cocinerías, de los puestos de verduras, frutas y flores, y donde se dan cita, como genuinos actores, todo el rango de personajes de baja estofa, de aventureros, matriarcas, prostitutas en busca de sol, de borrachitos sedientos, de buscavidas, que compartían por unos minutos con las honestas criadas del barrio alto, con los turistas y los empleados que iban, de carrerita, a “empinar el codo”, o los estudiantes, como yo, en busca de un almuerzo diferente o el desempleado que daba sus vueltas por allí, para “matar el tiempo”. Fugitivos siempre de algo o de alguien. Los que buscan la novedad en los rostros, en los perfiles, en los colores, en los aromas ajenos. O los que simplemente orillan la sociedad, sin tener otra que hacer sino mirar y mirar cómo pasa la vida,    como un río de personas. Sin saberlo, peregrinando con los dictados del poeta Jorge Manrique.

    Desde tempranas horas, antes del canto del gallo, comenzaba el insólito acarreo, despiadado de esfuerzos, increíble de pulmones y gargantas en ristre. A garabato limpio, los carretoneros acudían desde los cuatro puntos cardinales, con el sueño todavía en vela, vaciando los bodegones, las oscuras “caletas” donde reposaban noche a noche las mercaderías: los altos atados de zanahorias, los cíclopes sacos de patatas, los enormes racimos de coliflor y de repollos, los talegos inconmensurables de camotes, los astronómicos zapallos, los hieráticos rábanos, en fin, las cristalinas cebollas de nuestros generosos campos y huertos. Todo esto como un micro tráfico, a espaldas del sueño, y que servía de despertador al resto de la humanidad durmiente.

    En la vastedad de locales, que se adentraban en la oscuridad acristalada del viejo edificio, entre gruesos mesones de piedra o de mármol, y un tinglado de sillas y taburetes, de estanterías repletas, ya estaban siendo apaleados los locos de tinta violácea; ya se destripaban los pescados de ojos vidriosos y soñolientos; saltaban en las canastas, todavía vivos, los cangrejos y las jaibas atenazadas como para un fiero combate contra el hambre (ignorando que ellos eran las víctimas y no los verdugos en esa refriega culinaria); castañeteaban de frío sudor las ostras, las almejas, los choritos o mejillones, y se trozaban en pequeñas exquisiteces para los caldos futuros, los ramales de pulpos. Todo esto, mientras entraba, como un invitado pertinaz, por ventanucos y pasillos, la pavorosa niebla de las mañanas gélidas del Sur. Los puesteros se reacomodaban sus gorras hechas de sacos harineros, estiraban sus blancos delantales, echándose al gaznate una caña de tinto,  “para la buena”, mientras picoteaban trozos de pan untados en ají. Y luego sintonizaban la radio popular, para terminar por animarse, sacudiéndose  la modorra tempranera con algunas cumbias o guarachas. Hacía furor en esos años un rock de Los Ramblers, sobre el recién pasado mundial de fútbol. “Tómala, métete, remata…./ ¡Gol, gol de Chile…!”              Y se persignaban por Sánchez, por Rojas, por  Campos, como si fueran sus madrecitas santas, mientras coreaban la canción a todo pulmón. Haciendo fintas, malabares, entraban y salían    cargados sus carretones hasta la tusa los verdaderos seleccionados locales, en un vertiginoso tráfico de otras urgencias. Se dejaba ver más de algún pordiosero, algún rezagado de la vida, que no tenía ni siquiera los tres maderos de un guardavallas que proteger, y que andaba con todos sus piojos encima como único tesoro. Estiraba la mano temblorosa tras la moneda salvadora “para hacer el desayuno” (el desayuno, evidentemente, era la caña de tinto). E irrumpían en escena los pregoneros, los canillitas, vendiendo a grito pelado “El Sur” o “La Patria”. ¿Había acaso un director invisible que ordenaba todas estas entradas al escenario? Era cosa de llevar una cámara y filmarlo todo, en su más puro estado salvaje. Porque ellos, estos actores,  se representaban a sí mismos y con orgullo casi ignorado. Allí, en esa atmósfera de trastienda de un teatro feroz pero real, auténtico, nunca fui tan feliz como hasta entonces, tan lejos de mis vicisitudes emocionales, pero más cerca que nunca de Nietzsche y de Manrique. Estaba medio muerto de frío, con los nudillos de mis manos azulosos, desencajado el pecho por las puntadas del hielo y con la blancura angulosa de mi cara, pero me sentía renacer, florecer y casi levitar de sencilla emoción, mientras echaba una vaharada plena de vapor y felicidad. Como buen nortino apenas sabía algo de flores. Los raquíticos clarines del desierto. Alguna rosa trasnochada en un antejardín cuidado con esmero. ¡Cómo podrían crecer más rozagantes si se las regaba con un líquido que era más arsénico que agua pura! Y era el agua “potable” más cara de Chile, y tal vez de todo el mundo. Los nortinos andábamos todos pintados con lunares blancos en los brazos, y algunos enfermaban y se morían de verdad. Aquí, en cambio, con las aguas naturales de la Madre Tierra y las generosas lluvias, y los terrenos arcillosos,  estallaban en toda su belleza las proletarias hortensias, las frágiles azaleas, las misteriosas camelias, las muy nobles magnolias, las campeantes retamas y la curiosa flor del ciruelo oriental o chino, que parecía hecha de papel crepé; sólo por nombrar algunas. Entre los árboles, aparte de tilos, arces, encinas, sauces, lumas, mañíos, raulíes, eucaliptos y ulmos, entre     tantos otros, nunca logré dar con la pieza mayor del safari vegetal: el roble. Y más allá de evocarlo en un olvidado libro de colegio, lo llevaba en el corazón por esa pegajosa melodía llamada “Ata una cinta amarilla al viejo roble del jardín” (que cantaba, entre otros intérpretes, el viejo de los ojos azules,  Frank Sinatra, “La voz”), nacida de la nostalgia y del anhelo familiar de que regresaran sanos y salvos a casa los muchachos yanquis que peleaban una guerra que no era suya en Viet- Nam.

    Esa tarde, pedí lenguado frito con acompañamientos de ensalada surtida y un café, de postre. Me puse a escanciar sobre el pescado, una vez despojado éste de sus espinas,  generosos chorritos de aceite, vinagre y harto limón. ¡Puf, puf! Me veo todavía sacudiendo el maldito salero, que en ningún restorán de Chile funciona bien. O se niega a soltar un solo grano pálido o cae todo el contenido de una sola vez. Y antes de que se me deshiciera la boca en saliva, aplaqué mi ansiedad con unos sorbos de un buen tinto. Era otro, y muy distinto su sabor, comparándolo con los lenguados nortinos que yo mismo sacaba desde el muelle Prat, en Taltal, y que mamá cocinaba como los dioses. Este me pareció más insípido y aguachento. Pero para eso le ponen a uno en la mesa la botellita de ají y las rebanadas de mantequilla sureña: para disfrazar el sabor, para ocultarlo casi con vergüenza.

    Y como estaba de añoranzas familiares, y conteniendo unos lagrimones solitarios, que pugnaban por brotarme en medio de tantos desconocidos que me miraban como si fuera un extraterrestre o como si acabara de alunizar, me puse a recordar el reciente viaje al pueblo de La Laja, invitado por mi tío Rodolfo, jefe de bodega de la compañía papelera local. Me recibió en la estación con un efusivo abrazo (que casi me descalabró entero), largos años contenido, echándome de entrada dos “tallas” pesadas. Que no se me ocurriera enamorarme de la María Cristina (mi prima), y, al verme tan paliducho, exagerándolo todo él, me comentó misteriosamente al oído, para mi vergüenza: “¡Mucha ‘Manuela viuda de Palma’, sobrino!” Todavía resuena su risotada en mis pailas. De la prima, ni hablar. Me sacó la cresta en varias partidas de ping pong. Era una flaca elástica, ágil y con unos reflejos de pantera. Me humilló contra la red. Yo veía pasar como un rayo la torturante pelotita blanca, y siempre daba con mi paleta contra  el aire o amenazaba con despedazarla contra el tablero de juego.  Ella sólo se limitaba a sonreír, con esa risita socarrona heredada de su padre. Aunque, como desquite personal, debo aclarar que el tío Rodolfo, igualmente, a pesar de que las primas fueron siempre (y siguen siéndolo) intocables para mí, tuvo que dormir toda esa noche con un ojo abierto, “por si las moscas”.

    En otro fin de semana, y esta vez acompañado de mi hermano Rigoberto, viajamos a Tomé, la ciudad de los paños de oveja, la que vistió a casi todo Chile por décadas, hasta su lenta agonía actual. Fuimos a saludar a unos parientes políticos, por parte de la mamá, la familia Marfull.  Ambos breves viajes fueron como el sol necesario para alumbrar con velas y piñata la dolorosa soledad de estudiante lejos de casa. Acabé por beberme a la carrera la taza de café. Se hacía tarde. Iba a llover y había que preparar la maleta para el viaje mayor, a Osorno, al día siguiente. Pagué la cuenta y dejé un par de monedas de propina. Un telegrama de Berenice le dio luz verde a mi esperanza. Me recibirían en su casa. Se pegó, para lograrlo, un lloriqueo de antología. Salí de prisa a la calle. La realidad me pareció una pared de vidrio estallada. Los hechos, en lo sucesivo, parecían adelantarse al guión del destino, o retrasarse, simbólicos, independientes del reloj físico. Como en una película de Bergman, pensé.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                               

 

 

 

                                                4

 

    Esa noche hubo zafacoca en la cabina N°2. Todas las luces del pequeño edificio estaban encendidas, así como las de las mentes de sus inquilinos. Había un loco ajetreo en los dormitorios, que continuaba más allá, en los pasillos, y desembocaba en el saloncito. Alumnos despidiéndose acaloradamente, como si nunca más fueran a verse, y eran apenas dos semanas de descanso. Algunos acarreaban sus maletas, sus atados de ropas hasta el living comunitario, donde otros fumaban en la oscuridad, colgados de su propio silencio como búhos o murciélagos. Estaban muy pensativos, cabizbajos, añorando el reencuentro familiar; reuniendo sentimientos dispersos para la ocasión; ensayando frases por adelantado; dudando acaso del recibimiento de las novias que dejaron en su pueblo. Afuera, los pinos se emborrachaban, acompasados, en el viento áspero, y ya caían las primeras gotas de lluvia, anticipándose a un grueso chaparrón. Los vidrios de los ventanales, con la claridad de las almas gozosas por dentro, devolvían el reflejo de esos rostros graves. Y esos rostros graves se miraban en los cristales, sin reconocerse, y luego sonreían nerviosos a sus propias imágenes. Y todo eso lo hacían secretamente, y con cierta ingenua vergüenza. Así es Dios. Está en cualquier resplandor, aun de noche, y con el tiempo amenazante allá afuera. Se destapaban botellas de cerveza. La “ley seca” no corría para esa noche tan especial. Se apagaban en los ceniceros cigarrillos a medio consumir, como sólo se veía en las películas. Volaban las tallas y bromas. Pero éstas eran ahora para botar los nervios, y nadie las celebraba con el ruido de otras ocasiones, pues las mentes estaban puestas en otro lugar más iluminado, lleno de aires familiares, de rostros que esperaban la llegada de los “héroes”. Como si retornaran de la Luna o de Viet-Nam.

    El “Mechón” Rebolledo, con sus quiscas aceitadas y dobladas afanosamente, como con alicates, recogía todavía los calcetines en su pieza; los doblaba cuidadosamente, como si fueran fotografías pornográficas, y los iba acomodando en los   costados de una maleta de madera tosca, que parecía sacada de un hotelito del far west, o escamoteada del Museo Histórico Nacional. “¿De dónde sacaste esa maleta, huevón?  ¿Del Arca de Noé?” Le grito alguien al pasar ante la puerta abierta. Y el “Mechón” rió con una risa asustada, y casi se le despeinaron las quiscas, sobre sus ojitos saltones.

    Gente que vivía más lejos, en Punta Arenas o en La Serena, iba a pasar dos o tres días arriba de un bus, acortando sus vacaciones. Yo mismo, tras un largo viaje en tren, iba a estar en Osorno al día siguiente por la noche. Rebolledo, en cambio, era de Temuco, y en un par de horas ya estaría abrazando a los suyos. Los “Vía Sur” y los “Lit” corrían hasta Santiago; y desde allí, al Norte Grande, “Andes Mar Bus”. Eran todos ellos vehículos grandes y fríos, con butacas de peluquería, tiesas como palo. Uno llegaba a su destino todo aporreado, con las nalgas adormecidas, con tanto zangoloteo del chasis. Al abrir los ojos, al final del viaje, para algunos, el verde cambiaba a gris, a violeta, a café; convirtiéndose la visión en pálido desierto o en acuciante nieve y ovejas despeinadas por las rachas de viento. Y de la lluvia y la humedad se pasaba al calor y al sofoco de las pampas infinitas, o al hielo que cortaba la piel con diminutas navajas. Era como llegar a otro planeta. Al planeta donde uno verdaderamente vivía no-prestado.

    El “Mechón” Rebolledo arrastraba el pesado arcón hacia el living, rayando el cemento y el parquet con los refuerzos metálicos de sus ángulos, como dejando atrás una estela melancólica y colegial. El “Gordo” De Orúe contaba a un grupito de íntimos, los últimos chascarros del día, con su carita de luna llena de sonrisas. Le escuchaban, sin perderse detalle ni mueca alguna, el “Alemán” Renner, el “Chico” Antonioletti, el siempre impasible Campos, el muy silencioso Sanhueza, y el siempre risueño  Jorge Arias Parra. Años más tarde, y por esas casualidades de la vida, nos encontraríamos con Jorge en Mantos Blancos. Cada uno del lado distinto de un mesón bancario. El todo ya un ingeniero trabajando en la cuprífera nortina. Alguien, más allá de las luces de la escenografía, gritaba a todo pulmón por unos calzoncillos perdidos. Y se le contestaba con el mismo desparpajo, a coro eso sí, que debía haberlos dejado olvidados donde el “lacho” o donde “el que se come a tu hermana”. En  otro rincón rasgaban una guitarra. Y los lamentos de las cuerdas casi nos hacían llorar a todos a moco tendido. Los sones bajaban en puntillas la colina orlada de pinos, invadiendo las otras cabinas con su nostalgia y mezclándose a las propias nostalgias de ellas. Parecían condensarse en la niebla y terminaban por deshacerse en las miradas vidriosas que apuntaban al vacío de la noche, tras los ventanales. Eran diez las construcciones, comunicadas entre sí por senderitos de ripio y piedra laja, y en cada una de ellas pernoctaban alrededor de dieciséis estudiantes. Cada cabina medía unos veinte metros de largo, con un cuerpo central de doble piso, baños traseros, living o salón con chimenea y sillones de cuero, y dos o tres salitas de estudio. En la parte alta vivían los alumnos más antiguos, por privilegio ganado. Y en el ala que se extendía hacia un costado, había piezas pareadas a lo largo de un pasillo, ocupadas por dos estudiantes cada una. La idea era que un alumno avanzado hiciera las veces de tutor del novato o mechón, con quien compartía dormitorio. En esa paz y mancomunidad, se suponía que el estudiante nuevo encontraría el ambiente adecuado, lo más parecido al de su propio hogar para estudiar y estudiar y estudiar. Amén de aquello, la Universidad contaba con un excelente Servicio Social, y las comidas (tres al día) se servían en el Edificio Central del Hogar, a escasos metros de estas cabinas.

    Un mal día, la muchachita callada, humilde, que acompañaba a su madre en la recolección de ropa sucia para el lavado, haciendo una paciente peregrinación de cabina en cabina, por los faldeos de la colina, desapareció de nuestra vista. Después se supo que estaba preñada de varios meses. ¿Quién había sido el autor de la “hazaña”? Nadie. Nadie, como siempre. La madre, por la vergüenza o por la inutilidad de la gestión, tampoco presentó una denuncia a las autoridades del campus ni a Carabineros. Y el hecho pasó al olvido. En esos instantes de júbilo, de risas tontas, alguien recordó el suceso y se “cargaban el muerto” unos a otros, tomándolo para la chacota. “Tiene que ser el “Mechón” Rebolledo”, decían algunos. “¡Si es cosa de mirarle la cara de sicópata!” Y otros, como defendiéndolo, contraatacaban: “¡Pero si este huevón no le ha visto el ojo a la papa, todavía!” Y todos se cagaban de la risa. El que la desgració a la muchacha seguramente era de otra cabina. Al menos, ése era mi consuelo. Yo, en vez de viajar al reencuentro de los míos, iba a adentrarme en la lluvia y en el frío, más al Sur aun, en el “pate´fierro”. Comenzó a caer una lluvia despiadada. Era como si la lluvia quisiera borrar tantas risas sarcásticas y tanta culpa de alguien, (por quien pagábamos todos, y no precisamente el bandido que señalábamos con nuestras bromas).

 

   

   

    

 

 

 

                                                                          5

 

    Un cojo camina en la ciudad que, hoy, curiosamente, tiene un silencio profundo, embanderado de paréntesis y corchetes, pantanal, trasnochado de tricolores. Las barreras dispuestas han alejado el ruido diario de los motores de esos enormes buses amarillos que habitualmente hacen tronar los vidrios de mi ventana, en mi pieza de Amunátegui. Mastodontes esperando el cambio de semáforo en la inmediata esquina. Y siento su invalidez de pasitos lentos, goteantes. Y crecen mi soledad y mi nostalgia en el talón sano y en el apéndice de aluminio del cojo. Su dolor no me viene de ninguna guerra en particular, pero es herencia de todas ellas y de las trincheras más amargas de la vida.

    Viene, sin compañía, por Morandé. Yo no estoy mejor en mis mejillas, en mis huesos. En el pequeño taburete que me sirve de merendero, donde tomo mi desayuno solo, mi almuerzo solo (unas rodajas de cecina sobre un plato frío de arroz o de fideos; a veces, una naranja; siempre, una taza de café), he puesto ahora el cenicero, y fumo lentamente mientras veo la televisión. Los aviones rayan el cielo dieciochero. Los soldados –como los soldaditos de plomo del cuento de Andersen­-  desfilan con sus mejores galas en la elipse del Parque O´Higgins;  pero yo los veo sólo en blanco y negro, en la pantalla mínima de cinco pulgadas de mi televisor, que se sacude y quiebra las imágenes, como si los personajes tuvieran tercianas. Una carta para ti espera con ansiedad el día lunes, cuando desfilaremos recién los dos, empavesados de pies a cabeza, frente a la alegría muda del papel. ¿Cuándo nos reencontraremos?  Tienen que ocurrir varias cosas para que llegue ese día. Tengo que triunfar como flamante vendedor de libros. Debo convencerme yo mismo de esa convicción. Debo encontrar al cliente, al lector ávido de enciclopedias caras, y con la billetera abierta, dispuesto a escucharme, mientras lee en mis ojos mi amor hacia ti, mi necesidad tan humana de mantenerte. Suena sencillo y barato. Y no lo es. Nos capacitan en la monumentalidad de una torre de vidrio, que es el Hotel Marriott. Café a destajo. Excelente ambiente laboral. Por Avenida Kennedy, junto al Parque Arauco. No sé por qué me recuerdan estos días mi servicio militar. Deben ser las resonancias del día de hoy. Pimientos adormecidos de calor en el enorme patio del regimiento “Pedro Lagos” en Calama. Enero de 1964. Roberto Viaux Marambio, el comandante. Ayer escuché la noticia de su muerte. Levantarme, como entonces, a las seis de la mañana. Viajar colgando de la manilla de un bus, paralelo al Mapocho, que se vuelve un río de mugre y de lágrimas y de cemento en la modernidad de las carreteras urbanas. Y la nota final, para ganarse la ansiada escarapela dorada del vendedor profesional, es lograr una sola venta. ¡Una, no más, que sea! Y hasta fracasé en ese intento con el hijo de un primo carnal que trabaja en Megavisión. Me hizo esperar en su oficina hasta el absurdo. Y, cuando apareció al fin, tras los abrazos de rigor, y los recuerdos familiares, y las risas, y las buenas intenciones, le preguntaba a cada colega que pasaba “¿No es cierto que nos parecemos?” “¡Es mi tío!” Les decía con orgullo a los incrédulos empleados del Canal. Pero, igualmente me dijo que no. ¡No! No nos parecemos en nada. Yo soy un ingenuo abuelo, jubilado por la vida y por las emociones en las que siempre he creído, y tú eres un triunfador, o un trepador social, o no sé qué (¡Eso es lo que pensé, y no tuve valor para gritártelo a la cara!). Y arranqué de todo ese mundo trucho, de luces de colores, de plásticos, de sonrisas falsas de canal de televisión. Me mataste, disparándole a la última de mis ilusiones, hijo de mi primo, y, luego, tuve que volver a Osorno, sintiéndome traicionado como Cristo en el Monte de los Olivos. Un notario, el día anterior, me había dado con la puerta en las narices. No quedó constancia alguna de su maldad (con razón, Neruda les tenía bronca). En el Hospital Traumatológico me tramitaron hasta el aburrimiento. Iba con los hombros arriba, por infinitos pasillos oscuros, “quebrándome” en la mejor de mis disposiciones, con cara de ganador, soportando con una sonrisa las caras imbéciles y los hedores surtidos. Un no tras otro no. Y, de repente, alaridos que electrizaban el ambiente. No sé por qué me acordé de Kafka.

    Me di cuenta que era el príncipe de los fracasados, el jocker de todos los fiascos, y que ese mundo no era para mí, por más que deseara y necesitara del triunfo. Y, para colmo, a veces pasaban dos o tres días en que no tenía noticias tuyas, Berenice. Una voz, unas líneas de aliento. Nada de nada.

    El cojo sueña con encontrar un billete de mil, algo caído del sueño de otro, y que, arrugado de sombras, lo descubran sus ojos y no otros antes. Ignacio Carrera Pinto, en verde y blanco. Con ese 6 en la gorra, con que comienza el número de la Bestia. “Chile a sus héroes”. ¿A cuales? ¿A los de papel? ¿A los que desfilan ahora en blanco y negro, y con tercianas? ¿A los seres “normales”, como yo, que apenas superan el pavor de cada día de existencia, sin ninguna ayuda oficial, sin el valor agregado de la fama, de la televisión, de la magia o de la historia?  La tarea de los soldados en el desfile del Parque es mucho más sencilla, llena de aplausos preliminares (que se inician, que se propagan como el fuego desde las palmas de sus madres y hermanas, y continúan entre el vecindario y las amistades; incluyendo a los primos de corazón), de gallardía grabada en off.  Si me fuera bien, en cambio. Si mi situación económica repuntara, como si me ascendieran a capitán desde la desconocida soldadesca, y te pusiera un departamento donde podamos vivir, así y todo, mi tarea no estaría completa. Tú también tienes que escuchar, y en tus propias calles de Osorno, mi cojera. Ascender de rango mis tardes de café solitarias. Y lo que me parece más difícil e increíble: dejar todo botado y venirte a vivir conmigo a Santiago. No importa que después te escribieran tus hijos cartas amargas, reprobatorias, como lo hizo Andrés Javier conmigo, culpándome de todo. Son los desasosiegos propios de la juventud. Yo te abandoné a ti, el 67, para seguir el largo camino que me conduciría hasta su madre, para que él (mi propio hijo) pudiera nacer, y criticarme. Pero ahora es sólo un detalle, y ya no lo recuerda.

    Y, antes de ello, tienes que abandonar a tu marido. Su enfermedad te duele en mi cojera capital. Y te duele en el remordimiento, no en el dolor. Te duele en plena misericordia. Pasas, antes de salir a verme en el teléfono, en la carta de correo, por el vestíbulo de la casa,  como un mar proceloso,  y llegas desnuda de toda sal a mí, casi insípida, tan incierta.

    No tenemos tiempo, querida mía. Aun caminando lentamente, como aquel cojo de la calle Catedral, no evitaremos la recta final que despeina los ánimos aun más recios y decididos. Nos empujan: son impostergables las decisiones que tomaremos. ¿Estás dispuesta? ¿Te la jugarás por mí y por aquel cojo abandonado de Dios? Te recuerdo cuando niña: flacucha como un ave zancuda. Tu largo pelo rubio, crespo, enredándose en las manijas de los muebles, en las rugosidades de los troncos de tanto árbol que amabas, con una sola muñeca con quien jugar. Tarde aparecí yo para regalarte otra. Le puse tu nombre. Espero que tu hija no te la haya quitado. Ella tiene mucho más de la vida, de las cosas que a ti te faltaron siempre, hasta un padre. Acabo de llamarte por el celular, consumiendo los mendrugos de tiempo que me quedaban, guardados para ti este sábado. Me encanta tu voz cristalina de tan ronca que es.

    Niña todavía, te quedabas largos minutos contándote los dedos, en una cuenta de números misteriosos que nunca nadie entendió. Actos tal vez premonitorios del dolor que te esperaba más adelante. Eras una sacerdotisa del dolor, hasta que me conociste, y renunciaste al fuego sagrado por mí.

    Y, de reojo, mientras te cuento esto, estoy esperando el desmayo de alguno de los soldados, tanto tiempo parados bajo el sol implacable; y que empiecen a caer como fichas de dominó todas las corridas uniformadas, hasta llegar al general a caballo que va a dar la orden de inicio del desfile.

    Pero no sólo te he quitado cosas ¿no es verdad?  Has vivido conmigo alegrías esenciales, que no figuran en los mapas (ni siquiera en un modesto Diario de Vida; excepto, en la boca ardiente de mis poemas, que algún día desaparecerán para siempre). Has vuelto a ser mujer, hembra a mi lado. Has barajado de nuevo las cartas del destino, y ahora tienes un horizonte, una esperanza por la que luchar. Ahora puedes profesar en pleno el Amor. Te has arraigado a la tierra, de la que te elevabas inexorablemente. Tu alma subía a los cielos, dejando abajo sólo tu forma física, tu menguado cuerpo de queltehua. Amo todo lo que eres, hasta tus silencios ásperos. Y si tienes que anidarte entre mis brazos con tus dos hijos, los recibiré a los tres, gustoso. Y será una compensación de la Vida, por haber perdido yo a los míos, por ir detrás de ti. Yo no puedo ir más a ti. Mi deber es quedarme a escuchar a ese cojo que camina sin fe por las calles. No vaya a ser cosa que le pase algo que yo jamás me perdone por el resto de mi existencia. Sé que lo comprendes. Has renunciado por mí al fuego sagrado, y has vuelto a recuperarlo. Y yo, paralelamente, me he enriquecido de símbolos. Y esta vigilia me es obligatoria. El cojo puede ser Jesús. Tú lo sabes.

    Mi amor es absolutamente fiel a ti, arrancándome a jirones los recuerdos de todas las mujeres que pasaron, fugazmente, por mi lado. Te soy más fiel que un promesante de la Virgen de La Tirana. Sólo que, así como ayer, en Puerto Montt, fue un ciego nuestro nexo, ahora lo es este cojo del alma, del sentimiento, de la pierna izquierda, del abandono brutal. Llegará hasta mi puerta para que lo reconozca como a un hermano. Y te iluminaré a ti, iluminándome yo en él.  “¡Pasa! ¡Adelante!”, le diré. “¡Es todo tuyo mi lugar!” Y yo tomaré su muleta sebosa de axilas, y la vida continuará como en una carrera de postas. Estoy llorando, mientras desfilan los soldados, mientras sobrevuelan el Parque los aviones de la Fach, por todos los desplazados del mundo. Y es ésta, y no la otra, la verdadera pantalla de la vida. Ésta, la de mis dos ojos con lágrimas ciertas, sinceras. Y el andar titubeante del cojo, ya por Amunátegui, constituye la verdadera parada de este día glorioso y militante.

 

 

 

 

 

 

 

      

                                               

 

 

 

                                                 6

 

     “¡Julián Rojas!” – me llamaba alguien a gritos, a  mis espaldas, en un pasillo de la Escuela de Educación. Era Alberto Durán, compañero del segundo año. Mientras avanzaba entre la multitud de estudiantes, visualicé sus rasgos: de rostro ovalado, con ojos pequeños y cejas espesas bajo un pelo negro y ondulado. Caminaba con ademanes enérgicos, como esas personas que no pierden el tiempo en nimiedades, que gustan de ir directo al grano. En realidad, no éramos lo que se puede llamar “amigos”. A veces cruzábamos unas cuantas palabras en los pasillos de la Escuela, y siempre de estudios o de literatura. Y no dejó de llamarme la atención el énfasis que puso durante el encuentro, que no pareció justamente casual; era como si me hubiera estado esperando largo rato, hasta encontrarme. Yo llevaba en uno de mis bolsillos una carta de Berenice, que había retirado desde los casilleros del Hogar Central, y que no había tenido oportunidad de leer hasta entonces. Con mi mirada le suplicaba que se apurara en lo que tenía que decirme. Sólo quería ir a encerrarme en mi pieza. (“…Los prados tienen flores / que saben a ti…”).

    Los estudios no daban tregua. Tenía un horario tan repartido a lo largo del día y en aulas a veces tan alejadas una de otra, que había que andar a la carrera por todo el campus de la universidad. Una de esas clases, lo recuerdo muy bien, se daba en el Instituto de Patología; es decir, en la morgue. Lo extraño era que yo estudiaba Licenciatura en Español. Y a eso de las ocho de la mañana, con una niebla cerradísima, entraba en el mentado edificio, tétrico, como  sacado de una película de Drácula. Y en la búsqueda de mi sala, en las entrañas mismas de la construcción, aparecía de repente, entre las sombras, la silueta de un cuidador o de un funcionario; y uno tenía la impresión de cruzarse o con un zombi o con Jack El Destripador, en alguna callejuela de Londres. O me tocaba pasar ante salas de puertas siempre abiertas, con cadáveres frescos o semi diseccionados a la vista, con los que practicaban los estudiantes de medicina.

    Tenía que devorarme muchos libros cada mes; por lo general, dos o tres por semana. Más otros que yo leía por gusto personal. Y este milagro se lograba sólo con el sistema infalible  de “lectura rápida” que felizmente a alguien se le ocurrió inventar. Para saber cada día más. Para saber ¿qué? Porque mientras más se aprendía, más conciencia tenía uno de su ignorancia. La verdad, es que estudiamos no tanto para saber algo definido, que nos marque, que nos moldee, como para una nota, para un cartón y, en definitiva, para tener un status social: casa, automóvil, empleada doméstica, viajes al Caribe, hijos estudiando en colegios caros. Y así, el mismo círculo vicioso. El apetito de otras cosas persigue al conocimiento como un perro loco a su propia cola.   Me detuve a esperarlo, no sin cierto desagrado.

  •                    -Qué cuentas, Alberto…
  •     -¿Tienes algún compromiso para este sábado?

    Le dije que no. Que tenía que repasar algunos textos y acabar de leer una novela de Carpentier para el control del martes.

    Y Durán comenzó a “engrupirme”  con una historia a la que le puse muy poca atención desde un comienzo, arrugando el entrecejo a medida que él se explayaba, y poniendo poco a poco en alerta mis sentidos. Un hormiguero de alumnos se vaciaba en el hall central. Los que entraban rápido, iban atrasados a clases y chocaban con los que iban saliendo apresurados a almorzar en el primer turno del Hogar Central. En medio de la conversación, se dio maña para “dorarme la píldora” con algunos versos del Maestro. El maestro, a secas, era Gonzalo Rojas. (“Oh voz, única voz; todo el hueco del mar, / todo el hueco del mar no bastaría, / todo el hueco del cielo, / toda la cavidad de la hermosura / no bastaría para contenerte…”). Mi estadía en Osorno había resultado más que placentera, exultante. Viajamos con una compañera de nuestro grupo literario, a dar una serie de recitales en la ciudad del Rahue. Nos fue muy bien. Berenice resultó ser más frágil de lo que había supuesto por una fotografía que me envió con sus primeras letras exclusivas ahora para mí, aunque siempre se acordaba y muy tiernamente de Osvaldo. Su familia, un siete. Todos se esforzaron en hacerme lo más grato que se pudo mi estadía. Y las dos semanas pasaron volando. Nos besamos y abrazamos en todas las plazas y parques de la ciudad, como si nunca jamás nos volviéramos a ver. Y sabíamos. Teníamos la seguridad de que no iba a pasar mucho tiempo antes.

    Los días parecían muertos en el calendario, acercándose ya al verano. Los tilos entregaban toda su fragante humedad. Las flores se abrían, hasta reventar de pétalos, desentumeciendo las pasiones que habían dormido los largos meses del invierno, buscando hendijas de irracionalidad por donde escapar, y estaban simbolizadas tanto por el vuelo errático y lujurioso de mariposas y libélulas, como por el vestuario de las jóvenes, que se acortaba y transparentaba; mientras ellas se repintaban la cara, más coquetas que antes y mostraban una actitud más abierta y amistosa.

    Me esforcé en ponerle el máximo de atención, mientras palpaba en el bolsillo, goloso, la carta de Berenice. Alberto me estaba invitando a pasar el sábado en la casa de una amiga, en Dichato, un balneario al norte de Tomé. Durán estaba enamorado hasta las patas de una profesora primaria, amiga de la dueña de casa. Eso de su amorcito ya lo habíamos conversado, en la única conversación íntima que habíamos tenido la semana recién pasada, por lo que lo recordaba muy bien. El padre de la amiga, una estudiante de segundo año de Castellano, daba los últimos retoques a un “chalet” en el balneario. “Y podríamos”, me dijo,  “tú sabes…”, dejando inconclusa la idea, para picanear mi imaginación. Y me lo dijo justo cuando pasaba delante de nosotros una linda chiquilla de minifalda tableada, a la que el viento primaveral, generoso, diestro, le levantó el ruedo ancho de su falda escocesa, mostrándonos unos muslos de antología, como para fotografiarlos y ponerlos en un marco. “Oye”, le dije, sin quitar la mirada de la minifalda, “pero no se tratará de “La Fea”, por casualidad?”

    “¡No, no, no! ¡Nada que ver... Claro que no es ella!”, me aseguró. Y justo no se acordaba del nombre, y de sus señas físicas precisas, Durán.  Lo miré con recelo, pero estaba serio, inescrutable. Y me dio una muy vaga descripción de la amiga, que iba por otros lados, pero que tampoco arrojaba suficientes luces sobre quién podría tratarse. “La Fea” de la Escuela, era una flacuchenta, llena de espinillas, con lentes “poto de botella”, y a la que todo el mundo le hacía el quite. Tampoco recordaba yo su nombre. “Su familia vive al otro lado del río, en San Pedro. Vamos a estar prácticamente solos, porque el viejo se va de parranda los fines de semana, con sus amigos”. Con esa idea terminó por entusiasmarme. Pasó la imagen de Berenice como una gacela angelical por mi visión. Fue sólo un relampagueo. Pero al demonio que tenía al frente le brillaban absolutamente los ojos, de pura lujuria, comparado con mi pálido y fugaz espejismo. Y me dije, por qué no; todo no va a ser estudios y esclavitud de horarios. Tómate las cosas con relajo. Y Durán seguía dándole a la idea, con nuevos detalles, sin dejarme un respiro para  pensarlo mejor. Y se me atravesó por última vez el recuerdo de la feúcha, a la que todos eludían, como si tuviera la peste. Recordé unos versos que le venían como anillo al dedo:  “Mi amiga no sabe francés / qué haré con mi amiga? / Traducirle La Chanson du mal-aimé /  Mi amiga no sabe inglés / qué haré con mi amiga? / Traducirle The faerie queene /  (Mi amiga no sabe nada / ni pechos tiene / qué haré con mi amiga?)”  ¿De quién eran? Me dio rabia no acordarme. Y más rabia, no tener una buena razón para rechazar la invitación de Durán. Pensé en el maravilloso paisaje, en el relieve de la costa, más allá de Penco. Acantilados cortados a pico, recubiertos de pinares y el mar azuloso hasta el infinito. Tendríamos que viajar en tren, a primera hora, serpenteando esas colinas, con playitas íntimas de blancas arenas por aquí y por allá. Las aguas de la zona eran heladísimas, pero se podía tomar el sol, mojarse hasta las canillas y pasarlo bien en una buena conversa sobre libros, mientras el parcito se escaparía a sus cosas, que se veían urgentes. Todavía, al separarme de Durán, me quedó en la boca esa agüija indefinible que antecede a una engañifa, pero ya me había convencido de la aventura, tenía mucha hambre, y me latía en el bolsillo de la chaqueta la carta de Berenice. Me dirigí rápidamente a almorzar a la Casa Central del Hogar Universitario. En el camino, saludé a algunos compinches, y no pude evitar, una vez más, la extrañeza de ver nuevamente a esos “personajes” de siempre en los parques del campus: unos jóvenes (aunque mayores que yo) vestidos de oscuro, de bigotes y chuletas largas. Alguien me dijo que eran una suerte de políticos de ultra izquierda: miristas, se hacían llamar. Sus líderes eran los hermanos Enríquez, Luciano Cruz, entre otros. Siempre en conciliábulos, y en reuniones misteriosas. Al parecer, compartí cabina con uno de ellos: Marco Antonioletti. Pero lo supe décadas después, al informarme por un periódico, de que continuaba él fugado de la justicia y fue uno de los hombres más buscados por la policía.

 

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    Y resultó ser “La Fea”. Aunque esa mañana, en la estación (y cuando yo  no tenía ya posibilidad alguna de devolverme), vestida vaporosamente de azul, con  estampados de grandes flores blancas, debo ser franco, no estaba tan fea. Se había quitado los lentes gruesos y lucía un cabello más corto y rizado. Yo estaba, de todos modos, amostazado por la decepción. Quería estrangular a Alberto, quien me rehuía la mirada. Y lo único que acabó por contenerme en mis ansias homicidas, fue la llegada de Julieta, la profesora. En cuanto la vi, se me cayó la mandíbula inferior al suelo de la pura impresión que me causó. Vestía una falda ceñidísima, pegada como una segunda piel a sus caderas de potra, dejando adivinar dos gruesos y bien torneados muslos, y, por detrás, un culito redondo y duro. Se me revolucionaron las hormonas al instante. Las tenía dormidas, en hibernación, desde el verano anterior, en Antofagasta. Cuando nos besábamos con Berenice, pendientes los dos de un grueso hilo que no debíamos cortar (y donde estaban enhebrados los rostros de Encarnación y de sus otros hijos, y de las restricciones morales de la hospitalidad), sólo podía sentirme en las nubes, inerme, casi asexuado, como un angelito de Dios. Aquí y ahora, en cambio, el sol primaveral me llamaba a otras urgencias, que me ardían bao el traje de baño, dándole una inevitable mirada más prosaica a la oportunidad.

    Toda la conversación, hasta Dichato mismo, con Noelia (que así se llamaba la fémina), se limitó, empero, a breves monosílabos de parte mía. Ella, en cambio, resultó toda una cajita parlante. Las pocas palabras me brotaban grisáceas, variando a despejado, como el clima de esa mañana. Los dos payasitos, a un costado, agotaron pronto todo el repertorio de risas y de bromas (acaso iban riéndose de nosotros, y sobre todo de mi cara de funeral). Ahora se besaban y acariciaban como dos posesos urgidos por las trompetas del Apocalipsis. Los labios de Julieta eran gruesos y carnosos, sensuales, torneados a mano para el goce del beso. Por su escote generoso, abierto hasta el delirio, amenazaban con escapárseles sus pechos duros. Alberto le metía la mano en el pelo, por detrás de la oreja, y la atraía con voracidad de bucanero, para comérsela. Ella lo dejaba hacer, con los ojos vidriosos de perra en celo. Habrían terminado por incendiar el tren si el viaje no hubiese concluido en esos mismos momentos.

    Una vez instalados en casa y hechas las presentaciones de rigor con el padre de Noelia, que nos prestó poca atención atareado en lo suyo (trabajaba sagradamente sólo  hasta mediodía cada sábado), corrimos en traje de baño, pueblo abajo, hasta la playa cercana, a tostarnos. Los pinos desfilaban bajando por las blancas arenas hasta perderse de rodillas en el mar. Una niebla delgada, porfiaba en no marcharse y se tendía en las alturas de los cerros como el delicado velo de una novia. Había un silencio blanco, casi de cementerio, en el ámbito. El papá de Noelia resultó ser un huaso medio bruto, de facciones toscas, y casi mudo, pero de fuerte complexión. Los estragos del alcohol le marcaban tristes cicatrices en la cara y la nariz le enrojecía todo el semblante. Sus manos parecían mimetizarse al contacto de una herramienta, anudándose en sí mismas y acerándose como garras de poderosa voluntad. Quizás qué penas ahogaba en el alcohol. ¿Será virgen todavía? Me pregunté al ver la delgadez del cuerpo de Noelia, al trasluz de su salida de baño. Pero mi pregunta tenía mucho más de curiosidad que de erotismo. Y se me deshizo al instante como las cenizas de un cigarro. Pero, en malla, fue otra cosa. No pude dejar de prestar atención a sus naranjitas humildes de colegiala y a sus menguadas caderitas. Aunque sea sólo por la costumbre de macho. Julieta sí, estaba fenomenal. Ampulosa, deseada, por todos lados. Con una trusa de grandes flores violáceas sobre un fondo blanco, casi carnales ellas. Daban ganas de deshojarla de inmediato. Pero el muy bandido de Durán pareció adivinar mi libidinosidad y se la llevó muy pronto de nuestro lado, perdiéndose ambos en un bosquecillo de pinos cercano. Si se trataba de entusiasmarme, en beneficio de sus planes, lo había logrado perfectamente, el muy carajo. Una vez más, inevitablemente, mi recuerdo vagaba entre Osorno y Antofagasta. Entre el cielo y el infierno. Se detenía en el ritual de mi propia iniciación en los roqueríos de otra playa. Y volvería a cruzarme con Rosa Rodríguez en el pasadizo de las dos calles centrales, allá en el Norte, adonde, forzosamente, tenía que volver a fin de año. Así era de difícil la competencia para ti, Berenice. Con tantos palos dándole el ciego a la piñata, alguno de ellos acabaría de romperla.

  •     -Te hice una pregunta…- Escuché entre las brumas de mis recuerdos la voz aflautada de Noelia. Y yo, dando un respingo, terminé por despertar en el escenario equivocado.
  •     -Perdona, estaba distraído. ¿Qué me decías?

    Así fue casi toda la mañana. Pensando yo en Rosa, o en Berenice. En los roqueríos de Antofagasta, o en los besos de la Plaza Suiza, en el puente colgante sobre el Damas, en las canciones de Nicola di Bari; caminando por inercia de vuelta a casa, al atardecer; llevando cada uno detalles secretos de nuestras vidas, vidas que apenas sospechábamos. “Al fondo el corazón tenía una herida/, sufría, sufría/. Le dije, no es nada, mas mentía, / lloraba, lloraba…/ Por ti se ha hecho tarde, es ya noche,/ no me detengas, déjame ir…” Nuestro amor con Berenice se cimentaba en algo muy bello, pero que tenía el carácter de lo no ocurrido, sólo de lo esperado o soñado. Y el destino estaba presto a demostrarnos que guardaba un reloj aparte para nosotros. Al volver los “novios”, lo hicieron muertos de la risa. Alberto me llamó, discretamente, a un costado, como para confidenciarme algo sin que las damas pudiesen escucharlo. Y ellas a su vez se trenzaron en un conciliábulo pícaro, unos pasos más allá. Me habló del plan que habían “recién” fraguado con Julieta. La idea de quedarnos a alojar, con la “chiva” o excusa  de haber perdido el único tren de vuelta a Concepción. El cual partía a las 6 de la tarde. A todo esto, el “chalet” en cuestión era en verdad una miserable casita a mal traer, con burdas terminaciones de tablas de embalaje, con agujeros en casi todos sus muros y dos escuálidos dormitorios (uno de los cuales tendríamos que compartir entre los cuatro). “¡Estás loco, Alberto!”, le dije casi indignado. Ya había tenido mis pequeñas aventuras, pero jamás pasé hasta entonces por situaciones de esta envergadura (y pensaba más en lo peligroso de ella; es decir, más en el padre de Noelia que en su hija y en las consecuencias). “¡Pero, compadrito…El viejo se pone a “chupar” con los amigos y tendremos “chipe libre”. Ya me averigüé con Noelia, que suele llegar no antes de las tres o cuatro de la madrugada. Y a esa hora, nos cambiamos de cama,,,y listo! ¡Ni rocha!” Y todavía terminó por agregar: “Mira, la flaca se deshace por ti”. Y Noelia me miraba con ojos lascivos, y Julieta me tiraba besos con sus labios fruncidos. “Pero, ¿y si pasa algo, en qué forro me meto?” “¡Noooo! ¡Qué va a pasar; estas “minas” saben cuidarse bien!”, acabó por machacarme en los oídos Alberto. De paso, ya me había ascendido a la categoría de “compadre”, el muy pillo. Ahí caí en cuenta de que estaba todo planeado desde un principio, y que Noelia había hecho muy bien el papel de “mosquita muerta”. Bueno, dije yo, a modo de desquite. Si quiere guerra, guerra tendrá. Y acabé por decidirme. Varias estudiantes habían quedado rezagadas por esas tentaciones casi veraniegas, donde todos acababan por soltarse las trenzas, y dar rienda suelta a sus pasiones. Pero me dejé guiar no sé si sólo por el instinto o por mi buena estrella. Noelia, sentada sobre la arena húmeda, cadera con cadera junto a Julieta, arrojaba, nerviosa, con el empeine de su pie derecho bolas de arena lejos, mientras ambas reían de las palabras libertinas que la profesora le echaba a la otra al oído,  como flores envenenadas. Volvió a mirarme, y me guiñó un ojo, dando por entendido que todo estaba concertado. Y fue ella, más que la otra, la que terminó por convencerme.

    Almorzamos en una picantería con pretensiones de restorán. El cuchitril en cuestión se llamaba “El Gavilán”. Yo dije, entre risas generales, que mejor le quedaría  el rótulo franco y directo de “La Carroña”; sin más rodeos. El mantel de la mesa, donde aparcamos nuestras hambres, blanco,  con cuadros rojos, conservaba, todavía frescas,  las indelebles manchas de la última tomatera. Y, salvo cuando murió mi padre, y con un hermano trasladamos su ataúd desde el nicho provisorio a su descanso definitivo, en tierra, nunca había visto tantas moscas juntas. La atmósfera terminaba por volverse insoportable con una música ranchera que reventaba los tímpanos, y que no hubo forma, a pesar de  todos nuestros ruegos, que bajaran un poco su volumen, para lograr comer y conversar en paz. Ya que iba a sacrificarme como un Cordero, el destino, al menos, podía hacerme esas pequeñas concesiones de agrado. Pero no.

    A las seis y cuarto, y después de asegurarnos de haber escuchado los tres pitazos de reglamento del tren, poniendo la mejor cara de víctimas o de “pajarones”, nos encaminamos lentamente al bar donde bebían “aperrados” el papá de Noelia y otros tres contertulios. Eran los habituales “curagüillas”, de rostros aguardentosos, hoscos, debajo de sus gorras sebosas o sus sombreros de paja que, mientras “empinaban el codo”,  golpeaban la mesa con sus fichas de dominó. El viejo refunfuñó algunas palabras, apenas prestándonos atención. Y le entendimos en esos monosílabos, que nos fuéramos a acomodar como pudiéramos. Que no lo esperáramos. Que él iría más tarde a casa. El compañero más próximo le dio un codazo indisimulado, malicioso, pero el hombre no le hizo caso, y lo urgió a jugar. Eran hombres toscos, que, en otro escenario, pasarían por carretoneros de vega. ¿Qué hacían en ese perdido rincón, casi edénico? Semejaban bueyes viejos, ya abandonados por la vida, los ejes de su existencia viril  rotos para siempre. La escena me pareció un cuadro de Degas ¿O de Cezanne? Una cuota de belleza brutal, aunque turbia, aun en medio del lodazal de la existencia. Y marchamos hacia lo nuestro, pueblo arriba. “Cierra los ojos, Berenice. No mires, por favor. Haz, como Dios mismo hace, que, cuando no le gustan las cosas de los hombres, se pone a dormir”.

    Pasamos a otro boliche, en las cercanías, “haciendo una vaca” para comprar una botella de pisco y una Coca-Cola familiar, y rumbeamos, esta vez sí, alegres. El sol, despidiéndose de la tarde, golpeaba nuestras nucas como con un fierrazo. Eso de “golpear en la nuca”, me produjo una súbita urticaria. Pero, la verdad, es que se me pasó pronto, con el primer trago de piscola.

    Nuestra pieza era pequeñísima, con dos camastros hechizos de unos ochenta centímetros de ancho cada uno, pegados a su respectivo muro y con un mínimo velador entre ellos. Encima de las cabeceras, demasiado alto, un ventanuco, como un monóculo de único vidrio, dejaba ver los tintes róseos del crepúsculo. Bajo los efectos del alcohol y la chispa de los chistes coprolálicos, sentí cantar a lo lejos un gallo premonitorio. En un dos por tres se agotó el brebaje ¿Qué pasó después? Alberto sopló la vela (la casa no tenía electricidad, como era de suponer) y nos vimos desnudarnos en la penumbra, sin ninguna aprensión. Recuerdo las poderosas nalgas de Julieta, sus pechos redondos y firmes, agigantados por las sombras, el triángulo negro de su pubis, la melena de Medusa, que ella rastrilló, coqueta, con sus dedos abiertos. La lanza en ristre de Durán. Parecía una escena de un teatro del Absurdo, procaz, surrealista. Todo en un mínimo espacio, rozándonos en nuestras urgencias de mimos, de maniquíes a cuerda. Vi a la profesora desaparecer bajo las sábanas como una goleta escorada; llenándome, al hacerlo, del olor húmedo, marítimo de su sexo El corazón me dio un vuelco en el pecho, como una campana volcada de repente. Me acosté, en calzoncillos, junto a Noelia, a quien siempre le había dado las espaldas, con cierto escrúpulo. Ella, recatada, también había conservado su prenda interior. El resto transcurrió muy de prisa, para recordarlo en detalle. Tan pronto sentí el calor de sus carnes magras y las agujas de sus pechitos de colegiala, ambos nos arrancamos el slip, y casi hasta la piel. Creo que la besé con furor, con esas ganas acicateadas por  la rabia y  la venganza, más que por el deseo mismo. Y esa noche “La Fea” de la Escuela de Educación resultó como todas las bellas de este mundo al penetrarla. Atragantados de caricias, sin necesidad de articular palabra alguna, los cuatro alcanzamos juntos el orgasmo bajo la luna llena.

    Mientras, afuera, cantaban, monocordes, unos grillos.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                               7

 

    Tres hechos me inquietaron al despertarme, muy temprano (como siempre  me ocurre cuando duermo en cama ajena, y que no han sido tantas veces): los ronquidos estrepitosos que venían desde el cuarto contiguo y que sacudían la casa entera. Que la puerta, que habíamos ajustado lo mejor que se podía la noche anterior, estaba entreabierta notoriamente. Y que junto a ella había una gruesa tranca, un macizo garrote de madera dura. Y me estremecí de pavor. Palpé en toda su dimensión la escena que el viejo tuvo al llegar a casa, borracho, al ver a su propia hija, desnuda, entre los brazos de un desconocido. ¿Qué edad tendría ella? ¿Veinte? ¿Veintiún años? Pero, qué dudas hay, él y su mujer habían depositado cuántas esperanzas, cuántas expectativas de futuro en su única hija, y que ahora estaban mancilladas, arrojadas por el suelo. Dios quiso que el viejo no me matara, o que no cometiera un crimen mayor, moliéndonos a palos a los dos. Con la tentación del arma justiciera al alcance de la mano, y el silencio y la soledad cómplices de la madrugada, y acuciado por el alcohol; cuando los gritos podían estallar en los faldeos del cerro sin que nadie los oyera. Nos habíamos quedado dormidos como tórtolos inocentes, sin cambiarnos de cama. Que él viera durmiendo a los dos hombres y a las dos mujeres juntos, salvando así, al menos, las apariencias que exigían el honor y la hospitalidad. Además del pavor, sentí una infinita pena y vergüenza de mí mismo.

    Habríamos salido en todos los titulares de la prensa roja ¡y qué escándalo, y qué dolor en mi familia, en la universidad! ¡Y tú, Berenice! ¡Y tu madre y tus hermanos, por Dios!

    Temblando, de frío y de miedo, me levanté al baño, en puntas de pie. Con un jarro de plástico me lavé mis partes pudendas como pude. La boca la tenía amarga a pisco y a besos marchitos (o malditos). De vuelta al dormitorio, ya mis secuaces estaban despiertos. Alberto, muy fresco él, y en pelotas, dándole las espaldas a las mujeres, sapeaba al viejo a través de un agujero en el tabique. Dormía con la boca abierta, con la misma ropa puesta, con zapatos, y la gorra tirada a un costado. Parecía un guiñapo tendido sobre el camastro. Manchas de barro recientes ensuciaban horriblemente la colcha de su cama, lo que aumentaría, sin duda, su rabia, al despertarse. Nos abrazamos los cuatro, a pie descalzo y semidesnudos en la soledad de la pieza, dándonos ánimo. Apenas eran las seis de la mañana. Todavía no salía el sol. Las frescas matitas de pelo, como lechugas recién arrancadas de una huerta, y los pezones erectos de Julieta, me cosquilleaban en el cuello y en el pecho. Pero, extrañamente, no me produjeron placer esta vez, sino dolor. Ese dolor de la contrición que lleva anclado en el corazón el pecador arrepentido. Los ronquidos de fondo del viejo eran como los golpes del mazo que propina el juez, imponiendo silencio y decoro en la audiencia. Sólo quería que me tragara pronto la tierra. Desaparecer de allí a como diera lugar, y maldecía a Durán con toda mi alma. Noelia semejaba una escuálida lagartija, con la piel lánguida, grisácea y áspera, pronta a ser arrojada a una olla hirviendo. Los cuatro nos sentíamos indefensos, cándidos, atados de pies y manos a las líneas férreas, por donde avanzaba el tren…que no quisimos tomar ayer, de vuelta a Concepción, y a la realidad. Y el maquinista nos gritaba, por sobre el estruendo de la máquina,,, “imbéciles, es mejor el hambre que la satisfacción!”. O al menos, eso me imaginaba yo. “No se preocupen, amigos”, “tengan calma”, “yo me encargo de todo”, el muy “grupiento” de Alberto, quien se equivocó, definitivamente, de profesión: debía haber estudiado para leguleyo. Las hembras estaban cadavéricas de espanto; sobre todo, Noelia, quien llevaba todas las de perder (como yo). Ahora se veía apañuscada y llorosa, avergonzada hasta el delirio, no sólo por mí, sino por su padre. Era como una vieja beata a quien se le hubiera escapado un pedo en plena misa, ante el estupor del señor cura, de los acólitos y de todos los fieles y santos juntos.

    El desayuno (el único tren del domingo no salía sino hasta el mediodía) fue más parco y silencioso que la Última Cena, pero con la revelación por adelantado de la traición de Judas, en conocimiento ya de todos los apóstoles. No volaba ni una mosca. Durán se afanaba en distraer al dueño de casa con preguntas estúpidas, con comentarios baladíes sobre el clima, los turistas, las terminaciones de la casa, y otras sandeces por el estilo. Él, que ni siquiera sabía distinguir entre un formón y una escofina. O para qué servían una escuadra o una plomada. El viejo, con la vista clavada en la taza, en la cucharita y en el platillo, como si quisiera hipnotizarlos, le contestaba a veces, con meros gruñidos. Todas estas buenas intenciones de distensión, no hacían sino aumentar el dramatismo de la escena. Me daban ganas de gritarle: “¡Cállate de una vez, huevón!”. Los otros tres éramos unas perfectas barras de hielo. A espaldas del viejo, el martirio de un reloj de pared marcaba el lento paso del tiempo, y nuestros corazones seguían al pie de la letra sus martillazos. La incomodidad de todos era tan sólida como un muro. Y hasta el más mínimo roce casual de un pantalón contra un vestido, de dos rodillas entre sí, sonaba escandalosamente amplificado.

    Nos despedimos una hora y media antes de la salida del tren. Ya no podíamos más de los nervios tensados. Agradeciendo en voz neutra y atormentada la hospitalidad. El hombre sólo nos dio, como toda respuesta, una mano fría y lejana, donde ya parecía detenida la sangre. Justo en ese instante, unas campanadas llamaron a misa. El valle tenía la fragilidad de una bola de cristal, con diversas figuritas presas dentro. Antes de partir nosotros definitivamente, el hombre retuvo a su hija con un gesto agrio que le desfiguró la boca, como diciéndole (y diciéndonos también a nosotros; sobre todo a nosotros): “¡¡no!! ¡¡Tú no!!

    Días después, coincidimos en uno de los recreos en el pasillo de la Escuela. Noelia me confidenció del infierno en que estaba convertido su hogar. Que escuchó hablar a la mamá con su marido por teléfono, río de por medio, destemplada, lívida de rabia. “Pe-pero,,,¡¡en nuestra propia casa, viejo, por Dios!! ¡¡Y tú no hiciste nada!!”  No pudo darme más detalles, porque a cada rato nos interrumpían otros estudiantes, mirándonos perplejos, al pasar, como se observaría a un par de bichos raros. Ni siquiera alcancé a preguntarle si había tomado precauciones. La palabra “embarazo” brillaba como una guillotina en la mañana radiante y primaveral de ese día. En cuanto a mí, hubiera querido tomar una pastilla de amnesia total, o, directamente de veneno.

    Deben haberla castigado por el resto de la década. Y nunca, nunca más nos volvimos a ver.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                               8

 

    Nicolás Guillén trepó con pasos ágiles y firmes, para sus sesenta y un años cumplidos, los alfombrados escalones hasta el proscenio del Teatro de la Universidad, abarrotado esa noche, lleno de bote en bote, de estudiantes, autoridades, escritores, poetas invitados y los infaltables periodistas. Vestía un impecable traje color cáscara, y sin corbata, que le hacía relucir su rostro mulato, donde brillaban como tizones sus ojos francos, grandes, de aguas claras, caribeñas. Su cabellera, encanecida ya, estaba rastrillada cuidadosamente hacia atrás, dejándole al aire la proa solemne de su frente amplia, generosa, como un estandarte de rebelión. Apenas subido al escenario, se volvió hacia el público, saludando con su puño izquierdo en alto. Inmediatamente, le contestó un rugido de admiración, que hizo tintinear en lo alto del cielo raso las arañas de luces. Sonrió y tomó asiento en la testera, una mesa larga, recubierta con un mantel color obispo, al centro de los presentadores e invitados de honor, y teniendo a su izquierda al poeta Gonzalo Rojas, que hacía de anfitrión del cubano.

    Desde temprano, las graderías colmadas de estudiantes se entretenían lanzando pullas y gritos, como provocando un contrapunto con la gente, más silenciosa y compuesta, sentada en la platea. Estos sólo se limitaban a girar de vez en cuando sus cabezas hacia lo alto, y a reír, celebrando los mejores chascarros. Las tallas apuntaban a veces a alguien en particular, que entraba, acomodándose en su butaca, y luego volvían a generalizarse. Eran gritos de combate contra la derecha reaccionaria, contra el imperialismo yanqui o contra el periodismo mentiroso de la época, “El Sur” o “El Mercurio”. Ya se había acuñado esa célebre frase: “El Mercurio miente”. También, iban dirigidas contra la DC, o los “beatos”, como simplemente se les llamaba. Cuando no contra el mismo Presidente Frei Montalva. Por supuesto, se burlaban de su famoso apéndice nasal. Cantaban una tonadilla, con música y letra cambiada de “El Camaleón”, que se hizo muy conocida, y que no reproduzco ahora por respeto al estadista muerto y a su familia. El ruido era ensordecedor ¿Habría algún sacerdote entre la concurrencia? ¿Algún “sapo” del Gobierno? ¿Algún espía de la Cía, tomando nota de todo? Seguramente. Aunque la entrada a todos los eventos universitarios era controlada con carné estudiantil en la mano, y con tarjetas de invitación al resto, éste era muy fácil de falsificar. El diario “El Sur” apenas le dedicó una pequeña crónica, sin fotos, y en páginas interiores al encuentro libertario del poeta con los estudiantes; en cambio, “La Patria” desplegó la información periodística en los titulares y en dos páginas centrales del tabloide, con amplios detalles, incluida una biografía del célebre vate.

     Desde la “galucha”, acompañado de mi amigo José Luis Montero Bernal, y compañero de Castellano, no nos perdíamos ni pestañada de la fiesta popular. Nos absteníamos hasta de respirar. Pero, como pude, le grité al oído los pormenores de mi aventura en Dichato, de muy reciente data. Y él, ora me reprobaba con una mirada casi siniestra y recriminatoria, ora se solazaba con mi pobre situación; sobre todo, no me perdonaba el haberme dejado enredar por el muy “chamullento” del Alberto Durán, al que no tragaba al parecer. Y de esta conversación no logré sacar el alivio que esperaba, volviendo a un punto muerto. De vez en cuando pensaba en la pobre Noelia. Incluso, llegué a pensar que también era otra víctima y que había actuado de buena fe. Y en cómo la habrían castigado sus padres. Montero estaba vestido esa noche con su eterno y promesero traje negro, de dueño de pompas fúnebres; color que le exaltaba aun más los rasgos ásperos de su rostro casi incaico, pero voluntarioso, con labios gruesos y su amplia frente coronada con un pelo negrísimo y peinado hacia atrás. ¡Tenía una terrible pinta de poeta maldito! Recitaba sus versos con voz ronca y estrangulada de emoción. Nos habíamos hechos muy buenos amigos desde un comienzo. En realidad, yo lo admiraba mucho. Veía en él todo el futuro de un excelente poeta, con sus empeños demoledores, que sólo había conocido antes en los versos de Pablo de Rokha. Y tenía el ingenio de Vicente Huidobro; especialmente, en su clara visión de qué era la poesía, y al servicio de quiénes debía estar. Cuando integré “Travesía”, y después de mi viaje a Osorno, en el mes de julio, de ese mismo año, nos invitó, gentilmente, a todos, a su casa campestre en Angol. Allí me encaramé (mejor que “ensillar”, que hubiera sido un exceso de elogios para mí) por primera vez en un “pingo”. Era una yegua mansita, pero igualmente no pude gobernarla con las riendas y pasé el susto de mi vida cuando, en una de esas, el animal se apegó demasiado a las alambradas de púas. Montero acudió, presto, a sacarme del embrollo, lanzando las voces de mando al equino, y tironeando hábilmente de él.    Un poco más allá, en el fragor de la galería, divisé a otros poetas conocidos: Silverio Muñoz, Jaime Quezada, Gonzalo Millán,,,todos ellos compañeros de la facultad.

     Los flashes arrancaban brillos en los rostros de la testera, mientras transcurría la larga perorata de presentaciones y discursos previos por los micrófonos, que nadie parecía llevar de apunte. Hasta que el bullicio se estranguló, de repente, en la maciza figura de Guillén, levantándose un momento de su asiento, para volver a acomodarse en la butaca. Parecía un hilillo de agua perdiéndose entre los labios resecos del arenal, hasta que las últimas gotas de ruido terminaron por evaporarse, fagocitadas por el vozarrón impresionante del cubano…

 

     “Yoruba soy,

     lloro en yoruba lucumí.

     Y como soy un yoruba

     de Cuba,

         quiero que hasta Cuba suba

     mi llanto yoruba.

        Que suba

    el alegre canto yoruba

        que sale de mí…

 

    Se nos llegaron a parar las quiscas de pura emoción y un escalofrío me recorrió la espalda, como un súbito latigazo de hielo. Me imaginé la escena que ilustraba la creación de estos versos, como viéndola en colores y con sonidos. Negros libertos, de torsos desnudos y armados de sables cortos y rectos, en la salvaje plenitud de la zafra, cortando las cañas de azúcar al ritmo hermanado del canto y del sudor. Al fondo, recortado en cartones azulosos, los cerros bajos de la isla, y contra un cielo calmo y algodonado de nubes. Sus versos, apasionados siempre; sarcásticos, a veces; otras, sombríos, nostálgicos, dulces, estaban construidos cabalmente en torno al ritmo, al colorido del paisaje, al calor de la sangre atormentada del negro; y hablaban de la injusticia y del despojo a que eran sometidos por el hombre blanco, corrupto y vicioso. Resplandecientes en onomatopeyas, con grandes imágenes creativas, en una amalgama perfecta de palabras elocuentes y sonidos gratos. A veces, el atractivo radicaba en las sencillas repeticiones o anáforas; otras, en las aliteraciones bien puestas.

    Lo traían desde la capital. Allí no pudo menos que espantarse del contraste brutal en que vivían ricos y pobres, éstos en sus míseras casas o “callampas”, como se le llamaba entonces a los “campamentos”; eufemismo que surgió más tarde. Vio la pobreza más acendrada, el abandono humano, en las márgenes del Mapocho, en el Zanjón de la Aguada. Verdadera bofetada a la dignidad proletaria. Y frente al Cerro Huelén, improvisó a la carrera unos versitos preclaros: “¡Oh, Cerro de Santa Lucía, / tan culpable por la noche, / tan inocente de día…”  Aludiendo, por partida doble, a la peligrosidad criminal del monte, como a la complicidad de su espesura, verdadero hotel abierto y gratuito para amarse o simplemente desfogar las pasiones de la carne. El movimiento hippie pregonaba justamente, frente al odio, la indiferencia del nihilismo, el escalamiento social y el materialismo cruel, “hacer el amor y no la guerra”. Nuestra Violeta Parra, agregaba a ese axioma, su propio grito de rebeldía criolla: “¡Que vivan los estudiantes, / jardín de nuestra alegría. / Son aves que no se asustan / de animal ni policía…”

    Esa noche, lamenté no tener una máquina fotográfica, una Leica a mano, para inmortalizar el instante  ¡Cuántas veces me ha penado su ausencia! Porque todo buen momento, como ése, es historia viva, que se pierde en la memoria. ¡Que enorme falta hizo una lente! Ni pensar, haber podido acceder al podio, a la caza de un autógrafo de Nicolás Guillén. Tarea más que imposible, por la masa humana que lo rodeaba, y por sus custodios. Sólo una vez en la vida, como del paso del cometa Halley, se es testigo de una fiesta así del Espíritu Humano. Así, con mayúscula.

    Y mientras lo pensaba, ya el poeta estaba despidiéndose. Sus últimos versos quedaron plasmados en mis oídos y en mi alma:

    “¿Cuándo fue?

        No lo sé.

        Agua del recuerdo

        voy a navegar.

        Pasó una mulata de oro,

        y yo la miré al pasar:

    moño de seda en la nuca,

    bata de cristal,

    niña de espalda reciente,

    tacón de reciente andar”.

    …Arrancando un cerrado aplauso, cómplice del verso, cuando luego agregó:

    “…Nada sé, nada se sabe,

    ni nada sabré jamás,

    nada han dicho los periódicos,

    nada pude averiguar,

    de aquella mulata de oro

    que una vez miré al pasar,

    moño de seda en la nuca,

    bata de cristal,

    niña de espalda reciente,

    tacón de reciente andar”.

    Por alguna razón, de pronto, volví a recordar a Noelia. Un hielo en el estómago. La asociación de imágenes, con el poema de Guillén, era más que evidente, inmediata en el tiempo y en la anécdota. ¿Estaría entre la multitud, anónima todavía, con sus pechitos de colegiala, llena de vergüenzas? Y de estar allí, pensé, diáfano como un zahorí iluminado, que también ella estaría sintiendo lo mismo que yo en sus interiores. Me habría gustado verla esa noche, decirle algunas palabras de aliento a “La Fea” de la Escuela de Educación, bella por una sola noche:

    “No eras tú, Noelia. Sino yo. ¡Siempre he sido yo!”

 

                                                          9

 

    (Entre el sueño, le pareció escuchar gritar a alguien en la oscuridad, “¡Se está inundando la cabina!”  ¿Era real el alarido? ¿O sólo parte del mismo sueño que soñaba? Montaba a una ardiente hembra, de cabellos negros, ondulados, y de grandes ojos aterciopelados, y, al momento del orgasmo, brotaba de su sexo un río interminable, lechoso, espeso de esperma. Primero en un chorro rápido, urgente; luego, a borbotones, hasta vaciarse. Sabía que tenía que andarse con cuidado cuando le sucedían estos sueños eróticos. Una vez, muchos años más tarde, alcanzó un sueño parecido, y acabó meándose, mojando todo el pijama y el colchón. Y sólo vino a despertar, segundos después, con el calorcillo infame del orín, entre puteadas de rabia y de vergüenza. Y en la vigilia, en ese estado larval, nebuloso, se sintió pontificar, medio dormido, en voz alta: “Mi pene es un viejo volcán que vomita semen”. Desesperado, sin esperar la luz cierta de la conciencia total, buscaba en la oscuridad papel y lápiz, antes que se le escapara para siempre la fugacidad de la bella imagen, que le cayó como una viga del cielo (del cielo del sueño, por cierto). Y volvió a escuchar el mismo grito, el anónimo, ahora más claro y fuerte, y despertó)

    Posesionándome ya del todo de mí, arrojé hacia adelante las frazadas, con desesperación, colocando un pie desnudo en el cemento del piso, que me pareció más gélido que de costumbre, mientras encendía la lámpara, siempre al alcance de la mano, en el velador inmediato. ¡Y ví y comprobé que sí había agua, y bastante, como de la altura de un jeme! Los zapatos, los calcetines y algunos papeles se deslizaban flotando libres por sobre el suelo. Recién entonces capté el bullicio general que venía del resto de las habitaciones. Mi compañero de habitación, un estudiante a punto de licenciarse en Odontología, se levantó casi junto conmigo, desde su propio sueño de taladros y espéculos, aconsejándome que apagara la lámpara (por el temor de una descarga eléctrica) y que me arropara bien. Todavía era de madrugada y hacía mucho frío. Encendimos una vela para encontrar nuestras ropas.

    Había estado lloviendo cinco días seguidos, como si los demonios hubiesen dejado abiertos todos los grifos del Cielo. Y el agua empezó por arrancar el polvo rojo entre las raíces de los pinos, a remover las piedras y a desprender los arbustos, colina arriba de nuestras cabezas, y corrió, agarrando a cada hora más fuerzas, cerro abajo, convirtiendo todo el paraje en un albañal de aguas sucias, de lodo. Hasta que aflojó los bloques del muro de contención, a espaldas del edificio nuestro, donde estaban los grandes tubos de gas, el estanque del agua potable y los contenedores de la basura. La cabina, anclada en una saliente, cerca de la cima del cerro. Con el colapso del muro, las aguas y el lodo entraron por todas las rendijas posibles y cubrieron todo el interior, los pasillos, el salón, los baños, los dormitorios, con unos diez centímetros de barro líquido. El resto salió por el umbral de la puerta de entrada, colina abajo. Lo primero que se hizo fue cortar la energía eléctrica. Y hubo que acudir a linternas para analizar la situación, y avisar inmediatamente al Hogar Central, por ayuda. No podíamos seguir alojando en esas condiciones tan precarias. Varios estudiantes sufrieron pérdidas mayores, como radios, grabadoras, relojes, planchas, y también libros y cuadernos; materiales de estudio que habían quedado en el piso, una vez que el sueño los venció. La lluvia seguía cayendo despiadadamente y el viento rugía entre los pinos, peligrosamente sobre nosotros, ladera arriba. “Ojalá aguanten las raíces”, sopesó alguien. Ni siquiera queríamos pensar en la posibilidad cierta de que nos cayera un enorme árbol encima. “¡No seas jetta, huevón!”. Varios lo hicieron callar. Los que tenían impermeables y botas para un diluvio así, salieron a pedir la ayuda necesaria, y otros a examinar la situación en la parte trasera. A tratar de colocar de nuevo en su sitio los pesados bloques. Con el viento fuerte y la lluvia en contra, apenas, entre cuatro brazos, pudieron alzarlos de a uno en uno. Pero la fuerza del agua los volvía a botar. “Que alguien prepare café”, ordenó una voz bajo las rachas de agua y viento, casi a gritos, para que le oyeran, “..o vamos a morir congelados”. A Jorge Arias le llovían las tallas por su gorra de lana encasquetada hasta más debajo de las orejas. “Parece una maraca vieja, con esa cara”. Otro terciaba, haciendo más patética la situación: “¡La mansa cagadita, compadre!” Esa noche se deben haber agotado todas las ocurrencias y frases dignas del bronce, como se decía (como:  “mañana será otro día”). No faltó el chistoso que agregó, como un anatema terrible: “Capaz que nos castiguen a la noche, alojándonos  en el Hogar Femenino”. Esa fue la talla más celebrada. “Y capaz que el “Mechón” Rebolledo pierda, por fin, la virginidad!”, agregó otro. Algunos preguntaban a Rebolledo si se le habían mojado los calzones. “No, huevón”, contestó el susodicho. Los tenía dentro del “Arca de Noé”.

    Nos dieron las diez de la mañana en las tareas de limpieza, echando a pala, a escobazos, el agua hacia afuera. Usando improvisados estropajos con las pilchas más viejas. Ya estaba una cuadrilla de operarios (menos mal que la lluvia amainó), trabajando en la parte posterior, en la reposición del muro de contención, usando cemento hidráulico para fijar los bloques;  retirando con carretillas el lodo acumulado y el caos de ramas quebradas. Pero lo nuestro era sólo un juego de niños, según nos enteramos después por la prensa. La verdadera tragedia se vivió en las riberas del Bío-Bío, donde las aguas torrenciales, desbordadas, se llevaron casas, muriendo ahogados varios pobladores, que ya lo habían perdido todo. Poblaciones enteras, como la célebre “Agüita de la Perdiz”, sufrieron lo peor del embate de la naturaleza, y la gente estaba pasando hambre y frío mientras nosotros casi nos divertíamos con nuestra tragedia menor, de utilería…Y sentimos vergüenza, una vez más.

    Los cielos quedaron secos de tanto llorar. Entonces, las nubes oscuras se fugaron hacia otros territorios,  buscando sorprender a los seres humanos, pero ensañándose siempre con los más humildes. Y sobre Concepción salió un sol ancho y generoso, reparador de infortunios. Luego, tuvimos que echar carretilladas de aserrín, para absorber la humedad que lo llenó todo. Aun así, debimos alojar durante tres días en otras dependencias (que no fueron las del Hogar Femenino, como soñábamos todos). Y a alguien, esta vez sí, se le ocurrió llegar, en medio de los estropicios, con una máquina fotográfica, para inmortalizarnos como estábamos, disfrazados de damnificados. Armados de palas, escobas y traperos quedamos grabados para siempre en varias cartulinas en blanco y negro. Y Jorge Arias, para darle una vez más en el gusto a los huevones, posó con su gorra de lana de “puta vieja”. Enojarse, habría sido  peor.

 

 

 

                                                          

 

 

 

 

                                                10

 

    Estos hechos ocurrieron en Junquillar, a unos veinte kilómetros al este de Osorno, y en la última de las tres temporadas sucesivas en las que trabajé duro, sin concesiones a mi estado físico ni mental, en la cosecha de la frambuesa, para la Empresa Framberry S.A. ¿Qué me dio por rememorarlos ahora, a menos de un año de sucedidos? En las últimas semanas he amanecido de un ánimo fatal y agriado por los sinsabores más diversos, encerrándome en estados de mutismo total, como un caracol que siente llegar su hora postrera, o estallando, a veces violentamente, como un establo lleno de pasto reseco y relinchos de caballos, que se exaltaran iluminando dos veces el resplandor natural de una jornada de verano tranquila y normal. Me viene de actitudes de mi compañera que no logro comprender, y como no puedo amar su cuerpo sin su alma, pasan estas cosas de pelearnos por cualquier tontería a la que nos aferramos como única excusa, y eludiendo una conversación mayor y a fondo, como debe ser siempre entre adultos. Pero, por otra parte, he querido rendir con estas líneas un sincero homenaje a los cosecheros de Junquillar, a mis viejos y viejas, a mis chiquillos lindos. Ni ellos mismos saben lo hermosos que son, entre las matas crespas del frambueso, a pleno sol, y sudando a mares. No sólo recogiendo frutas, no sólo siendo humildes como Dios nos manda a ser, sino, y ante todo, siendo ellos mismos, y quizás sin sospechar lo que son.

    Rápidamente corrió la noticia, entre las hileras, sobre quién era yo, el nuevo, “El Rubio”, como empezaron a nombrarme. Mientras cosechábamos, moviendo las manos lo más rápido que podíamos, con la vista clavada no en la fruta que tomábamos a tres dedos, sino en la próxima a coger, le contaba a mi amigo Héctor Díaz (quien fue el que me entusiasmó con la idea de ganarme algunos pesos extras en el huerto)  de mis viajes a Europa. Le hablaba con igual entusiasmo del museo de El Louvre, como de las negras góndolas venecianas, o del día completo que pasé ante la tumba de César Vallejo, sin almorzar, en una ingesta espiritual, y mientras el resto de la delegación de mi tour  se solazaba con el oro y el refinamiento monárquico de Versalles, a muchos kilómetros del Cementerio de Montparnasse. No faltó quién nos escuchara en nuestros conciliábulos habituales desde el otro lado de la melga. En un principio, me pareció escuchar risitas sarcásticas, y sentir ciertas envidias que flotaban a nuestro alrededor. ¡Claro! Pensaban que yo era un señor de dineros y que seguramente estaba allí ofendiéndolos en su apremiante necesidad, sólo como un capricho personal. Pero ser culto y educado no indica para nada cuál es nuestra realidad económica diaria. Al menos, no parecían  entenderlo así. Esa primera impresión que les causé se les borró de las mentes un día que cayó una lluvia intensa en el huerto, lo que se llama un verdadero chaparrón. Un chubasco tan violento como irreal. Yo me había aislado del mi grupo, por mi lentitud de trabajo (me gusta ser meticuloso, y “limpiaba” las ramas a conciencia), y no alcancé a escuchar las órdenes que gritaron los inspectores a la gente de salir e ir a refugiarse a los comedores. Al buen rato después, y un poco intrigado por el silencio, cuando partí a entregar mis bandejas cargadas hasta los bordes al sombrío más cercano, no encontré a nadie más que a la mesera, quien tiraba ya lápiz, sacando cuentas para cerrar los listados. Allí me vine a enterar, todo empapado, de lo sucedido. Y entré así, estilando  agua de pies a cabeza al comedor, donde estaban todos, abrigándose o tomando café. Ingresé bien erguido, orgulloso de mi esfuerzo y simulando una sonrisa en la cara (aunque me sentía podrido por dentro y como un reverendo tonto). Y algo cambió en la mirada de los cosechadores, a partir de allí.

    Siempre me esforcé en ser amable con ellos. Y cuando terminaba la jornada, le ayudé en más de una ocasión a alguien (a una señora, a un pobre viejo) a completar su última bandeja. Muchas veces, me detenía a escucharlos. Y trataba, en lo posible, de no reclamar cuando me adelantaban, maliciosamente, en las filas para almorzar, retirar los bolsos con los efectos personales desde los casilleros, o en las colas para esperar los buses que nos llevarían de vuelta a Osorno. Entonces, empezaron a llamarme “caballero”. Me intrigó este nuevo trato. Obviamente, habían personas de mi edad o mayores aun; y, seguramente, tan bien educadas y respetuosas como yo.

    Cuando una de las meseras supo que yo era poeta, me pidió hacerle unos versos. Le obsequié dos poemas. Natalia (que así se llamaba), quedó muy contenta. Era una chiquilla hermosa y simpática, aunque podría ser mi hija. Y, por cosas como esa, gané fácilmente la amistad y la simpatía de todos los inspectores. Los que no eran mis amigos, me respetaban mucho. Ellos ya sabían -desde el momento de inscribirnos, asignándonos un rol de identidad para las faenas-, de mis estudios universitarios. Y no faltó el día que se me invitó a dar un paso mayor: “Tú podrías postular a inspector”, me dijo el flaco Sady. “Tienes estudios y conoces a fondo el trabajo”. Pero yo sólo quería ser uno más. Sacrificarme como el resto de la masa. Aprender este oficio arduo, agotador. Ganarme honradamente mi plata (que no me venía nada de mal) y, de paso, adquirir una valiosa experiencia de vida, y poderla contarla a los demás, como lo hago ahora.

 

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    Norma Bastidas, “La Gitana”, una mujerona alta, elástica como una pantera, de crenchas rubias y revueltas, voz ronca y piel cobriza, nos llevaba una mañana hacia el paño que trabajaríamos, canturreando a todo pulmón “El Rey”, mientras le echábamos tallas y coreábamos la canción mejicana con igual entusiasmo. “Con dinero o sin dinero, / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley. / No tengo trono ni reino…” // …“pero sigo siendo el rey!”. El flaco Sady hacía ondear su banderín, en la punta del coligüe que usaba como asta, y volvía de cuando en cuando la cabeza hacia el grupo, vigilando y animando a los rezagados. A medida de que nos alejábamos del patio de formación -junto a los comedores-, el terreno se volvía más áspero, hasta llegar a las matas, donde las pequeñas calles se convertían en senderos peligrosos. Había que recorrerlas y trabajar con los cuatro ojos bien abiertos y atentos a todos los detalles y a las posibles trampas. Usualmente, estaban a medio inundar (producto de las lluvias anteriores). A veces llenas de restos de ramas resecas, de endurecidos tallos bajo el solazo despiadado del verano, y que se paraban y clavaban fácilmente en nuestras piernas. Por otra parte, estaban los terrones, que eran duros y traicioneros, como para troncharle un tobillo a algún despistado. O, cuando no, al meter las manos aprisa, para asir el delicado fruto rojo, entre lo frondoso de la rama, algunas veces lo que se tomaba era un mosco o abejón, que había que soltar de inmediato, antes que nos pinchara los dedos. Estos son himenópteros iracundos y vengativos. Bueno, a nadie puede gustarle que, de pronto, lo agarren por el trasero, y mucho menos cuando uno se está alimentando. Otras veces, en el apuro de movernos más rápidos, nos pasábamos a llevar el chicotazo de una rama de zarzamora, que suele medrar entre los frambuesos, mimetizándose perfectamente con ellos. Tiene grandes y muy duras espinas, como pequeñas dagas asesinas.

    Un día, en plenas labores, y en medio del cotorrear de las mujeres y del silencioso afán de los hombres, los vimos: en un comienzo creímos que eran golondrinas. Golondrinas que volaban muy alto, en un cielo azuloso y desértico de nubes, contra el sol,  que era un ladrillazo en los rostros y en las nucas a esa hora. “Son golondrinas”, dijo alguien a mi lado. Yo pensé lo mismo, por su volar errático y de veloces giros angulados, mientras sentía la tufarada a cerveza del hombre que me habló casi al oído y demasiado arropado para la canícula de la tarde. “No, no son golondrinas”, observó una voz del otro lado de la melga nuestra, con acento femenino. “Tienen las alas muy grandes para ser golondrinas”, terció una segunda mujer. Todos estábamos pasmados, observando, con el cuello tieso y calenturiento, hacia lo alto del día. Parecíamos maniquíes, con los brazos estáticos apuntando hacia las matas y la vista clavada en el cielo. Dando vueltas y vueltas en lentas hélices, empezaron a descender. De pronto estuvieron tan cerca de los sembrados, que ya no hubo duda alguna, y varios exclamamos al mismo tiempo, asombrados. La palabra la conocía muy bien. Pero era como si mi mente, atónita, la rechazara una y otra vez, negándosela a los labios. Hasta que éstos no la pudieron evitar: “¡Dios Santo!,,,¡¡Pe-pero…,si son ángeles!!”. Mientras caíamos de rodillas y con los ojos a punto de estallar de asombro. Era una lluvia dorada de ángeles. Curiosamente, sólo los adultos y los viejos podíamos verlos. Los jóvenes -y algunas mujeres de corazón duro- veían en ellos  simples golondrinas revoloteando sobre el huerto. ¡Bah!, dijeron, como decepcionados por la conmoción de nosotros, estos últimos, y continuaron  trabajando, como si nada, mientras se burlaban de nosotros (los mayores, los viejos de corazón puro), diciéndonos que era porque estábamos más cerca de la muerte que podíamos imaginarnos  tales cosas. Nos sonreían, al descender los ángeles. Su sonrisa es lo más hermoso que he visto en toda mi vida. Vestían unas largas túnicas de oro y de seda sobre un cuerpo casi invisible, por lo frágil y etéreo, dejando al descubierto sólo sus manos de niño y sus cabezotas aureoladas. Nos ardía la vista, al intentar sostener fija en ellos la mirada por más de unos segundos. Era tanta la brillantez de sus figuras, que opacaban todo el contorno de las matas, y del día mismo. Me parecieron efigies de efebos griegos, como en las láminas del colegio.

    Noté que carecían de toda marca, mancha o peca en sus rostros, que eran de una piel muy tersa, como la de un bebé recién nacido. “Es el cutis de la inocencia”, pensé. Y no logré distinguir otro rasgo menor, como cejas o pestañas. O, al menos, no lo recuerdo, absorto como estaba en  mi contemplación. Todos, sin excepción, caímos de rodillas y rezamos ante las criaturas de Dios. Llorábamos de alegría, de paz, de felicidad. Sentimientos que sólo los ángeles pueden despertarnos.

    Nunca dejaron de sonreírnos, observándonos con igual curiosidad y asombro, que el amor con que los mirábamos a ellos. Eran tan etéreos, tan incorpóreos, tan gráciles, que se posaban sin ninguna dificultad sobre las ramas más elevadas y delgadas del frambueso, sin llegar a doblarlas y sin perder por ello el equilibrio, pareciendo sostener el delgado peso de sus cuerpos en su propia aura. No sé cómo decirlo mejor.  Quiero explicar, que se apoyaban no en sus pies, sino en ejes invisibles bajo el ropaje, como sostenidos por sus cabezas contra el cielo; quietos, como si estuvieran imantados desde arriba; erguidos y suspendidos por una fuerza celestial. Su visita, tan inesperada, ocurrió en la semana de mayor trabajo, en la máxima frutación de las matas. Y, obviamente, paralizó casi toda la actividad del huerto y durante varias horas. La gente mayor simplemente nos negamos a  continuar trabajando. Ni siquiera queríamos entregar las bandejas que ya estaban llenas, y nadie de nosotros pensó en ir a almorzar; aunque los inspectores, para lograr poner algo de orden, adelantaron la hora de retirarse a los comedores. Desde ese día  empezaron a sobrar olladas enteras de lentejas o de mote en la cocina. Los jóvenes y las mujeres de corazón duro se sirvieron a destajo, a sus anchas en los mesones casi vacíos. Se repitieron tres veces la ración, y como seguía sobrando la comida, tuvieron que dársela a los perros guardianes, para no botarla a la basura. En tanto, en el huerto, nadie quería moverse de las hileras; hasta que llegaron, por la tarde, los buses, a recogernos. Y todavía así, nos tuvieron que sacar casi a la fuerza.

    Los ángeles no dejaban de sonreírnos, despidiéndose. De alguna manera, (telepática al parecer), nos decían: “Vuelvan mañana. Aquí estaremos esperándolos”. Con esa promesa nos fuimos a casa, henchidos de una alegría nueva. Al día siguiente, varios llegaron con máquinas fotográficas. Unos aparatitos pequeños, pero muy modernos, que hasta pueden fijar la sonrisa del rostro justo en el centro del objetivo, y así las fotos no salen “movidas”. Son a prueba de tontos. ¿Y qué aparecía en la preciada pantalla digital, y a todo color?  ¡Sólo una bandada común y corriente de golondrinas, de colas ahorquilladas! Ahí entendimos todo. Sólo un corazón y un alma en estado puro pueden distinguir un ángel de una golondrina común. Y las maquinarias del hombre no tienen alma ni corazón. Están hechas para el vulgar comercio; para enriquecer aun más a sus fabricantes y no tanto para el regocijo del pueblo.

    El administrador del predio, don Luis Silva, rodeado por todos los inspectores y las meseras que atienden los sombríos o que hacen turno en la ropería, nos largó  un regaño de padre y señor mío, no sé si por su falta de fe, o tan sólo cumpliendo con su deber de administrador, para evitar el barullo armado, y nos conminó a cumplir con el trabajo para el que fuimos contratados. “¡Los ángeles no existen!”, pontificó. “Y si existieran (creo que agregó esto último por respeto a los creyentes, puesto que no sabía cuántos éramos; eso jamás se consultó ni quedó escrito en los contratos)…, si existieran, continuó, se mantendrían, creo yo, muy alejados del ruido de los motores frigoríficos de la fábrica”. Y volviéndonos a mirar de uno en uno, dirigiendo sus pequeños ojos y su cara abigotada, morena y adusta hacia la multitud, como tratando de distinguir personalmente a cada trabajador, con el ánimo de presionarnos más, de asustarnos, redondeó, amenazante: “Sería más razonable buscarlos en los templos, en la iglesia”, acabó diciéndonos.

    La cosecha de ese día, a pesar del regaño matinal, continuó a media marcha. Apenas llenadas y entregadas las primeras bandejas (por las que nos pagaban una exigua cantidad de dinero), los viejos les poníamos más atención a los ángeles que a las cargadas matas del frambueso. “Total” -dijo alguien-, “los japoneses pueden llenarse las tripas con arándanos, por mientras”. “…O seguir asesinando ballenas, para comérselas”, agregó otro. Y hubo una risotada general. Vean Uds., no se necesita ser tan culto y viajado para tener un alma pura y bien intencionada.

    Con qué facilidad podían los ángeles convertirse en abejas o en liebres, o en lo que ellos quisieran. Pero, definitivamente, sus preferencias iban hacia las golondrinas. Quizás qué les llamaba la atención en ellas. Frágiles, cautivantes, erráticas de vuelo, viajeras. Por eso no salieron en las fotos. O sea, salieron, pero no como ángeles, sino con sus cuerpos de graciosas golondrinas.

    Cuando tú vayas, cazador, por los campos del Sur, con hambre de matar, con tu escopeta lista, repleta de perdigones, ten cuidado de no apuntar hacia las golondrinas: podrías herir a una criatura amada de Dios. Y eso sí que sería imperdonable.

    Los ángeles, descubrimos, son tan etéreos, tan dúctiles, que pueden pasar por el ojo de una cerradura. Recuerdo que uno de ellos, cuando se me acercó demasiado, hasta casi asustarme (aunque eso no es posible, porque son tan mansos como un cordero recién nacido), me mostró en un primer plano inapreciable, emocionante para mí (y, creo, también para él)  su hermosa cara asexuada. A Héctor, que me acompañaba como siempre, casi se le cayó al suelo la quijada de hombre grave que tiene, del puro estupor. Era el rostro más tierno que haya visto yo en toda mi vida. Tuve un ahogo repentino, unas ganas irreprimibles de llorar, de abrazarlo, de besarlo, de pedirle que me llevara con él de inmediato al Cielo. Todo  alrededor me parecía sucio, repugnante; hasta el olor a la fresca fruta me producía arcadas, en contraste con la blancura diamantina de ese ser y con la transparencia de su alma. Me sonrió. Leía con facilidad mis pensamientos. Sentí algo cálido, caliente junto a mi hombro, cuando me rozó con lo que parecía uno de sus brazos. No sé. Tal vez, sólo fue un contacto mental. Es tan difícil saberlo. Quiso ayudarme en mi trabajo, que llevaba ya dos días casi completos interrumpidos.

    No sé cómo lo hizo, porque moviéndose a la velocidad del rayo, en tan sólo dos minutos, fue, volvió, volaba de aquí para allá. Yo sólo veía un resplandor entre las crespas matas, apenas agitadas como por una  brisa suave; y cuando se detuvo, sonriéndome como un niño, sobre el cáliz de una flor, a mis pies y perfectamente ordenadas en corridas de a diez, ¡habían doscientas bandejas repletas de frutas, una encima de la otra! Caí de rodillas al suelo. Recuerdo que recé algo, el Padrenuestro o el Ave María. Héctor, a todo esto, se encontraba en la misma posición de catatado de cuando el ángel se nos acercó. Era como si el tiempo se hubiera congelado para él. Y cuando despertó no podía sacar el habla. Tuve que llamar a un tractorista para que me ayudara con las bandejas. La mesera, y la gente que recién hacía las primeras entregas de la mañana -y que eran mucho más rápidas para cosechar que yo- no podían creerlo. Era un milagro, y por partida doble. Yo, rompiéndome el espinazo, apenas alcanzaba a hacer diez bandejas hasta la una de la tarde, cuando mucho. El ángel dejó “pelados” varios paños, que estaban destinados para trabajarlos por la tarde. Pero como nadie se dio cuenta, o no quisieron hacerlo, pasó “colado”.  ¿Qué ocurrió, entonces? Un descalabro total. Por otra parte, y por exceso de comida, los perros engordaron demasiado. Al igual que la liebre (que al verse por primera vez libre del acoso de los canes, comió al lado de ellos en paz). Los canes ya no vigilaban los alrededores del huerto, ya no cumplían con su labor.

    Y se murieron los perros,  hinchados de tantas lentejas. Y, al día siguiente, también expiró la liebre.

    La liebre era como la mascota de Junquillar. Y hubo otra paralización de faenas. Esta vez por los funerales del mamífero, los que fueron muy, muy llorados. Alguien cortó sus grandes orejas y éstas iban cruzadas sobre su pequeño y blanco ataúd esmaltado. El cortejo pasó al lado de los jóvenes y de las mujeres de corazón duro, que no eran más de una cincuentena, y quienes no habían dejado de trabajar un solo día. ¡Y cómo se burlaron de nosotros aquella mañana de los sepelios de la liebre!  ¡Si hasta nos arrojaron frutas al pasar! Los ángeles iban delante del cortejo, a ambos lados del féretro, y a unos tres metros de altura, cantando un ángelus precioso con su voz diamantina, que nos tenía los pelos de punta.

    En la última hilera, del último paño, junto a los panales abejeros, allí quedó sepultada la liebre. Alguien puso (no sé qué mano anónima lo hizo) una cruz sobre el pobre montículo de tierra gredosa.

     Pasó, acabándose muy pronto la frutación, porque otros ángeles ofrecieron la misma ayuda que me brindó “mi” ángel. Y de la gran multitud de contratados del comienzo, que sobrepasaba las quinientas almas, sólo quedaron cuatro docenas de cosechadores. El resto partió al arándano. A otros predios, de otros dueños. Pagaban mejor precio y la cosecha se prolongaba hasta bien adentrado marzo; a veces, hasta abril. Y como quedamos pocos jornaleros, nos dividieron en tan sólo dos pequeños grupos. Yo seguí con el flaco Sady. Héctor se canceló al día siguiente    (antes que el huerto se marchitara del todo). Y, claro, ahora     los dos grupos no llevaban un número, como al comienzo. Hubiera sido inoficioso hacerlo, ridículo. Había que ponerle un nombre. Un chistoso, de los que no faltan, los bautizó,  “Golondrinas” y “Ángeles”. (“De cajón”, como se dice). Y al formarnos una mañana, en busca de los escasos frutos (teníamos que caminar kilómetros y kilómetros para hacer unas seis miserables bandejas), alguien de “Las Golondrinas”, nos gritó la talla precisa al vernos partir: “Allá van los giles de los “Ángeles de Charly!”. Las risotadas, que tengo grabadas en mi cabeza para siempre,  estremecieron el patio entero y los ventanales de los dos comedores y de la cocina, en medio de ellos. Pero al administrador no le hizo ninguna gracia. Por el contrario, se le agrió su cara incaica, asorochado de calor como estaba ya, con los tiesos bigotes negros que le hacían ver, a media distancia, un rostro más áspero y recio. Y las bromas y risas se cortaron bruscamente, guillotinadas por un silencio sepulcral. Mientras eso ocurría, los ángeles se entretenían  imitando a los chincoles entre las matas: “¿Dónde está mi tío Agustín / con un zapato y un calcetín?”. Porque así parecen esos pájaros preguntar con su alegre trino. Se hubieran llevado mejor con ellos, como con las abejas y la liebre y las golondrinas, pero estas aves, en cambio, son muy asustadizas y solitarias. Vigilan al hombre, mientras trabaja éste, guardando una recelosa distancia, y sin dejar de mirarlos por el rabillo de sus ojos.

    Como había muy poco por hacer, los tractoristas se dormían bajo los sombríos. Las meseras mataban el   tiempo  

leyendo novelitas de amor o limándose las uñas, o, simplemente, cotorreaban entre ellas. Y los inspectores se relajaban, uniéndose a la conversación. Nosotros teníamos “chipe libre”. También, el calor nos agobiaba (así fue durante gran parte del verano), y nos tendíamos a la sombra de los pocos árboles de las orillas, o con medio cuerpo acomodados al pie de las matas, sintiendo el gotear del regadío junto a nuestras orejas, y el zumbido de las moscas, y el revolotear de los ángeles-golondrinas, y el trinar vivaz de los chincoles. ¡Qué rico se estaba allí! ¡Y nos pagaban además por tanta felicidad!

    La echábamos de menos a la liebre. Cuando abstraídos con la fruta, nos asustaba de golpe, irrumpiendo entre las matas como un rayo; o cuando la divisábamos de cerca por el sendero casi frente a nosotros, y pasaba dando patadas fuertes, perseguida por alguno de los perros guardianes. Nunca se dejaba alcanzar, pero tampoco se le distanciaba demasiado a su perseguidor. Su estrategia consistía en alejar al mastín lo más que podía del lugar donde yacían refugiados  sus lebratos. Y una vez conseguido esto, regresaba a ellos dando una enorme vuelta por los cuarteles más lejanos, para despistar a los perros. Pero, a su vez, los animales no querían cazarla; ni mucho menos, matarla. Sólo cumplían con su deber, para ganarse la comida. Y, además, porque era divertido. Como un juego entre niños. Y más: creo que los mastines lamentaron desde el cielo -o adonde van los perros al morirse- no haber podido estar en los funerales de su amiga, la liebre. Hubieran llorado de un genuino dolor, sintiéndose en parte culpables de su desaparición. 

    Todos los dardos apuntaban a los ángeles. Ellos habían echado por la borda la planificada labor de la administración, diseñada con meses de antelación. Y del grupo de “Las Golondrinas”, (integrado como ya dije por niños y algunas mujeres endurecidas), comenzaron a odiar a las criaturas de Dios. Y esa inquina nos recayó a nosotros, a sus homónimos, a los viejos y viejas que sí creíamos en ellos, y los venerábamos. Y empezaron a montar toda clase de trampas y de cepos para atraparlos (aunque seguían viéndolos en forma de golondrinas). O bien era que los ángeles no se mostraban ante ellos con sus verdaderos cuerpos, porque eran unas almas sucias y no arrepentidas de sus pecados. Y, al menor descuido nuestro, nos robaban los potes con frutas, que íbamos espaciando a lo largo de la hilera para recogerlos después. Y era fácil el robo, porque algunas melgas medían como doscientos metros de largo y las ramas caídas, por aquí y por allá, impedían verlas en toda su dimensión. Hasta que un día se atrevieron a asaltar a una pobre anciana que no pudo defenderse, y no había ningún ángel cerca tampoco. Ni  siquiera el ángel de la guarda, que tiene a su lado cada uno, siempre. Pero tales cosas ocurren sólo porque Dios quiere enseñarnos. Él es el maestro por excelencia. Y jamás ocurre porque los ángeles se descuiden y falten a su deber para con los humanos. Las matas se marchitaron y la tierra se agrietó. Y  el agua se transformó en barro y luego en polvo, en los estanques. Y el aceite de los motores de los tractores se solidificó en una pasta cementosa. Así es que el administrador ordenó el cese de la cosecha. La empresa no podía trabajar a pérdida, fue lo que dijo (porque se estaba gastando más de lo que se producía. Aunque la verdad, es que estas empresas frutícolas ganan mucho, mucho, a costa del salario casi miserable que pagan). Nos cancelaron el saldo de las entregas y nos despidieron, todo junto, al día siguiente.

    Hacia el final de la cosecha, don Luis Silva quedó más enojado con nosotros, los temporeros, que con los ángeles. Al fin y al cabo, nunca creyó en ellos, y pensó que nos burlamos de él y de su autoridad, cuando obligamos a la Empresa a decretar tres días de duelo en el huerto por la muerte de la liebre. Dios, por su parte, y evitando un descalabro mayor, llamó a sus criaturas de regreso al Cielo. “Los hombres, salvo unos pocos, no se merecen la compañía de los ángeles”, debe haber pensado.

    Lloro de emoción ahora, al evocarlos. Los veía durante horas enteras estudiar con qué atención y deleite una flor cualquiera, o quedarse extasiados ante el canto o el vuelo de un pajarito (cuando ellos podían hacerlo con mejor esplendor; y de hecho así ocurría, al imitarlos). A todo ponían siempre un entusiasmo mayor, como el del joyero cuando tiene entre sus manos la piedra que se convertirá en un diamante fino. Los ángeles tienen el poder de acelerar el tiempo. Con sólo soplar sobre una semilla la hacen florecer de inmediato. Y su hálito se ve, aun bajo la plenitud del   soldel mediodía, como un delicado chorro de luz amarilla, formado de micropartículas doradas, semejante al oro en polvo, pero muchísimo más brillante.

    Trabajé, como ya dije, durante tres cosechas sucesivas en Junquillar. En la primera de ellas  me rompí una rodilla, a mediados del segundo mes. Gané mi dinero de esas seis semanas, y luego de la operación, y una vez dado de alta, un sueldo mínimo completo de la Asistencia Social o Seguro de Accidentes. El segundo año no me pasó nada. Sólo que me gasté la mitad de las ganancias en cigarrillos, fumando inquieto y preocupado de no accidentarme. Y no estaba dispuesto a subir por tercera vez a Junquillar, decepcionado por todo lo que me había ocurrido, y por la poca paga. Menos mal que cambié de idea. Y no sólo por los ángeles de la última temporada, debo reconocerlo: había roto mis únicos zapatos por las dos cosechas anteriores, y debía sí o sí comprarme otro par, para caminar recto por la vida, como nos manda Dios a todos.

    Y si me sobraban algunas monedas -pensé entonces-  las invertiría en una alcancía de barro donde guardar celosamente mis hambres futuras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                             

                                             

                                                11

 

  •     ¡Pe-pero,,,qué demacrado estaaaaás, mi amor! ¿Ya te ha visto el médico?

    Desde la puerta de la habitación, y a contraluz, como la visión de una walkiria furiosa, acompañada de una sorprendida Hilda (no acostumbrada más que a sus propios gritos y trajines domésticos), la voz tronante, ronca de Rosa Rodríguez, esa mañana de 1966, cuando yo guardaba cama por un resfrío. Ese año, me quedé en el Norte de puro enamorado. Ni siquiera lo medité. Fue sólo una tincada. Un envión irracionable e inevitable del corazón. Mi padre hervía de rabia, al ver que todos sus esfuerzos fracasaban justamente con el poeta de la familia. Pero, a las finales, tuvo que admitirlo. Y ahora, instalado en Taltal (y luego de haber yo fracasado en todos los intentos de trabajo en Antofagasta), él que no admitía más enfermedades que las estrictamente mortales, no le gustó para nada la idea de dejarme en casa solo, con Hilda, todo un largo día. ¿Habrá desconfiado de mí? ¿De ella? ¿De los dos? Menos estaba enterado de la visita, inesperada hasta para mí, de Rosa.

    Hizo una entrada operística, como actuando ante un teatro lleno, y seguida, tres pasos atrás, de Margarita Astudillo, quien era hermana de un ex-compañero mío de primaria. Rosa tenía el cabello rubio, reteñido, y vestía un traje estrafalario. Una falda de amplio ruedo, estampada con todos los colores del iris y que le llegaba hasta los tobillos, y una blusa vaporosa y desbordada de escote, que dejaba sus hombros sólidos al aire; y todo esto refrendado por sus gruesos labios pintados de un rojo furioso y con unos enormes aros plateados colgando de sus orejas. En buenas cuentas, una verdadera gitana. También parecía la cariátide de un templo griego, con esa mirada fatal, llena de destino, en una actitud hierática, como sosteniendo el peso de toda la humanidad. Y mientras hablaba le tintineaban las numerosas argollas de sus manos, cuando no colocaba sus brazos en jarra. Y no dejó en todo momento de mirarme, ignorando a las otras dos hembras. La dueña de casa se veía disminuida, apocada a su lado, en porte, voz y presencia. Los vidrios de la ventana temblaban, y unos segundos después, Hilda, cortés, le contestó por mí, con voz tranquila: “¡Bah, no es nada! ¡En dos días estará bien!” Margarita apenas esbozó un tímido ¡hola! desde su molleja de pajarito aterido. Tenía una carita pequeña, permanentemente sonrojada, y redonda, de párvulo, con cabellos cortos y encrespados. Parecía siempre a punto de quedarse dormida. Y esto, porque sus párpados superiores estaban muy caídos. No daba la mano al saludar, apenas la prestaba por algunos segundos, y su contacto era igual a  cuando uno toma con delicadeza un canario ya muerto. A través de los visillos se vislumbraban, afantasmados por la distancia y la niebla del mar, los viejos y carcomidos lanchones salitreros, anclados sobre la línea del horizonte a perpetuidad. Y algunas garumas que revoloteaban en la reventazón del oleaje. Hace tiempo que no recalaba nave alguna en la bahía. Cuando en los años veinte, y antes, toda la rada era un hervidero de navíos y de intenso tráfico de embarcaciones menores, ahítos de carga y de pasajeros. Los hoteles abarrotados de gente de toda estofa, de tahúres, de buscavidas, así como de gente humilde que llegaba desde el sur a ganarse la vida honestamente. Las mujeres pasaron a conversar a una sala contigua, y desde allí me llegaban un diálogo (Margarita, todavía muda) ahora más tranquilo; hasta que, de pronto, estallaban        risotadas.

    Ellas parecían haberse hecho amigas, rotos ya los diques del recelo típicamente femenino. Sólo cuando la plática derivó hacia los estudios, Margarita se atrevió  a abrir su boca de canaria tímida, y tuvo algo de participación en lo que había sido hasta entonces un estricto diálogo de dos matronas, que acabaron por conocerse, olerse, medir sus fuerzas secretas, y aceptarse finalmente como amigas de toda una vida.

    Rosa quería sacarme ya mismo de la cama. Que si era algo pasajero, que si esto, que si lo otro. Y me invitaban ambas a una tarde de playa. “El aire del mar le hará bien”, le dijo a Hilda, lanzando la voz en dirección a mi dormitorio. “¡Le falta yodo, sol, oxígeno!”, gritó. ¿Tendría algo que ver el yodo con un resfrío? No estoy seguro. Pero fueron su firmeza y sus argumentos de curandera, que acabaron por convencernos a Hilda y a mí. La dueña de casa quedó en arreglarlo todo con el minero cuando regresara por la tarde, harto de pelear con los pirquineros, de bajar y  trepar cerros y piques, y de tanta pampa ardiente y solitaria. La idea era pasar una tarde en La Puntilla, pequeño cabo al extremo sur de la caleta.

    Partimos en un falucho, como a la hora después, y luego de unírsenos  en el muelle el pretendiente de Margarita. Era un joven alto, moreno, de complexión musculosa y de fuerte quijada,  pero como ella, de pocas palabras. El viento golpeaba nuestros torsos, inflando las camisas de los hombres y haciendo ondear los pañuelos de seda de las mujeres. Los cuatro íbamos de jeans o pantalones vaquero; y como se estilaba entonces: el doblez      de la mezclilla hacia afuera, formando una blanca bastilla sobre el azul de la tela. Todos con anchos cinturones con una enorme hebilla metálica y las mangas arremangadas sobre los codos. El patrón del falucho, como una estatua de bronce, de pie en la popa de la embarcación, aferraba las cuerdas que dirigían el timón, totalmente indiferente al fuerte cabeceo del bote contra las olas que se pulverizaban a proa. En cambio, nosotros nos agarrábamos, recelosos, con todas nuestras fuerzas a las bordas. Pero nadie quería demostrar su temor, y por la misma razón íbamos silenciosos. Y cuando hablábamos por  romper el riguroso silencio, por “botar” un poco la tensión de los nervios, teníamos que hacerlo a gritos, para lograr escucharnos. Pasaban cerca veloces pelícanos y ágiles garumas. De cuando en cuando, nos cruzábamos con otras embarcaciones que retornaban lentas a puerto, cargadas a tope con  la pesca de la noche anterior, a muchas millas de Taltal, mostrándonos los rostros agotados y ojerosos de sus tripulantes.

     Y el patrón nuestro los saludaba con grandes gritos, y ellos le contestaban deseándole suerte en el viaje. Vimos el lomo de un par de delfines sumergiéndose  a pocas brazas de nuestra embarcación, y siguiendo en forma paralela nuestra ruta, y de nuevo aves en lo alto, contra el sol. Mis narices, efectivamente, se habían destapado; y volvieron a obstruirse por la humedad, para reabrirse bajo la canícula de la tarde y el viento húmedo; hasta que me olvidé de mi resfrío, feliz como iba. El patrón vestía un impermeable amarillo que le cubría desde los pies hasta el cuello, con una gorra del mismo material encasquetada en la cabeza. Y la resolana arrancaba de su espigada figura astillas doradas, envolviéndolo en una aureola impenetrable, que herían    mi vista.
     Las mujeres parecían haber envejecido, envueltas sus cabezas en las pañoletas. Margarita y su pareja iban acurrucados cerca de la popa, a los pies mismos del patrón, y su compañero la cubría a ella con un brazo enorme, como una gallina a un polluelo recién nacido. De cuando en cuando, lo veía inclinando su cabezota de buey fornido bajo el ala propia, para besarla apasionadamente, y Margarita enrojecía como una flor visitada inesperadamente por una abeja. No estaba acostumbrada a esa intimidad frente a otros. No tardamos en llegar, impulsados por el ronquido enorme del poderoso motor. El hombre lo apagó y nos acercamos a los roqueríos con el silencioso impulso, como un ciego que va tanteando el camino que ya conoce de memoria. Humedecidos enteros, por el rocío del mar y nuestra propia emoción, pero felices, pagamos al pescador lo convenido previamente, despidiéndolo. La idea era hacer el regreso a pie, a la caída del sol.

 

 

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    Al lado de Rosa me sentía, a ratos, incómodo, desatinado, con la viva sensación de haber comenzado a envejecer ya junto a la persona equivocada. Pero, al mismo tiempo, era una sensación de irresistible libertad, de rebeldía, inevitable. A lo mejor, era libertinaje. Porque cuando se es joven, es muy fácil confundir las emociones. Entonces, yo tenía que causarme dolor, pero no por una actitud masoquista, sino para sentirme vivir; para vivir, sintiéndome al mismo tiempo. Lo he meditado muchas veces bajo la luz meridiana de mis sesenta años, de ayer no más. No perseguía con mi actitud de entonces, la más mínima intención de desquitarme de algo o de alguien; ni mucho menos, de mi propio padre. Porque ¿qué sabía yo qué era la felicidad, por aquellos años? ¿Qué sabía de los verdaderos valores? Sólo, tal vez era eso, buscaba una excusa suficientemente creíble para poder tener la libertad de equivocarme, y de que nadie pudiera reprochármelo. Si aceptaba tal cual era a mi padre, implícitamente estaba aceptando también los errores que habría cometido mi madre. Sus aparentes descuidos o sus debilidades de carácter para no imponerse a la situación. Y eso me parecía injusto. Ella ni siquiera estaba presente para defenderse. Pero, yo no tenía otras posibilidades. Busqué otros trabajos y fracasé en todos esos intentos. Hace poco tuve un sueño, una pesadilla, donde mis hermanos y algunos paisanos me criticaban agriamente el haber escrito este capítulo. Yo me elevaba hacia el cielo, que se abría, apareciendo el rostro de Dios, iracundo:

    “¡Respetarás padre y madre!”, me gritaba, rugiendo como un poderoso huracán. Pero luego los cielos se cerraban y era el rostro de don Ruperto Soto (mi profesor-jefe de la Escuela N°1), canoso, lleno de viejas arrugas, con su eterno cigarrillo encendido en la boca. Me ordenaba extender las palmas de las manos, y me daba varillazos con una delgada ramita de membrillo. Llegaba a caérsele sobre la frente un mechón de canas amarillentas, al castigarme con la férula, colérico. Desperté sudando entero. Pero…¿podía acaso haber obviado esta anécdota que es parte esencial de la historia grande de mi existencia? Me ardían las manos. No sé si por la férula o por haber osado introducirlas en la limpidez inmácula del Cielo, en medio de mi pesadilla. Que me perdonen mis hermanos, como creo que Dios no sólo me perdona, sino que me comprende perfectamente.

 

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    De regreso, al atardecer, a Rosa se le ocurrió la brillante idea de que coronáramos la linda tarde yendo al cine esa noche. En las viejas tablas de pino oregón del teatro, más de alguna diva actuó o cantó allí sus arias sanguinolentas y se reprisaron las zarzuelas más retumbantes, locas y divertidas de la época, para un público más ávido de entretención que de cultura. El teatro se fundó en 1921, cuando Taltal era el tercer puerto exportador de salitre y figuraba en todas las cartas de navegación. Exhibían una película mexicana. Nada especial. Conseguí un fácil, demasiado fácil “permiso” de Hilda. Que no me preocupara. Que mi padre lo entendería. Que tenía que gozar de mi juventud y atender   a mis visitas.

    Los galanes, en años anteriores, solíamos esperar de pie, junto a las lunetas, a que apagaran las luces y empezara el rodaje (por lo general, con el noticiero Emelco y la sinopsis de las próximas exhibiciones), para dejarnos caer junto a nuestras amadas, que nos tenían reservado el asiento. El pestañeo de las luces era el último aviso, acompañado de la gangosa y característica “marcha” tocada en una vieja victrola por los altoparlantes hacia el exterior. Esa noche no fue así. Entramos los cuatro como dos parejas de recién casados, ignorando el “pelambre” que se armaría. Demás está decir que todo el pueblo sabía muy bien quién era yo, Margarita y su acompañante. Y la figura de la incógnita Rosa alimentaría mucho más los fuegos del comidillo social. Hilda me pasó un juego de llaves. “Para que entres en silencio para no despertar a tu padre”, remachó, tan práctica ella.

 

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    Con el corazón en la mano y las llaves en el pecho, o exactamente al revés, qué importa…,apresuré mis trancos por Prat, doblando en San Martín, hacia Esmeralda. Era tardísimo y presentía la borrasca en el gran horizonte inmediato de mi entrecejo. Hasta el canto de los grillos parecía presagiarla. La luna, borroneada por la mitad en el cielo nuboso, era  como   una   sonrisa   de   mofa.     Apenas doblada la esquina del azar, ya llevaba en ristre la llave salvadora. La introduje, y el picaporte no cedió. Volví a intentarlo dos o tres veces, con el mismo resultado. Habían terciado la barra metálica por dentro. Papá siempre fue paranoico con el tema de la seguridad. Veía ladrones por todas partes. Y debo confesar, con mucha vergüenza, que heredé esas manías. Que cada noche, antes de apagar la luz en mi pieza, al acostarme, me inclino a mirar bajo el catre (y me disculpo a mí mismo con frases como: “hay mucha suciedad; mañana mismo barreré temprano”. Es porque la parte sana de uno siempre busca justificarse, para no admitir el delirio al ciento por ciento). Era una ciudad tan pequeña, que nos conocíamos todos. Pero así también todos desconfiaban de todos, por conocerse bien. Golpeé despacio. Nada. Ahora, un poco, un poquito más fuerte. Y de nuevo, sólo el silencio de la noche, y el descarte de la baraja de  las olas cercanas. Dejando pasar unos minutos, mis golpes fueron más duros, más resonantes. Y, entonces, sí. Escuché entre los difusos silencios nocturnos, como dos alfileres clavándome en los oídos, un sordo arrastrarse de zapatillas. Es Hilda, pensé yo. Hilda que viene a abrirme la puerta. Y el ruido fue creciendo, pero con otro peso, con otro volumen invisible. Y sentí, al instante, que caía, azotándose contra la pared la potente barra. Y es mi padre el que abre. Y azota mi padre, esta vez, la puerta toda, hasta atrás, abriéndola de par en par ante mi asombro y mi dolor, mi miedo, mi espanto. Con rabia la azota, los ojos inyectados de sangre, mientras vomita una retahíla de improperios, entre los que me parecía escuchar (y aun los sigo oyendo como en un túnel del tiempo) las palabras “puta”, “casa”, “mierda”. Y yo, en medio del espanto, no lograba conectarlas entre sí, darle un cuerpo mental. Lo que me quedó claro, es que en su furor de sátrapa absoluto, me estaba echando de la casa (y de las dos casas; incluyendo la de Antofagasta). Me lanzaba a la calle, a limosnear. Que me fuera a la mierda, refrendó, claramente, al final de la pesadilla. Y se fue. Me dejó parado en el umbral de la noche, con un asomo de explicación en mi boca desencajada; como un pajarito vivo, a medio tragar, aleteando en la comisura de los labios. Mi cuerpo me parecía algo ajeno, que no me pertenecía, como si estuviera levitando. Entré. Oriné mis rabias. Recogí a manotazos mis pilchas de falso postulante a minero, de falso hijo del patrón, de payasito recitador de versos románticos en casa de familia seria, teutona (cuando ellos querían algo más dramático, como el drama de esta misma noche, ¡por la mierda!). Y salí de allí para siempre. Me fui dando un portazo aun más fuerte todavía que el de él  (la pobre puerta, sin tener arte ni parte en el desquicio humano, pagó todos los platos rotos esa noche), y dejando encendidas todas las luces tras el silencio de mi partida. Para que la cagada pareciera lo que era: un velorio.

     Dormí junto a las arañas más amistosas que haya conocido jamás, en casa de los Astudillo, adonde sin dudar un instante me fui. No era hijo ni familiar remoto de ellos. Y como extraño que era, me acogieron. Calzaba perfectamente en su   hospitalidad   cristiana,   sin  rostro   definido.       Sin

preguntas. “Entre los pobres está mi futuro”, me dije, entonces, premonitoriamente. Y así ha sido hasta hoy. He subsistido gracias a la generosa ayuda de los amigos, y recogiendo frutas en el campo por una miseria de salario. He sido, sin embargo, solidario con los mendigos (especialmente, con los ancianos postrados en las calles del centro), y, muchas veces, esa moneda que les doy, luego me falta para mi pan. Y como Dios lo sabe, acude, mágicamente, la ayuda, la retribución, a mis bolsillos.

    Al día siguiente, me andaban buscando los carabineros. Por encargo de él, y por todo el  pueblo. Nunca supe con qué intención.

    Me volví a Antofagasta, oculto, casi disfrazado, en la última butaca al fondo de un bus.

    El se apareció a las dos semanas después.

  •     ¡Déjamelo a mí, no más!, dijo mi madre, colérica, cuando le conté todo, sin ponerle ni sacarle nada. Le expliqué hasta con detalles el paseo a La Puntilla, la película que apenas ví, preocupado como ya estaba, esa noche. No sé qué conversaron abajo. La cosa es que cuando el hombre entró a mi dormitorio, lo hizo de perfil, tanteando el paso, como el alfil del ajedrez, receloso al comerse un sencillo peón. Me estiró, adelantándome su mano desde la puerta misma. No puedo olvidar, hasta ahora, esa mano precursora del cuerpo mismo, blanquísima, agigantada de albor en la penumbra de la pieza. “Hola”, me dijo, “…Cómo estás, hijo”. Y yo, desganado, casi sin emoción, después de haberla vaciado toda   en   dos   semanas, estreché  la mano tendida del padre:

      “…Bie…,bien, papá”. Y eso fue todo. En ese mismo momento tomé la decisión de volver a Concepción, retomando al año siguiente mis estudios. Mi aventura bancaria había durado tres meses. La minera, apenas quince días. Debí pensarlo antes. Los que más nos quieren pueden dañarnos mucho más que los extraños; con los cuales, a veces, uno también suele ser más condescendiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                12

 

    En cuanto descendí del tren en Concepción, compré “El Sur”, para ver los avisos de ofertas de pensión. Sólo por faltar el año anterior a mis estudios, había perdido la media beca que consistía en el alojamiento en el Hogar Universitario y la comida; ahora tendría que arreglármelas por mi cuenta. Le expliqué de entrada al chofer del taxi, un tipo de aspecto siniestro, cacarañado y de bigotito corto, como de comediante fracasado, que ya conocía la ciudad. Que volvía después de un año sabático. Eso, para que no me paseara de balde por las calles, cobrándome de más. Mientras me decidía por  una dirección (escogí dos o tres, encerrándolas en un círculo con el lápiz), el taxista no cesaba de hablarme de cierta mujer despampanante que había transportado el día anterior a una de las muchas pensiones de la ciudad. Con mi atención puesta cuando no en el diario, en la calle, en los peatones, su voz me llegaba apagada, como en sordina. Me contaba del curioso detalle revelador de cierto lunar de carne, negrísimo, sobre el labio superior de la hembra. Fueron como las primeras puntadas del destino. A las que yo no le ponía la menor atención, y que él volvía a urdir otra vez en mi cara neutra. Tal vez lo pensé o dije en un murmullo (que el taxista escuchó), preguntándome de qué labio se trataría. Si el de la boca u otro, aun más húmedo (jeje). O sólo leyó el mensaje en mis propios labios. Bueno,   yo   regresaba feliz.  Sintiéndome de nuevo en Concepción. Había logrado descerrajar la gruesa Caja de Pandora de mis decepciones, aunque había algo que no me terminaba por convencer. Una sensación de falsedad. Como si, para lograrlo, hubiera usado una ganzúa, en vez de la llave original. Pero deseché pronto esa sensación, y me conformé con la paz del momento… Y el cacarañado no paraba de hablar de la tal mujer. Y como para que se callara de una buena vez, acabé por darle la dirección decidida al azar: Orompello 376. Si le hubiera mentado a su madre, no habría dado ese sobresalto que dio en el volante. ¡Pafff! Golpeó con una de sus manazas el manubrio. ¡Allí mismo fue donde la dejé, mi patrón!, exclamó, en un tono triunfante, con los ojos dilatados. Y con eso logró por fin mi atención total. El destino se acercó otro par de centímetros. Parecía un profeta que acabara de comunicarse con Dios mismo. Una vez aclarado lo del lunar, la mujer y la dirección, y una vez llegados, le pagué lo convenido y despaché pronto. No sin antes tener que soportarle su misterioso y postrero: “Se va a acordar de mí, jefe”. Me pareció que el que se despedía no era el  taxista sino un personaje del infierno. Tal vez, el Malulo mismo, en persona. Pero, ¡cómo el Diablo va a ser cacarañado y, además, chofer de taxi! Eso me tranquilizó. Cuando llamé a la puerta, todavía sentía un respingo de misterio. Era como si me hubiera mordido una “araña del rincón” y dejado dentro de mí sus pequeños huevecillos, prontos a estallar. Calma, me dije, tú no eres un galán de cine precisamente, y qué probabilidades tienes de conquistar a una hembra fogosa, con o sin lunar de carne.

 

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    Me acomodé  y salí a hacer prontamente las diligencias de mi matrícula. Quería alcanzar a echarle una miradita a la ciudad, antes del largo encierro. Las ciudades cambian, según pienso, más que las mujeres en unos pocos años.

    Y Concepción fue siempre para mí más que una fogosa y resabida amante, una frágil y sutil polola.

    La patrona de la pensión tenía cara de prostituta retirada, y que con los sacrificados  ahorros de sus noches de galanteo, pudo lograr comprarse ese caserón donde fue subdividiendo las amplias piezas antiguas, hasta donde la decencia lo permitiera, para sacarle el máximo de dinero. Pero por más que oxigenara sus crenchas y recargara el cuello y las muñecas con alhajas de oro, para aparentar ser una gran dama o señora, la traicionaban la papada, un tanto libidinosa, y que no lograba simular con el vuelo de sus vestidos, y, sobre todo, la costumbre lupanar de traficar por los pasillos en bata de levantarse y en rigurosas pantuflas y medias arremangadas sobre las rodillas. Además, se echaba al cuerpo un perfume de boxeador: de aquellos que lo derriban a uno antes de los diez segundos. Por supuesto que me dijo lo habitual, que la suya era una casa muy decente y que los inquilinos –estudiantes y trabajadores de ambos sexos- eran para ella como sus propios hijos. Aquí usted, mijo, podrá estudiar en completa tranquilidad. Descubrí, con deslumbrante asombro que, a sólo dos horas de llegado a la ciudad, ya me sentía adoptado.

    Fue a comienzos de la semana siguiente cuando di con el objeto del deseo del taxista cacarañado. Apenas recuerdo la situación, como un dibujo mal hecho y de trazos rápidos de un algo, sin embargo, hermoso, que todavía me cuesta rediseñar en la memoria. Los diálogos deben haber sido casi tristes y fatales, porque ya tenían un destino determinado. Salía yo por el pasillo acristalado y florecido de macetas, con azaleas y gardenias atigradas por una vaga pasión, donde se ubicaban las mesitas del yantar diario, hacia el salón sombrío y la calle, y que daba la impresión de una garganta obstruida o de un simple remanso de sombras antes del sol. Ella estaba sentada con una amiga y bebían algo dulce y espirituoso. Salud, le dije al pasar. Y ella, la del lunar sobre el labio, me respondió con una franca sonrisa, fijando sus ojos aterciopelados sobre mí.

    Recuerdo que en un momento de mi vida, en un pool, un boxeador retirado me bautizó con el sobrenombre de Kid Lecherito. Era un peloduro argentino, de los buenos, precisó. Ella y yo teníamos, entonces, la piel muy blanca. Por eso lo recordé. Apenas reparé en su amiga (que no estaba nada de mal, en todo caso). Cuando regresé a la pensión, al atardecer, el dúo estaba acompañado por un hombre de unos veintitantos. Tal vez, treinta años. Macizo, sin ser gordo, y con entradas sobre sus sienes. Lo que puede llamarse una calva incipiente. Nos presentamos, mientras ella –el objeto de mi atención- sacó de su cartera un cigarrillo blanco, largo, que acomodó en una pitillera o boquilla con mucha coquetería; cigarro que yo me apresuré en encender, galante. Me estudiaba con detenidos melindres de gata en celo. Porque había algo que estaba absolutamente claro: ella sobraba en ese trío, como una mesa que cojeaba ostensiblemente, y esa cuarta pata -se caía de madura la fruta- estaba siendo yo. Tras los finteos de rigor, el combate se desarrolló como de acuerdo a un programa ya fijado en las carteleras de todo el barrio. Acabamos por bailar, bien agarrados de la cintura, riendo todos y bebiendo unas cervezas. Luego, salimos a la ciudad nocturna. De bar en bar, anduvimos hasta altas horas de la madrugada. Nos atrincheramos en la pieza de Irene (que así se llamaba). Recuerdo, más que nada, sus poderosos muslos, echada sobre la cama, con las piernas recogidas bajo su falda negra de corte. El hombre se llamaba Javier Contador, y era agricultor, con su padre, en las afueras de Chillán. Y la otra nínfula, Elizabeth. El apellido se me extravió en la camanchaca de los años. Con Irene Moraga, amiga de varios años, se desempeñaban como obreras textiles ocasionales. Es decir, trabajaban un tiempo, juntaban sus pesos, y luego se daban la vida del oso, hasta que les durara el dinero. Y, claro, a veces, como ahora mismo, en esta escena, podían también contar con la ayuda de algún varón generoso. Al encenderle el cigarrillo, ella, coqueta, había sujetado mi mano con la suya, mientras se mordía los labios. La música de la radiola nos envolvía en un aura propicia. Pero los tangos habían quedado ya en el pasado. Y ahora estaba sobre

la cama. Y la pareja, que no cesaba de acariciarse, se esfumó, sin que nos diéramos cuenta. Yo había bebido como un carretonero, y recién estaba despejándome de las ideas. Y el deseo llegó galopante y de improviso. Mientras miraba sus cabellos ondulados, su magnífica corrida de dientes –donde relumbraba uno de oro- y el frufrú de sus medias terminaba por enloquecerme, dejé caer la pregunta tal vez más estúpida de mi vida:

  •     ¿Me voy…,o me quedo?
  •  

Fue como si un ebrio lanzara una carcajada en medio de un templo vacío. Mi voz rebotó en los pilares endurecidos por la madrugada y rodó por los peldaños del altar, ya desgastados por tanta fe e iluminó los rostros de cariátides de los santos y del sufriente rostro de Cristo. Pero, luego, volvió a ese cuarto entrampado en la calle Orompello, segundo piso, frente a Irene Moraga y sus poderosos muslos, y sus talones pegados sobre los glúteos, relamiéndose ella no tanto de mi torpe inquisición como de su propia respuesta, llena de luz. Ella me tranquilizó con sus ojos serenos y totalmente lúcidos y abiertos. Lejos, ladró un perro. Su sonido sirvió para enmarcar el lapso, el traspié de mi pregunta. Y mostrándome su dentadura perfecta, me respondió en voz baja, casi susurrante:

  •     ¡Quédate!
  •  
  •     Y así fue como sucedió. Y atardeció y amaneció el día primero.

 

                                                              

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                         13

 

    Irene me enseñó, como consumada maestra que era, todos los secretos que desconocía de la carne ¡Y vaya que eran hartos e ignorados! No fue una entrega cualquiera, entre los roqueríos del Norte, a orillas del mar, con el culo lleno de arena y muerto de frío (única experiencia que había tenido yo hasta entonces), y por esa misma razón, con la animalidad a media asta y más preocupado de los posibles mirones que de hacer bien las cosas. Y esos son detalles que marcan toda la relación a futuro. Después, aunque casados con todas las leyes, a uno, antes del amor, le da con revisar primero el closet o echar una miradita, así como no quiere la cosa, por debajo de la cama, o de repasar la llave echada a la puerta. Y esas inquietudes perversas no nos permiten gozar cabalmente. No fue un mero jadear entre las sábanas inciertas de un motel un sábado por la noche. Fueron tres largos meses. Fue un prolongado polvorazo minero, pero en los socavones del Sur, sin reproches, encendido sabia y oportunamente, de noventa días (que no es lo mismo pero es igual, como dice Silvio), con atardeceres, con sus medianoches de fantasía, con siestas de guardar y matinales de precepto. Sentados en una silla, torturándonos. Jabonándonos  mutuamente en el baño las partes íntimas, las grietas mismas del placer y las anchas avenidas donde derrama el amor sus leches de pantera lúbrica. Cópulas de boca a boca, de miembro a boca, de mano a mano, de miembro a miembro, y entradas súbitas, subrepticias por el canal terroso.

    Me quedaba dormido junto a una teta de ella o en su culito blanco, duro y redondo. O despertábamos enredados en las piernas del otro, cada uno con la mano en el matorral ajeno. Volvía en mí bajo una cascada de pelo negrísimo con olor a miel y a semen (que son, lejos, los dos aromas más sabrosos de la naturaleza, en su precisa mezcla), frente al placer culpable del espejo de cuerpo entero. Flaco, te las mandaste, me decía a mí mismo, sin creérmelo. Estaba yo en el nirvana, entre eternas nubes, y lo peor es que me negaba a despertar de verdad. Ella sólo sonreía, misteriosamente. De cuando en cuando, me acordaba del taxista cacarañado. Le daba las gracias, pero también lo maldecía al contemplar las enormes ojeras de mi rostro, y al darme cuenta de ese amancebamiento forzado. Y tenía escrúpulos no sólo por Berenice y mi padre (ambos se me aparecían en las pesadillas inevitables), sino por mi ausencia total y absoluta de las aulas de la universidad.

    Era no sólo entrar, sino ver como entra. Sentir uno que es otro el que penetra. Penetrar y sentirse penetrando. Y sentir que, en el otro, es uno mismo quien siente todo en el reflejo mágico del cristal y que le traspasa a su pareja el sentimiento del desnudo. No hay nada más tierno que amarse a poto pelado, precisé, con la sabiduría de un Salomón.

    Irene era, cómo te dijera, lechosa, lúbrica, elástica, fuerte e insegura a la vez; cálida y magnética; fogueada hasta el delirio y tierna principiante. Repentina,   ardiente compañera y enemiga dulce –todo en uno-. Misteriosamente cercana, aunque paralela y con un algo fugaz de mariposa; noctámbula, lo mismo que hogareña; recluida y abierta en sí misma; multiplicada y con una mano siempre sobre el freno; alegremente fértil, y desolada, a ratos, como una montaña lunar. Empeñosa, casi siempre. En fin, muchas otras cosas que he olvidado y que no quiero recordar (porque todavía me gustan y me duelen). En suma, una maestra.

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    Nos fuimos a otra pensión los cuatro juntos, como dos matrimonios. Porque al día siguiente (y por el escándalo de la primera juerga nocturna), la dueña nos puso de patitas en la calle. La matriarca simuló su mejor cara de mujer decente (para mí, contaba con todo un juego de caretas en el closet) y escandalizada, largándonos un sermón de beata vieja. Al final del primer mes, Javier y Elizabeth se abrieron, y antes que eso el agricultor comenzó a ausentarse en sus visitas de fines de semana a su damisela. Quedamos convertidos en un trío cojo –como lo fueron sin mí en un comienzo-, pero ahora la que mordía la almohada y tenía que darse baños fríos de asiento   era nuestra compañera de ruta. Dos camas más allá de la nuestra, soportaba en la viudez de su cuja, estoicamente, nuestros quejidos nocturnos. La solitaria cama del medio era como el territorio neutral que medra, apenas con el viento y el yerbajo, en la frontera de dos países antagónicos que se espían entre sí y  se recelan secretamente.

    No voy a negar que, más de alguna vez, me sedujo la idea de invitarla a que se pasara a nuestro lecho. Y pienso todavía que ella habría aceptado (y creo que también Irene) encantada, más muerta de la risa y de las ganas, que de vergüenza. Pero la idea se me fue quedando amortajada en los labios, y nunca me atreví. Elizabeth tenía, también ella, un cuerpo excepcional de morenaza fogueada en todos los combates, y de guacha hambrienta y sin remilgos sexuales.

    Al mes subsiguiente, y cuando nuestra compañera se hubo marchado, Irene se me perdió una noche. No recuerdo muy bien los detalles. Sólo que amanecí solo, y ella no estaba. Y sentí toda esa pena de las dos camas vacías y del cuarto que se había agigantado de pronto y vuelto más sombrío. Y salí a buscarla, no con los ojos abiertos y la rabia contenida, sino con el corazón roto y el impulso ciego de todo engañado. Fui de calle en calle, de pensión en pensión, y por una tincada del azar la hallé en un motel lejano. Menos mal que estaba sola. La traje de vuelta a puras cachetadas, mientras ella rehacía el camino llorando a mares. Y me lo contó todo. Tenía un amante secreto y el señor era bancario. Eso fue lo que más me dolió: como un anticipo del destino, de lo que iba a terminar siendo para mí ¡Que su amante fuera –entre todas las putas profesiones de este mundo- bancario! Si me hubiera dicho, qué se yo, que era seminarista, o incluso un obispo (¡Dios me perdone la herejía!), no me habría asombrado tanto. Creo que por los golpes acabó por enamorarse de mí. Y si la perdoné (a todo esto, era yo quien pagaba la pensión de ambos; con dinero que, se suponía,  era para los gastos de estudios), fue porque empecé a sentir también algo especial por ella, más allá de la simple calentura. Y seguimos juntos, hasta el tercer mes, si no del todo felices.

    Irene fue a buscarme a la universidad, de sorpresa, y en una de las pocas ocasiones en que me asomé por las aulas cuando ya estábamos emparejados. Y a mis compañeros se les cayó la cara al suelo de envidia y de comentarios malévolos, incluso también a algunos profesores: alta, despampanante, recién bañadita, con el pelo negro ondulado hasta rozar los hombros, y una falda que no le había visto antes, ceñidísima, con un corte lateral hasta medio muslo, el carmín de sus labios sensuales y el lunar erótico sobre el labio superior (que yo me había comido cuántas veces a besos). Quedaron todos boquituertos de la impresión. Después me enteré de los comentarios. Que de dónde había salido Rojas con esa putita, que con razón se había perdido tantas semanas de clases.

    Pero, desde Santiago, una mala tarde, Rosa se dejó caer por nuestra residencial.

    Ella quiso seguirme hasta Concepción, pero su padre, viejo cazurro, la contuvo al vuelo. No, no, no, mi querida hija. Usted se me va, si insiste en estar más cerca de Julián, a Santiago, a casa de su tío materno en San Pablo. Y se va a dedicar  a estudiar ¿me oyó?. Que el jovencito viaje a verla cuando pueda. El tío trabajaba en el ferrocarril estatal y tenía una enorme moto negra, llena de cromos. La tía se marchaba por   todo   el   día   a vender telas   al  barrio  alto,  y la  casa

quedaba a nuestra entera disposición. En realidad, sólo fui un par de veces. Antes de conocer a Irene, la primera. Y la segunda vez, muy receloso de dejarla sola con Elizabeth (tan hambrienta de sexo). Y me había perdido yo mismo más de treinta días, hasta que ella, con esa intuición femenil –o porque alguien la dateó desde Concepción- apareció ante nuestras narices. Llegó decidida, y con pintura de guerra, a hacerme “el” escándalo.

    Y era Rosa nuevamente, al pie de la escalera, a contraluz, con el bullicio y la imagen borroneada de vehículos y de peatones en el fondo, como una pesadilla en technicolor. Como el episodio de una película mal editada, en donde uno de los protagonistas muere primero y nace después, en el capítulo siguiente. Yo, parado, tieso por el asombro, en el rellano, e Irene en lo alto, en el último peldaño. Sólo faltaba que una soprano cantara a pecho partido un aria, para que el ambiente fuera operístico, melodramático. Me reprochaba la infidelidad con palabras incontenidas, a garabato limpio; me maldecía, y a ratos volvía a enrostrarme su amor ingenuo, confiado, llenándome de improperios. Curiosamente, en un principio no se refirió en absoluto a la otra mujer. Al contrario, parecía castigarla ignorándola, como aplastándola más con el derecho que sabía tener sobre mí, nuestra historia, su “sacrificio” de seguirme hasta Santiago; y con la indiferencia femenina, que mata más que el odio mismo. Pero sólo fue una ilusión pasajera. En tanto Irene lloraba en absoluto silencio. Mi mirada iba, desconcertada, de una a otra.   Que nos devolviéramos ya mismo a   Antofagasta.  No

me dejaba otra opción, como la de volver yo al redil del estudio casto. A lo mejor, no me creyó capaz de tal sacrificio. Yo que había hecho tantos hasta entonces. Tantas concesiones al enemigo. No, no, no. Me estaban condenando ella y el destino a convertirme en un fracasado más, en un empleaducho de tienda o de Banco. Como terminó ocurriendo. Y en ese momento terrible ya lo sabía. Era como un chiste cruel. Y era, ¡oh ironía!, un castigo también para Irene: acabar sus días gloriosos como coleccionista de empleados bancarios. Y al cerrar mis ojos y al reabrirlos, vuelve a ser Rosa, recortada como una walkiria contra la calle. Repetida, como una escena de Bergman, como detrás de un vidrio oscuro. Y ahora sí que la aplastó. La había reservado como un postre: “¡Y por ésta no ibas a verme! ¡Encamado con una cualquiera! Con una A deshilachada al final, retumbante. Haciendo un gesto como si quisiera subir los largos, infinitos peldaños, para ir a mechonearla; pero, conmigo de por medio, sólo fue eso, un gesto absurdo de mimo. En el silencio de la tarde, que se podía palpar hasta con el rubor más tierno de las mejillas, sentía hipar a Irene, nerviosa, mientras se enjugaba con un pañuelo sus mocos de niña grande.

    La vuelvo a ver hoy a la Irene, gimiendo en lo alto de la escalera como una mujer de nuevo niña, hermosa, digna en su dolor, con sus ojos redondos de muñeca atormentada de un cuento de mal final. Treintaicinco años después, casi exactos, porque el destino es así de riguroso, de reglamentario,   cuando  estuve  nuevamente  en Concepción, como un perro de San Bernardo (más noble, más grueso, más lento de alma que entonces), olfateando las mismas calles, los rincones putos de esa ciudad sin igual en todo Chile; como un Valparaíso de mil colores, pero sin mar, sin barcos a la vista, sin cerros empinados. Como una Antofagasta, pero con mucha más electricidad humana e historias sabrosas. Buscándola, con la vana esperanza de toparme con ella. ¿Estaría viva? ¿Estaría fea? ¿Estaría sola? O sería ya una abuela, con un montón de cachorros abrigando sus recuerdos. La reconocería fácilmente por el lunar de carne en la comisura de sus labios. Estoy seguro de que lloraríamos al abrazarnos, y al pedirte perdón, Irene Moraga. Terminarías por botar esas lágrimas ardientes y tan humanas de una escalera de hace cuatro décadas. ¡Por Dios, cómo envejecen las escaleras! Pero, no tengas miedo. Ninguno de los dos pertenece ya a este mundo. Somos sólo los fantasmas de quienes fuimos. Volví, no por amor, sino con un fondo aletargado de dolor; sin curiosidad morbosa, te lo juro. Hubiese querido, entonces, que esta historia no terminara así -aun no sabiéndole otro final más que el que tuvo-, a lo bestia, en el rellano de una tarde, atrincherados en nosotros mismos. Pero no tuve valor (como el que tengo ahora, cuando amo de nuevo pero soy libre), para haberle dado un final más digno a nuestra historia, abuela. Y eso es lo que más me duele, créeme.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                      14

 

    “Mi madre me da dos violentas cachetadas (de ida y de vuelta), y está sacudiéndome entera, mientras  golpeo mi cabeza contra la pared.

    Desde la punta de sus ramas trepa su cólera oscura, arrugándole los codos de una súbita edad, rigidizando su gesto agrio y contenido en los labios resecos por la pobreza y la viudez, encendiendo los tizones de sus ojos negros y devolviéndose la rabia hacia su pecho exaltado; agitando en lo alto de las copas nocturnas pájaros espantados en pleno sueño, que huyen despeinados, como yo no alcanzo a escapar. Mis hebras chasquean contra la pared, por el impulso de lado a lado de mi cabeza. Hasta que ambas sentimos la llegada imprevista y salvadora de Manuel, que acude de un salto, que la calma con su voz, que la sujeta por los hombros a mamá. Y ella se retira de nuestro lado como una niña sorprendida por sus mayores al robarse un dulce desde la alacena, pero no sin darme todavía una mirada terrible de advertencia. Su rostro, más avejentado que el mascarón de proa de una nave antigua.

    Bastó que me viera conversando con Armando –con quien pololeamos en secreto- en la esquina de nuestra cuadra. Es un amigo de mis hermanos. Fue sospechosamente amable al saludarlo, ignorándome a mí.

    Por un instante, no sabía si era mi madre o tú quien me castigaba.

    Vuela mi grito destemplado, mi dolor diseminándose en dos bisectrices: hacia el pasado inmediato, y en dirección a la llanura implacable de lo que vendrá, sin poder yo contenerlo. Nada le digo a ella. Mi padre debe estar revolcándose en su tumba. Y corro a encerrarme al dormitorio, a llorar a solas. Y lloro no sólo los golpes de mi madre, sino ante todo los de tu carta. “Me casé”, me dices. Contándomelo en breves palabras, sin sentimiento. Y el recuerdo repite, como un autómata, las líneas de tus manos, de tu rostro: tus pequeños ojos mentirosos, tus ojeras solapadas, tus labios finos que ahora besan a la otra. Detrás de mis lágrimas, se astilla el calendario: mayo de 1968. El frío traspasa los vidrios de la ventana. ¡No hay adonde huir! Pareciera que mi madre la ha leído también, y que la noticia en sus ojos aumentara mi propio dolor. Si así fuese…,qué cosas no se imaginaría. Que los dos….Y pensaría de mí lo peor. Cae con espanto la lluvia. Se moja por dentro y por fuera la vieja casona de Manuel Montt, donde tres años atrás estuviste alojado. Y luego volviste el año recién pasado, a despedirte. Me mostraste –en el puente colgante del Damas- una carta desesperada, escrita por un amigo de Rosa. Ella había atentado contra su vida, y estaba hospitalizada, urgiéndote a que regresaras. Quizás te hacía aun con esa mujer con la que tuviste un amorío en Concepción, y por quien abandonaste los estudios. O, peor, partiendo antes al Norte, ya sospechaba  que tú vendrías a verme. ¿Cómo supo la dirección? Claro, yo integraba también Germinal, y por eso la sabría. El destino, zapatero prodigioso, nunca da puntada sin hilo. Yo te amaba, pero no podía permitir que alguien muriera por tu culpa. Hasta conseguiste un trabajo en Osorno, con mi hermano mayor. Pero te dejé partir. Dormíamos los dos en piezas tan cercanas que, sospecho, soñábamos lo mismo. Que esos sueños eran la continuación natural de nuestras almas gemelas. Que ni la noche era capaz de borrar las emociones de cada día.

    ¡Te has casado! ¡Te has casado! Todavía paladeo en mi hiel la tremenda noticia, y que me engranuja entera, que enloquece mis vísceras, que….Y la repite en sordina mi corazón, sin creerla todavía. Y me entra al alma un pánico inmenso –sin escena-, como si alguien hubiera apagado para siempre la difusa luz de los atardeceres, del horizonte. Te he perdido para siempre, bendito amor maldito. Aun se oxida en el patio, bajo la poderosa herrumbre de la luna, el hacha con que picaste leña para tus manos llagadas por el amor y la hospitalidad malagradecidos. Y cantan ahora mismo los queltehues que te asombraban tanto, ¡oh mi Dios! Y rompo a llorar de nuevo.

    No logré dormir en toda la noche. Soñé que trepaba una montaña hecha de finas arenas, negras, ardientes. Ahora, los sueños volverán a llevarme mis noches hacia el Norte. Tenía muy agotadas las piernas, hundiéndome hasta las rodillas en esa masa informe. La subida era eterna, agobiante. Avanzaba dos, tres metros a duras penas, y, conmigo, se desmoronaba el arenal, arrastrándome hacia abajo. En el borde mismo del sueño, mi madre me miraba fijamente, impasible, y,    luego,    al  verme  fracasar una vez más en el

intento de trepar, se echaba a reír con grandes carcajadas hirientes. Así fue, toda la noche. Subiendo, cayendo, volviendo a trepar, toda sucia y desfalleciente de cansancio. No puedo extrañarme ahora, al despertar, que me duela todo el cuerpo y que el vestido de ayer, desgarrado, cochino, amaneciera arrojado sobre el suelo, como una cosa muerta, enloqueciendo mi realidad. Mi madre me contempla desde el vano de la puerta, como si nunca se hubiera retirado de allí, tras la pesadilla, de pie, hierática, adivinando al parecer mi sueño, y vuelve a palabrearme.

    Rato después, una vez que quedé sola, agotada también ella por el sueño de anoche, me levanté sin desayunar. Hice en el patio un montón con todas tus cosas: poemas, cartas, fotografías, rompiéndolos hasta que me dolieran los nudillos. Y le prendí fuego. Y como me quebré una uña, sin pensarlo dos veces la eché también al fuego redentor. Luego, bajo el chorro helado de la regadera, encerrada en el baño de los demás, refregué con jabón y piedra pómez mis mejillas, mis labios, mis manos –todo lo besado por ti-, hasta sangrarlos, arrancando cada caricia tuya de mi piel. Hasta pensé en raparme al cero la cabeza, castigando así la cabellera que tanto te gustaba, la cabellera de Berenice. Y si hubiera tenido a mano un arma de fuego, le hubiera disparado a las estrellas mismas de esa constelación. Como me habías explicado, entonces, el juego doble de esas palabras; adelantándome que, si el día de mañana escribieras una novela de nuestro amor, se llamaría, obviamente, así. Pues, ahora te aseguro de que jamás la leería. Pero tú, amor mío, no valías tamaño escándalo que se armaría en mi casa. Me refiero a mi pelambrera voluntaria.

    Aparte de ti mismo,  no tenía a nadie en este mundo a quien contarle mi pena (lo de Armando sólo fue una ilusión, que tampoco duró por su parte) ¿Lo entiendes? Me hundí en la oscuridad de aquellos días, renegando mi condición de mujer, odiando mis reglas, mis ovulaciones mensuales. Y me dediqué sólo a estudiar, con furor, con una rabia de perra hosca. Y gracias a la ayuda de la becas que obtuve, y del buen Dios que me dio la voluntad necesaria.

    Poco a poco, como se filtran los rayos benéficos del sol entre las ramas más espesas, hasta llegar al fondo mismo de la tierra oscura y prisionera, húmeda de hongos y de gusanos y coleópteros, fui tranquilizándome. Pero, junto con ello, tu imagen volvió a idealizarse en mi espíritu; beneficiándote, sin quererlo. Mi madre, por otra parte, terminó por acostumbrarse a mis ideas descabelladas en casa, a mis silencios, a mi introspección y, sobre todo, a mis locos horarios de universidad. Del dinero que recibía para estudiar, dejaba algunos billetes para el apretado vivir diario de la familia. Mucho de ti me quedó dentro. Como queda mucho del mar en el  viejo cascarón de una nave encallada sobre las arenas. Me vestía esos años como una gitana, sujetando mi larga y ondulada cabellera con un pañolón floreado. Si hasta me eligieron candidata a Reina de la Belleza, representando a la facultad, pero lo rechacé. Mis ánimos no estaban para fiestas. Mamá no le dio esa vez ninguna explicación de la golpiza a Manuel.    El tampoco   le   preguntó   nada.   Y  de ahí en adelante, mi madre tuvo mucho tino en no volverme a regañar.

    Veía a mis hermanos mayores angustiados por la falta de dinero. Y cuando Alejandro consiguió un trabajo, aunque sólo por horas, como vendedor de zapatos, lloramos entre todos de alegría. Mas, poco nos duró. Una mañana aciaga llegó triste y cabizbajo, derrotado por la noticia de su inesperado despido; y, un rato después, en silencio y temblando entero, lo vimos servirse una sopa de lágrimas frías en la mesa pobre de nuestro hogar.

    Menos mal que la desgracia tiene mala memoria y olvida pronto.

    Me recibí con honores en la universidad. En tanto, ¿qué hacías tú en Antofagasta? Habías vuelto de tu luna de miel en Tacna. Había nacido, al año siguiente, tu hijo Renato (hoy Ingeniero Civil en Minas). Y sólo tres semanas antes de empezar a lavar sus mantillas, el hombre había hollado con sus pies, sucios a pólvora y a muerte, la otra Luna; eclipsando mi espejo, sin luna ya posible, y para siempre –según creí yo entonces-. Sé que te gustan los juegos de palabras. Algo aprendí de ti, como lo ves.

    Dejé de escribir poemas. Tal vez, me equivoqué al castigar a la Poesía, en vez de sólo al poeta. Pero su lenguaje metafórico  resultaba ya tan lejano a mi dura realidad, como frívolo. No logré disociarlos a ambos. Para mí eran lo mismo y uno solo. Siempre fui frágil de apariencia pero con enormes callosidades interiores.

    Para   nuestra  práctica,  fuimos  hasta  Castro,  Chiloé,    a

trabajar socialmente con los más pobres de los pobres.

   ¡Cuidate, hija mía! Mi madre en la pisadera del bus, ante las compañeras mirándonos extrañadas, y yo con mi cara llena de vergüenza.

    Recuerdo que en la noche de la gala del término de nuestras tareas, champán y baile incluidos, apareció un señor muy distinguido (de muy bien recortados bigotes, pelo rizado, en un rostro blanquísimo y enmarcado por lentes ópticos) y seguido por una escolta de algunos civiles. Lo cuidaban con esmero, vigilando a su alrededor, como si temiesen que alguien pudiera agredirlo. Fui presentada a él, pues yo era la presidenta de la promoción, la líder del grupo. Era Salvador Allende, entonces en la testera del Senado. Nos felicitó a todas “por la maravillosa labor en beneficio de los más humildes”. De un porte mediano, pero distinguido. Quizás un tanto acicalado con exageración; pero esa fineza, que suele confundirse con la fragilidad vanidosa, la desmentía de inmediato su voz ronca y franca, casi cavernosa, y, sobre todo, su mirada, que era fija y penetrante, como la de todos aquellos idealistas o apasionados a ultranza que saben muy bien hacia donde va su camino. Noté una leve coquetería hacia mi persona. Puede haber sido sólo mi parecer. Debe haberle llamado la atención mi pelo largo y rubio, que caía en ondas, y mis ojos extasiadamente verdes. Bailamos un vals, como algo simbólico –que quería involucrar a todas mis compañeras-, y con todo el mundo haciendo ruedo a nuestro alrededor. Cuando terminamos el baile, apareció un asistente, de la nada, con un enorme ramo de gladiolos envuelto en delicado papel celofán, acompañado de una tarjeta y atado  todo con una cinta roja. Él lo había encargado y no me di cuenta en qué momento. “Las flores más bellas para una bella”, fueron sus palabras, besándome en la mejilla.

    Si necesitaba cualquier cosa, cualquier cosa –insistió-, que no dudara en comunicarme con él. Y se fue, despidiéndose de todos, con el brazo en alto.

    Me las lloré todas cuando, años más tarde, contemplé en la pantalla de un canal, horrorizada, arder medio Palacio de Gobierno, con el compañero presidente dentro; fiel hasta la muerte con sus ideales, cumpliendo el mandato del pueblo que confió en él. Y, después, su cadáver sacado en angarillas y cubierto por una frazada, representando la muerte de esa democracia por la que yo misma había luchado –más desapasionadamente tal vez que él- en Castro. ¡Qué curioso alcance de nombre! Una escena surrealista que jamás podía haberme imaginado, cuando bailábamos un vals acompasado en uno de los salones de la vida, y no de la muerte”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Derechos reservados de autor

Inscripción N° 174117 (2008)

Santiago de Chile.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                    “Algún día tenían que salirle canas a mis palabras,

algún día tenía que ser el abuelo de mí mismo”.

HCV.

 

 

 

 

 

 

“La decisión de regresar a cualquier momento del pasado en tu vida es peligrosa pero irresistible”.

Paul Teroux  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                             

 

 

                                              

                                                             

 

 

 

 

 

 

                                                              

 

                                             

 

                                                 

 

 

 

 

 

 

                                             

                                             

                                              

 

 

                                                                        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CABELLERA DE BERENICE (Capítulo 15 hasta final)

15

 

    En la parte más alta de la Gran Vía, y en la base del camino que sube hasta la Coviefi, hay un balconcito triste, que ya te había contado. Antes, tuvo flores en el repecho, y siempre mira hacia el mar, sesgada su vista por otros balcones un poco más alegres, y por el polvillo que se levanta con el viento de la tarde, o temprano por las mañanas, desde las techumbres con conchillas. (Entiendo que ponen una capa de éstas como aislante del calor). Desde allí se extiende hacia el norte la mancha voraz de la ciudad, que no cesa de crecer, como un hijo. Con las plumas analfabetas del puerto a la distancia y el rancherío de sus poblaciones callampas a los pies de los cerros de la costa. Parecen feos crucigramas ya resueltos por el lápiz baladí de los malos cálculos. No mucho en qué entretener la vista, y con Renato, llorando en su camita. En la resolana del día platea como un ave de marketing, crucificada en un cerro,   el ancla, símbolo de Antofagasta. Yo me siento anclado a la tarde y mis recuerdos se esfuerzan en hacer los 2.300 kilómetros de estupor que nos separan. Te siento, Berenice, como en otro planeta. Tardan días enteros en llegar tus vibraciones. Algún día escribiré un tratado o un ensayo sobre el silencio como arte de comunicación.

    A los dos años y medio de casados ya estaba separado de Rosa. Viviendo de nuevo en casa de mis padres, en Av. Angamos. Me había recontratado en el mismo Banco de 1966, el de la Armada en pleno y recién pagada. Cada domingo, temprano, el único día entero para mí, para mi descanso, regresaba a ese triste balcón, en busca de Renato, dando cumplimiento a mi régimen de visitas. También tenía derecho a llevarlo en mis vacaciones anuales. Nunca pude hacerlo. Lo esperaba, si no se levantaba aun o cuando estaba jugando fútbol con los amiguitos del barrio desde más temprano, y entonces parecía ser también para él – y por lo mismo-  un fastidio el verme e interrumpir el juego. Y cosas así de difíciles, para las que no tengo más palabras, y que no sabría explicártelas mejor, Berenice. Lo dejo a tu imaginación. En cuanto a la situación nuestra, nunca me quedó claro, ni hasta hoy mismo, de por qué continuamos separados por tres años a lo menos, si ya yo era libre como el aire. Nunca hubo una insinuación de tu parte de que nos reencontráramos. Y porque yo también estuve en la universidad, sé que las dos últimas semanas de julio suelen ser las vacaciones de invierno, y que por esas cosas de la paridad de sexos también podrías haber ido tú a verme.  Pero de todo eso hemos hablado los últimos años hasta agotarnos, y no nos ponemos de acuerdo en qué pasó. Apenas quedan fogonazos en mi cabeza. Piezas sueltas de un collage que no alcanza a formar una imagen nítida y total. Sigue penando, por su ausencia, nuestra gran fotografía. Tiempo inmemorable he perdido/ Tiempo del que, ahora, se arrepienten mis manos/ Noches devoradas por lunas ópticas/ Años arrojados al cenicero/ Volé, en círculos, con alas ajenas/ Tuve los amores que otros dejaron/ De allí me viene esta sensación de túnel, / el miedo mediterráneo, / la afasia del vivir juntos, dichosos y solos…Pero, para qué te lo digo, si a ti no te gusta la poesía. Y fui profético toda mi vida, como Nostradamus.

    Respecto del arte, pienso como Miguel Ángel en el acto previo, no de dar forma, sino de liberar a David del bloque granítico y longíneo del mármol donde él lo vislumbró –con su genio- preso. Eso es el Arte. Una liberación. Sólo Dios crea. Los artistas recuperamos las joyas que Dios ha dejado escondidas o veladas para nosotros, en la piedra o en la pulpa de un árbol (que después será papel).

 

                                                       16

 

    La novia lucía nerviosa aunque radiante (nunca hay que confiar plenamente en las luces artificiales. A veces, hasta el sol cegador del desierto nos engaña con sus falsas ilusiones y aparecimientos) en la sencillez casi monástica de su largo traje de cola (¿de raso o de macramé?), con algunos recamados de flores bordados por la prisa, abierto en las espaldas y con un mínimo escote redondo al pecho, donde alcanzaba a brillar un delicado collar de perlas cultivadas  y prestado por su suegra (único acto de genuina caridad cristiana que tuvo hacia su nuera en vida, siendo más bien indiferente con ella el resto del tiempo).

    Berenice del Carmen Azucena Maturana Márquez llevaba sobre el pelo, oscurecido por la noche, un cintillo de graciosas flores naturales. Estaba ligeramente pálida, y radiante otra vez. Más atrás, y a un costado, sentados en la primera banca del templo, su madre Encarnación, sus hermanos y hermanas todas, vestidos con recatada elegancia. Los pajes eran las dos pequeñas sobrinas, que ya habían olvidado el otro terremoto. Recuerdo amargo que se había congelado en el tiempo y que las hacía ver a ellas dos tan niñas como ya no eran.

    Artemio Toribio Zuloaga Crispieri miraba de arriba abajo, y de reojo, con no poco simulado orgullo, a su mujer, mientras el coro de la iglesia se desgañitaba cantando a todo pulmón los últimos acordes de la Marcha Fúnebre..,¡perdón!, de la Marcha Nupcial. El templo rebosaba de flores frescas. Alguien lloró. Tal vez, reprimido por el bullicio, la música, el canto en la Casa de Dios, fue lo único real de esa noche, pero en los ojos equivocados. (¿Y qué si yo hubiera estado en las escalas del templo cuando ustedes entraban?). El sacerdote los conminó a juramentarse un amor indisoluble, ante la mirada atenta y atónita de Dios. Son las palabras previas a los combates de verdad, que se dan después en el día a día. Lo sabemos. Pero igual lo ignoramos. “En el nombre de Dios, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia”. Artemio le endilgó, entre el labio y la mejilla (beso cuneteado le llaman ahora), no uno sino dos, porque estaba nervioso y tartamudeó. Fue el único beso en público que Berenice recuerda haber recibido de él en sus 28 años de matrimonio. Nadie lleva un almanaque de la felicidad. El pedacito de cinta resplandeciente, de lazo filial que se nos convida, objeto preciado de recuerdo, acaba en el tacho de la basura dos o tres días después. Pero, de seguro, no faltará el agudo, perspicaz erotómano analfabeto que recordará en cambio de memoria por cuántos polvos le ganó Messalina –la mujer de Claudio- a la prostituta aquella noche de competencia romana y carnal. Ése mismo, es amnésico, no repara al preguntarse ¿por qué se casa ésta con aquél, si ama a este otro? Hay momentos en la vida, cuando la felicidad es tan esperada, tan de mesa larga y mantel bordado blanco, que termina por hacerse realidad aunque sea a costa de un “pequeño” sacrificio. Pero, en verdad, para casarse no importa el cómo ni el cuándo,      ni mucho menos el cuánto; sino  tan sólo el con quién. Si ella esa noche hubiera abierto las compuertas de su corazón, su alma hubiera huido dando gritos de pavor desde el templo. Él notó algo en el semblante de Berenice. Deben ser sólo los nervios, pensó. Sin verse a sí mismo, en su tono de fotografía vieja, en sepia.

    Por fuera, la iglesia, en su opulencia nocturna, volvía más solitaria la calle, ya desierta de septiembre. Aquella noche fría, y dos veces fría de 1975, era como la estampa en llamas de un ángel devoto. Los árboles se vislumbraban aun más empequeñecidos en los bandejones laterales, ronroneando presentimientos tempraneros de primavera entre sus hojas sucias. Salieron los novios. El novio con su traje de corte impecable. Pálido como un cadáver caminando. Las campanas se echaron al vuelo y se plasmaron sus sonidos con el del revuelo de las palomas que huían asustadas del tejado, donde pernoctaban cada noche, a la vera de Dios. Casi ningún peatón en la calle, sólo un puñado de niños curiosos en los alrededores. Ningún rostro conocido en las gradas del templo. Menos mal, se dijo el destino a sí mismo. Los rapazuelos creyeron que se trataba de un bautizo, porque el padrino, un tanto ebrio quizás, lanzó un montón de monedas hacia el cielo, que los zarrapastrosos se afanaron, peleando entre ellos, por recoger del suelo. La novia llevaba una mancha de una pisada en el ruedo y uno de los pajes se tropezaba a cada rato, por llevar la vista clavada en ella. Cualquier vagabundo que hubiera pasado de casualidad por allí, no enterado antes de la situación, francamente, se hubiera   puesto   a   llorar   de   pena.  El resto, aparte de los

familiares, eran las beatas de siempre, que ninguna crónica social describe y que siempre están para rellenar toda escena; para que la Casa de Dios no parezca tan vacía. Era como una competencia loca de coloretes, melenas postizas, carmines encendidos y rellenos absurdos. Como un aquelarre de brujas trasnochadas.

    Tan pronto salieron los últimos invitados, se apagaron las luces de la iglesia y se cerraron las puertas con estrépito desusado. Media hora después, volvieron a dormir las palomas al tejado, luego de cerciorarse de que no habría más bullicio.

 

    Así fue como sucedió. Y atardeció y amaneció el día segundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                       

                                                                         17

 

    Me gustó la “Chinita”. Algo especial, un poco cómico, un poco elástico avergonzado, un algo espontáneo y dicharachero que se exaltaba en su cinturita mínima, en el quiebre apenitas de sus caderas potenciado por los pliegues de su minifalda. Un rostro mínimo, casi asexuado, como de ángel (aunque puede ser una exageración), montado sobre tacones altos, de aguja, para simular su pequeña estatura. Todo un “llaverito”, como le decíamos nosotros, en el Banco, a las recortaditas de talle. Y no desestimé una mirada golosa a sus pechos, generosos para tanta exigüidad.

    “Nanito”, uno de los juniors, captó mi interés en ella, y, lleno de aspavientos (porque era una prima lejana), se me acercó de inmediato, a embrollarme aun más con la “Chinita”. Padecía una suerte de tartamudeo, que no era tal, sino una dificultad de respirar al hablar, lo que, claro, no le impedía en absoluto ser el más copuchento y avispado de todo el personal de la oficina. ¡Mmmmm, te gusta la “Chinita”!, ¡Mmmmn, no sólo la conozco, inclusive, hmmmm, te puedo hacer gancho! ¡Mmmmm, te conviene! Y justo estaba terminando ella de hacer sus trámites en la caja. Había poco público, a pesar de ser viernes. Y al darse la media vuelta, se cruzaron un instante nuestras miradas. Le sonreí. Y al vernos juntos con “Nanito”, pareció entender todo.

    Esa misma tarde, nos citamos en una sala de exposiciones, el Centro Español. Hablamos largamente de lo humano y lo divino. Terminó invitándome a un paseo familiar a Juan López, que es un balneario que queda en la península, frente a Antofagasta. Siempre resulta curioso, para nuestra geografía nacional, ver aparecer el sol no sobre los cerros costeros o sobre Los Andes, sino sobre las aguas del mar, y esconderse entre los roqueríos, como en este caso. Es una caleta de aguas tranquilas y de arenas amables y tibias, con elegantes bungalows. Juan López fue uno de los primeros habitantes de nuestra, entonces, futura ciudad y la zona, recorrida sólo por changos, el pueblo costero primitivo que vivía esencialmente de la pesca y de la caza con arpón de los lobos marinos y una que otra ballena despistada. Y para ello usaban botes rudimentarios hechos de pellejos inflados de lobos. Practicaban con los aimaras del interior el intercambio de alimentos, y así obtenían trigo, papas y carne de camélidos, para complementar su alimentación. López es considerado como el primer “habitante” de Antofagasta. También trabajó las guaneras de la costa, de deposiciones de aves. El paseo lo organizaba la patrona de Lupe Bobadilla (que así se llamaba la “Chinita,” y, después, La Amarga) y su familia, dueña de una tienda de ropa y clienta de nuestro Banco. Estuvimos disfrutando del sol y del mar sábado y domingo (uno más que perdí de ver a Renato). No pasó nada más digno de contarse. Lupe durmió con las demás mujeres, marcada “al hueso”, y  en desmedro de los largos colmillos del invitado, quien tuvo que soportar los pedos de los varones en una carpa chica y hedionda a trago. Pero eso fue lo de menos. Era nada más que un preámbulo piernijunto. Me quemé hasta las verijas con el solcito engañador del balneario. Y el cómo puedes quedarte todo el día a la sombra. Y el ven a bañarte. El lunes me ardía hasta el alma al agacharme a recoger y destripar las bolsas de monedas. Y cada martillazo del timbre de caja era un verdadero martirio que repercutía en mis tuétanos afiebrados. Pero eso no disminuía mis ganas con la “Chinita”, que parecía decirme en las pesadillas de esa noche, no sabes con la chichita que te estás curando. Me pasé el resto de la jornada laboral mirando de reojo el reloj –que parecía retroceder en vez de avanzar- sobre mi muñeca aureolada de un rojo vivo. Yo que me pasé la niñez bañándome, mañana y tarde en Taltal, sin más protección que unos chorros de Coca-Cola,  ahora estaba convertido en un viejo lleno de juanetes y más blanco que pancutra. Para colmo de los males, cuando salíamos a la carretera, en el viaje de ida, se nos atravesó delante de nuestro vehículo la camioneta de una conocida faenadora de carnes. Descendió el chofer, con mala cara. El señor tenía un romance con Lupe, y no se daba por enterado aun de su término, pidiéndole las debidas explicaciones. Eso era toda una novedad, incluso para mí. Ya partí “quemado” anticipadamente, por lo que fue una tarea más fácil para el sol hacer el resto. Ella vivía en una pieza arrendada de calle Curicó. Y empecé a llegar hasta allí, y a quedarme a dormir. Me ganaron los churrascos que ella me preparaba jugosos, tiernos y con muy buen sabor,   pues   su   padre,   ya   fallecido,   fue carnicero en la población Oriente. En realidad, el chino, dándole de beber a toda una manga de amigotes, se farreó varias propiedades que tenía. Y de saldo, dejó al irse un terreno pequeño que Lupe fue comprando a los otros herederos –madre y  dos hermanos-. Y como estaba a muy mal traer, con una sola pieza sólida en un ángulo, y lo demás era  puro roñerío, se le bautizó como “El rancho de Chuño Alto”. Para ingresar había que pedirle permiso a las pulgas, que ya formaban parte del inventario. Vivieron familiares de Lupe, sucesivamente, allí; y con la velada “amenaza” de tener que pagar en cualquier momento alquiler. Las primas de Lupe, le llamaban a ella la “National Car Registred” o la Caja Registradora, porque tenía dos signos pesos en los ojos. A mis próximas vacaciones –que por alternancia me correspondieron, milagrosamente, en verano (del 73 al 74, fresquito el Golpe Militar en el recuerdo), partimos con ella a Salta, La Linda, en tren. La idea era ver como estaba el “laburo” por esos pagos. Y en una de esas, me quedaba trabajando. Lo que no fue posible. Los propios argentinos se estaban ya muriendo  de hambre. La mamá de Lupe, luego de enviudar del chino, se casó con un chileno que radicaba allá. Lo increíble fue que Lupe nunca me exigió formalizar nuestra relación, por el contrario. Y fui yo el de la idea de casarnos. El gerente del Banco me hinchaba las pelotas con que o me reconciliaba con Rosa o me volvía a enyugar. El Banco, me decía, observa con malos ojos a los cajeros solteros, calaveras, noctámbulos, buenos para la farra y la timba.   Y   aunque   yo   no   tenía   nada  de  eso,   igual me clasificaba en esa lista peligrosa. Se las daba de argentino, el Che, como le llamábamos. Nos contaba con orgullo que su padre le había lustrado los zapatos a Gardel. Y era, cómo no, fanático jugador de babifútbol. Se pasaba horas y horas escudriñando nuestro trabajo detrás de las cajas y tomando notas en detalle de cuánto demorábamos en recibir un depósito o en atender el pago de un cheque, en vez de salir a la calle a captar nuevos clientes. Que era para lo que le pagaban. Así fue, también, por qué terminó relegado en una  oficina secundaria de Santiago, sólo para que cumpliera con los dos o tres años que le faltaban para jubilar. Es decir, cuando los bancos se renovaron, modernizándose, y tuvieron una estrategia comercial más agresiva, no lo echaron de pura lástima. Yo fui uno de los pocos que lo fue a visitar, y me lo agradeció mucho.

    Bueno, fue que, al calor de unos mostos norteños, con malambos y chacareras incluidos, que estuvimos Lupe y yo frente al oficial del Registro Civil. Nos dieron una libreta color café-caca. Y para pasar la curadera que aun me duraba de la regada noche anterior, invité a mi flamante señora al jardín-zoológico de Salta. Nos tomamos varias fotos (de las cuales no conservo ninguna). A la entrada del bestiario, le dije al portero, que tenía qué cara de dormilón, como para despabilarlo un poco: “Vengo con ella”. Para no tener problemas a la salida. Gente muy querendona la de allá. Especialmente con los chilenitos. Lupe ni se sonrió. El guardia tampoco entendió el chiste irónico.

    Eran lindos paisajes desde el tren,   perdido   en   las altas serranías, sobre unos viaductos que llegaban a producir pavor, suspendidos como estaban en el aire. Y apenas podía yo respirar por el soroche o mal de altura. El convoy se esforzaba al máximo en su cremallera de rieles, jadeando por trepar la gran cordillera, dejando atrás desperdigados villorrios, aldeas, y el paño vegetal -de un verde casi irlandés- del valle de Salta, enorme, aun a la distancia. El tren iba cargado de matuteros; gente que vivía transportando mercadería de un lado a otro de la frontera, según conviniera en el cambio favorable de la moneda.

    A nuestro regreso a Antofagasta, ratificamos el enlace justo en la fecha de aniversario de Germinal, el 16 de mayo.

 

    Así fue como sucedió. Y atardeció y amaneció el día tercero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                               

                                                              18

 

      Dos días después de dar luz a Beatriz -pelotoncito de carne que dormitaba inocente en su cunita, en la clínica, moviendo los labios rojísimos, como un conejo, en el acto de succionar la leche- y mientras se arreglaba los cabellos, rastrillándolos con sus largos dedos y sentada en camisón sobre el borde de la cama, agotadísima aun por el parto, pero radiantemente feliz, Berenice del Carmen recibió la visita de su suegra doña Eulalia, acompañada de Artemio.  Ella llegaba a conocer a su nieta, y estaba expectante. El padre de la pequeña, muy por el contrario, no se veía para nada satisfecho pues había sido siempre de la idea de tener un solo hijo. Se saludaron de besos ambas mujeres, mientras Artemio se mantuvo, todo el  rato que duró la visita, distante y sin hablar palabra. Ya había tomado cuenta del difícil y decidido carácter de su mujer, y más que tratar de consensuar con ella, agradándola en lo que se pudiera, simplemente optó por evitar las discusiones, permitiendo que llevara las riendas de todo lo concerniente al hogar y a los hijos. Eulalia era una dama alta y distinguida de porte, de cabellos grisáceos que le ennoblecían el óvalo del rostro, disminuyendo la severidad de sus cejas más bien remarcadas. Tenía una mirada orgullosa –que no se debía sólo a esa ocasión- y que hacía perfecto juego con la suntuosidad de su vestido y con el leve tintineo de joyas de gran valor que, habitualmente, cargaba.  Apenas  se  inclinó  sobre el moisés, para ver más de cerca detalles de la bebé, comentando –era que no- el parecido físico con su hijo. ¡Es una Zuloaga! dijo. Y, después, enmudeció en la nebulosa de sus propios pensamientos, uniéndose a la silenciosa presencia del hombre, que daba vueltas y vueltas por la habitación, nervioso, como buscando y sin lograr encontrar la puerta de salida. La bebita se despertó bruscamente al contacto del hielo del collar de la abuela, que le rozó la cara como un impertinente insecto: entreabrió sus pequeños ojos como mirando a quienes la rodeaban, pero sin verlos; haciendo una mueca de desagrado, de incomodidad, que no alcanzó a llegar a llanto, y continuó durmiendo como si nada. Sólo como si hubiese sido un presagio o un mal sueño. ¿Qué soñarán los bebés recién nacidos? En el ambiente flotaban suaves olores a colonia y a talco, y una escasa luz se filtraba por los cristales del ventanal, donde Artemio tenía pegados sus bigotes, mirando hacia la calle, concentrado sobre un punto indefinible.

     En ese preciso instante, Berenice se dobló sobre el borde de la cama bajo un súbito ramalazo de dolor, como si una espada le hubiera atravesado el pecho bajo el camisón, donde una doble mancha aureolaba sus senos cargados de leche. Cayó de espaldas, sin poder contenerse, y no podía respirar. Le ardían pavorosamente los pulmones en cada esfuerzo por la ansiada bocanada de aire, como si miles de navajas le cortaran la carne por dentro. Todo fue tan rápido. Más rápido aun que el pavor que inundó el rostro de doña Eulalia y los torpes   movimientos   sin   sentido de Artemio, que sólo atinó, y después de largos, agónicos segundos, llamar a gritos a un doctor, a una enfermera, a quien pudiera escucharlo. Berenice intentaba extenderse sobre la cama, para estar más cómoda, pero sus piernas no le obedecían. Sentía estallar sus pulmones. Y estaba poniéndose cianótica, azulosa. El médico tardó en llegar lo que para ellos tres fue como una eternidad, pues el tiempo parecía desgranarse mientras avanzaba en cámara lenta, menos para el acuciante dolor de la enferma. Era como si hubiera dos relojes distintos y paralelos controlándolo todo. La bebita en cambio, dormía en absoluta inocencia de los hechos, abrigada bajo las sábanas y mantas con delicadas estampas de angelitos. Recién, como  una hora después, y tras la intensa lucha de los médicos por estabilizar a la madre, alguien se acordó de ella, y fue a vigilarla, puesto que todos habían emigrado rápidamente de allí.

     En un principio, el pronóstico fue catastrófico, fulminante: un infarto pulmonar severo. La paciente no respondía a las medicinas, a las inyecciones, y apenas lograba aliviarse su situación con el respirador artificial. Le pusieron sondas para drenarle el líquido acumulado en los pulmones y la entubaron para administrarle suero. Los signos vitales eran muy débiles en el monitor. El médico-jefe le dio algunas explicaciones en sordina a Artemio. Y éste movía la cabeza de lado a lado, desolado, como negándose a escuchar las palabras del especialista. Sólo quedaba rezar a Dios por la enferma. La medicina había hecho todo lo posible, y los resultados  estaban  siendo  muy  inciertos.    Se temió por lo peor. Artemio pasó horas enteras en el pasillo, angustiado, frente al pabellón de urgencias. Doña Eulalia optó por volver a  casa. Fue lo mejor: con su presencia ausente sólo lograba inquietar más a su hijo. Era como si le leyera el pensamiento a la madre. Ella, secretamente, nunca estuvo de acuerdo con el matrimonio de Artemio y Berenice, aunque bastante menos por la boda  que por la novia misma. Aun así, conservó el tino suficiente para dar aviso a los familiares de la mujer, apenas le fue posible hacerlo. Encarnación, al enterarse, se arrojó a los pies de la Virgen, llorando desconsolada, y ofreciéndole su propia vida a cambio de la de su hija. ¡Llévame a mí, pero sálvala a ella, por el amor hacia tu propio Hijo!, le suplicaba, arrastrándose por el piso. Dios, al parecer, estaba más inclinado a obrar un milagro que a aceptar tan generoso trueque, que, sin dudarlo, es el acto más sublime del ser humano, y  el que más nos acerca al sacrificio mismo de Cristo en la cruz, por toda la Humanidad. Es la caridad por excelencia que más nos asemeja a Dios, que debe conmoverlo hasta la última de sus fibras. El desprendimiento total y absoluto. Quien da la vida por otro, se tiene más que ganado el Cielo.

     Y con el correr de los días, en esta larga y expectante espera –que era como un silencio sólido y como un túnel de sombras también-, una mañana, de pronto, cuando la medicina ya no sabía, ya no tenía nada más qué hacer, y Berenice dependía sólo de los ruegos a Dios –así como del oxígeno de su respirador artificial y del suero-, abrió los ojos, por sólo unos instantes, y después de un largo, largo sueño sin orillas y, poco a poco, fue retornando definitivamente desde la oscuridad de la muerte. La enferma abría los ojos y luego volvía a caer en un sopor profundo. A Artemio le habían solicitado dejar un número telefónico de contacto por si pasaba lo peor. Y él mismo vivía entre la clínica y la oficina de trabajo, con unos horarios de galeote, y muerto de cansancio y de falta de sueño. Berenice, en los ratos en que lograba alzar los pesados párpados, vislumbraba apenas rasgos de la habitación esmaltada de blanco y de toda la parafernalia de tubos y aparatos que la mantenían atada por un hilo frágil a este mundo. Estaba cadavérica y lucía demacrada y más delgada que nunca. Uno de sus hermanos trajo un batallón de gentes, entre amistades y conscriptos de un regimiento (y a quienes debió pagarles y muy bien) para que donaran la preciada sangre que la paciente requería.

     Berenice aun no sabe –muchos años después, al recordar este episodio de su vida- si fue un sueño o una dulce premonición lo que sucedió. Ella despertó una noche, en uno de esos fugaces instantes de lucidez, y vio o presintió ver hincado al borde de su cama, rezando con las manos cruzadas sobre el cobertor, a su Carlitos, de escasos once años entonces, llorando a mares por la mamá mientras le suplicaba a Dios que se la devolviera sanita. Fue como un destello, como un hermoso sueño-realidad, a colores, que le ganó al fondo cenagoso de sus pesadillas de muerta, bañadas por las aguas del Leteo. Y luego las sombras volvieron a arrojarla de espaldas a la inmensidad.

 

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    Poco a poco, el dolor al respirar, y siempre con ayuda de la máquina que le bombeaba el oxígeno, fue aflojando. Nadie sabe si fueron los remedios, si el suero, si las transfusiones, si la terca voluntad de aferrarse a la vida o las cadenas de oraciones. En fin, si fue la medicina, la naturaleza o Dios quien la salvó. Cuando la dieron de alta y se abrieron las puertas de la clínica –dos meses más tarde-, ella salió en silla de ruedas, con un hermoso ramo de gladiolos sobre el pecho y con todo el personal (doctores, enfermeras, auxiliares, conductores) haciendo una doble calle, en medio de los aplausos y de buenos deseos de despedida. Lloró Berenice. Se emocionaron igualmente sus familiares presentes. Lloró la vida misma (así, con una ele demás). Demacrada por el doble esfuerzo del parto y de la batalla contra las tinieblas, la enferma le agradeció a cada uno de ellos, desde su silla de ruedas, por la feroz lucha que habían dado por su recuperación.

    Contablemente hablando, el saldo también había sido terrible. De varios ceros a la derecha de un cierto número entero. Cada inyección costó una pequeña fortuna. Berenice, en consecuencia, tuvo que trabajar gratis los dos años siguientes a su hospitalización, porque todo su sueldo de profesora iba a parar a la clínica, donde, aparte de sus propios gastos, agregaron los de Beatriz, que, sanita como estaba, continuó todo ese tiempo en otra habitación, al lado de   la   de   la   madre. Nadie supo hacerse cargo de ella.

    Estuvieron a punto de vender el terreno donde habían comenzado ya a levantar la casa definitiva, en donde viven hasta hoy. Sólo los salvó del descalabro total el préstamo generoso y desinteresado de una amiga de Berenice.

 

 

    Así fue como sucedió. Y atardeció y amaneció el día cuarto.

 

                                                          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                              

 

 

 

 

 

 

 

 

                                             

                                               19

 

 

    Nos amábamos una tarde en el living de tu casa. Una de las paredes no existía, y la casa se extendía hacia el bosque enorme, profundo, sombrío, con algunos claros donde los rayos del sol caían en ráfagas astilladas, en medio de una reverberación de hojas doradas y de ramajes ardiendo de calor. Tú, a horcajadas sobre mis caderas, con tus pechos bamboleándose rítmicamente, jadeabas de placer mientras te mordías el labio inferior. La leche te manchaba el torso de blancura, fluyendo luego hacia tus muslos; se apozaba sobre la alfombra y desde allí seguía deslizándose por el piso, escurriéndose entre los primeros troncos sobre la hierba; y rodaba, rodaba hasta llegar a alimentar, en un pobre hilillo -pero continuo de leche-, en un claro, a los pies de un enorme roble, un manantial dulce. Se acercaban a beber al manantial diversos animales: cervatillos de ojos tímidos, ardillas nerviosas de aleonado pelaje…, grandes rumiantes astados.

    En ese mismo instante, tu marido salió desde el estudio, sin vernos. Su placer de música se lo impedía. La casa entera tronaba de bemoles, y, si sus alas hubiesen sido más grandes, más etéreas, se hubiera echado a volar. Cuando nos miró, sin vernos, tu cuerpo le pareció una garza equilibrada sobre un espejo de agua. Y mi propio cuerpo, un tronco a la deriva. Abrió los ojos, complacido por tanta belleza, y suspiró levantando los brazos más altos que los hombros y estirándolos   a   todo   dar.   Caminó,  entonces,    delante de nosotros, indiferente a nuestra desnudez, haciendo crujir la hierba más allá de la alfombra. Nosotros cambiamos de posición, montándote yo a ti ahora, inclinada tú entre mis rodillas. Artemio vislumbró, con un dejo de asco y de vergüenza, cómo un potro cubría a una yegua, y desvió la mirada, volviendo a entrar al living, al estudio donde había abandonado a Vivaldi.

    Mientras aferraba tus caderas, empujándolas contra mi vientre al asirte por detrás, con los ojos entrecerrados por el placer, yo estudiaba tus reacciones. Tu primer impulso fue el de detenerme, saltar fuera de mí, cubrir tu desnudez. Pero llegaste a la misma conclusión mía: los sueños no son permeables entre sí, aunque el universo –como un todo- marcha hacia la entropía y la desintegración. El paisaje se irá con el sol. Los árboles se convertirán en ceniza y en humo; y las rocas, en arenas, en moléculas, en átomos, en nada. Los sueños ya lo saben; y no ignoran esa carrera contra el tiempo. Pero tiempo es lo que más le sobra al universo. ¿Para qué apurar entonces el exterminio?

    Esa tarde, Artemio seguramente miraba el paisaje con los ojos de un mago y no podía ver en la garza, ni en el potro y la yegua, algún signo de lo finito. Toda una multitud no lo habría logrado tampoco.

    Nosotros dos poblábamos otro espacio, otro tiempo. Éramos el resultado de una paradoja disparada desde el gozne inicial de lo que debió haber sido y no fue. El paisaje, los hechos y los seres involucrados en esta segunda realidad, apenas nos resultan tangenciales    a nosotros mismos, como latiendo detrás de un vidrio oscuro, en una dimensión X. Y en tus lóbulos cerebrales, en cierta forma y al mismo tiempo, eres mi mujer y la esposa de Artemio Zuloaga. La madre de mis hijos que tuviste con él. Bilocalizados, ubicuos como Dios. Y como tenemos doble vida, tendremos, ergo,  dos muertes también. Si mueres para mí primero, seguirás viviendo tu grisácea existencia de hoy con él. Cosa que no te deseo. Perdóname. Pero tu muerte fragmentaría inmediatamente esta lengua angosta de vivencias mías junto

a ti, y despertaría yo en Antofagasta, no de nuevo en brazos de Lupe (a quien abandoné el año 2002), sino, eso creo, ante Osvaldo Ventura –en una sala del viejo Liceo de Hombres de Antofagasta-, mostrándome de nuevo tus cartas. Apenado él porque has muerto y no alcanzó a contestarte la última. No puedes morirte, sería atroz.

    Vuelvo a penetrarte en el salón de tu casa, en el bosque de tu casa. El viento silba entre las hojas. Los arpegios de Vivaldi se cuelan por las hendijas de la puerta vecina. Pero ya no se trata de sexo loco ni de ansiedad. Es una forma de permanencia, de pertenencia, de comunión. De reconocernos fauno y ninfa, lejos de la voluntad de los hombres. Del orgasmo sólo como un sello de fábrica, apagado por un redoble de Vivaldi en las percusiones, en los trémolos. Mordemos el orgasmo como algo físico, sólido, como una hostia consagrada, entregada a ambos en custodia. La traspasas desde tu boca a mi lengua, y te la devuelvo mientras tú ríes. Ríes todas las alegrías contenidas y atormentadas. Hundo mis uñas en tus nalgas. Y el río de leche, que no ha cesado de escurrir hacia el claro, al pie del roble enorme, vaciándose en el manantial, se tiñe ahora de rojo con tan sólo algunas gotitas de tu sangre. Y te quejas, mi manzana de oro. Es el límite. No puedo ir más adentro de ti. Aunque me ayuda en creciente, Vivaldi. Tus ojos verdes se desmayan hacia atrás. Y así, penetrada, encaderada a mi cintura, te llevo en vilo hasta el manantial mismo, bajo el roble; y nos arrojamos al agua, mientras los animales dan coces sobre la hierba, aprobándolo.

    La otra parte de ti continúa en la casa. Saluda la llegada de los hijos. Lava la loza. Al rato, dispone la vajilla y el servicio para las onces. Sube, se da una ducha rápida antes de acostarse, en ayunas, sola, a releer la última carta que te envié desde Santiago.

    Artemio, en tanto, apaga el tocacintas. Sube a su vez las escalas, y al pasar en la oscuridad frente a tu dormitorio todavía lleva en sus ojos la extrañeza de lo que vio en el living. El sofá lo sintió vivo, procaz, desnudo. Sus almohadones le parecieron unos senos impuros. Y decide, en ese mismo momento, venderlo al día siguiente y comprar otro.  Tú ya estás durmiendo cuando él pasa hacia su propio dormitorio. Soñando el mismo sueño que yo: hacemos el amor en el living de tu casa. Una de las paredes convertida en bosque. Y tu marido, una habitación más allá de nuestro sexo, escuchando a Vivaldi.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

                                              20

 

    Una tarde de octubre de 2001, rompía papeles entusiasmadamente, poniendo un poco de orden en mi estudio del tercer piso de la casa de Av. Angamos, en Antofagasta. El estudio era una enorme pieza de madera de treinta metros cuadrados que construí con mis propias manos sobre la segunda losa de concreto, en la ampliación de la casa, vendiendo el único automóvil que he poseído en mi vida, un Charade azul eléctrico, cuando éste ya me salía muy caro mantenerlo, y que fue parte intrínseca de mi existencia. Algo así como un hermanito menor mecánico, cómplice mudo de muchas aventuras, y que darían para otra novela. Cuando de pronto, entre la inutilidad de tantos papeles, entre legajos y legajos de poemas insulsos, de cuentos mal terminados y de recuerdos varios inconfesables, apareció, casi milagrosamente, una antigua carta de Berenice. Era el mensaje del demonio. Debí entonces haberlo sospechado, pero no. Somos débiles criaturas, prestándonos a su juego de altos malabares. Y aunque Einstein lo negó, yo sí creo que Dios juega a los dados. Y juega con el Maligno, nada menos.

     Cuando la recibí, debe haber tenido un olor a lavanda. Pues a ella le encantaba hacer lo mismo que en los tiempos decimonónicos de nuestros abuelos: bañar las misivas en algún perfume o esencia. Ahora, tres décadas después, sólo olía a tiempo y a naftalina; y conservaba una alevosa mancha a humedad, seguramente producto del aluvión de hace diez años, que mató a más de cien personas y fracturó la ciudad en varias partes. Eso ocurrió unos años antes de otra calamidad. Un terrible terremoto de 7.8 grados, que dejó otros tres muertos  y  echó  abajo  varios balcones  de la Gran Vía (el balconcito triste aquel, se salvó) y derrumbó las plumas analfabetas del puerto. Entonces, quedamos a la espera del tsunami que, hasta ahora, menos mal no se ha producido. Porque las desgracias de la ciudad, así como todas las del Norte Grande (como ocurrió con la desaparición de las oficinas salitreras), están todas ya programadas por el destino, y siguiendo un estricto protocolo. La carta era una sencilla, humilde hoja arrancada a un cuaderno de matemática y que conservaba todavía los dientes partidos, aserruchados en uno de sus bordes, cuando fue arrancada con premura y ansiedad. Su contenido era breve y amoroso, más que informativo. Y estaba escrito con una delicada letra en tinta verde. Y esta mínima carta no sólo sobrevivió al diluvio, sino también a Rosa y a Renato, y, luego, a Lupe y a mis otros dos hijos. Los niños se afanaban cuando más pequeños en rayarme los libros, especialmente los de poesía, y en donde los versos eran, precisamente, más profundos y hermosos, haciendo sus monitos -que eran unos verdaderos galimatías-, y sus pobres palotes de gallina ciega. La carta era todo un misterio. Me contaba en ella que estaba haciendo la práctica profesional, y sus líneas se interrumpían tras al comienzo con una letra extraña, ajena. La de una amiga, Ulda, que aprovechaba de saludarme mientras Berenice dictaba una charla sobre la tuberculosis. Al tomar en mis manos el papel, temblando él como una mariposa viva, pensé en dos cosas. Primero, en un oolito. Aquellas extrañas rocas de caliza del jurásico que, cuando el investigador las partía, por lo general, salía volando desde su interior un ave prehistórica, que se deshacía a los segundos, quemada por el oxígeno y reducida a cenizas. Y, en segundo lugar, y por casi idéntica razón, en el mínimo cuento de Augusto Monterroso, de sólo siete palabras: “Y cuando despertó, el dinosaurio continuaba allí”. Bueno, pasada la emoción inicial, y ya vuelto del todo en mí, corrí a sacarle una fotocopia al supermercado Korlaet –a cuarenta metros de la casa-, la anexé a una carta mía, que ya tenía lista y que era más generosa de páginas, y se la despaché por el medio más rápido. Pero la fotocopia iba encima de las otras hojas. Como un heraldo. Yo quería darle la sorpresa de sus propios y antiguos sentimientos hacia mí. Nunca pensé que provocaría un verdadero terremoto en ella. Debo haber tenido en esos momentos del hallazgo, las mismas emociones del explorador Livingstone cuando hizo su célebre descubrimiento en el corazón del África. Terminaba su misiva breve enviándome besos para mí y para Renato. Me alcanzaba a hablar de pequeñas complicaciones de salud, y que, por lo mismo, había reducido sólo a dos los cigarrillos diarios. Yo, en cambio, fumaba como carretonero de feria. En mi carta, le recordaba la postal que le envié desde Venecia (1997), en mi segundo viaje a Europa. Mamá había fallecido cinco años antes, en Suecia. Y yo estuve la misma semana de su partida con ella, acompañándola en Gotenburgo.

    Me pregunto ¿Es el amor una suerte de monstruo que alimenta nuestro ego, nuestro natural instinto de supervivencia personal y el de la conservación de la especie humana, y que se aprovecha de nosotros, sus víctimas? O, por el contrario ¿nosotros somos los monstruos de él, ángel puro encadenado al arbitrio humano? Preguntas sin respuesta, pero que en Venecia estuve más cerca que nunca por resolver. Entonces yo era agnóstico y estaba alejado de Dios. Sobre el Puente de los Suspiros, por donde pasaban los condenados a muerte, camino del cadalso o de la prisión de por vida. Veía con horror toda esa masa de turistas anodinos, hambrientos de sucesos pequeños, de torpes instantáneas de tiempo y paisaje: japoneses, alemanes, franceses, italianos; lo fotografiaban todo, quedando ellos mismos fuera de cámara y de razón, sin el menor espanto ante la historia verdadera. Sin atreverse a contemplar los invisibles dolores, la sangre invisible que corría   por los pasillos,    que todavía corre por los pasillos y baña, salpicándolos, los muros de los edificios. La vida nos urge a callar en la caricia y en el beso cómplices, mintiéndonos unos a otros, y, sobre todo, a nosotros mismos; disculpándonos en una cadena infinita de amor, donde cada uno se sabe eslabón de ella, y que nadie quiere o se atreve a romper. ¿Habrá una evolución en los sentimientos a lo largo del tiempo? ¿O todos los enamorados somos un clon de Romeo y Julieta, y estamos a las órdenes de un orden que ni siquiera sospechamos?

    Yo guardaba mis cartas con un celo de senescal. Y Lupe sólo sabía de Berenice que era una amiga más, una poeta que vivía en Osorno y que me escribía, de cuando en cuando, desde el otro lado del mundo. Y eso no era un detalle sencillo. La volvía a ella misma en alguien remoto. Inalcanzable. Como no nos preocupan mucho a los sudamericanos las ojivas nucleares, sólo porque no están a nuestro lado ni contamos en su trayectoria. Las tarjetas postales que nos enviábamos –cuando dejaron, por costumbre moderna, de meterse en un sobre-, eran completamente light, inocentes, por si caían en otras manos. Y jamás tuvimos que ponernos de acuerdo. Actuábamos naturalmente así.

    Le preguntaba yo a Berenice en esa  última carta por su primera muñeca. Y ella, por toda respuesta, se echaba a llorar. Yo le insistía. Era importante para mí saberlo. ¿Dónde está tu muñeca pepona? La volvía a remecer con mi pregunta. Los pechos de Berenice eran como ciruelas mínimas bajo el sostén desusado y grande de su madre. Su boca la tenía pintada con mermelada de guindas. Y al cuello, le colgaba un collar tan largo, tan adulto que, a pesar de sus incontables vueltas, caía sobre sus caderas planas. Vestía una camisola materna que le sobraba por todas partes. Y un sombrero que le cubría casi toda la cabeza y que casi le impedía ver. Y cuando lograba levantar un poco el ala del sombrero, abriendo sus grandes ojos verdes, dejando escapar sus trenzas de trigo, respirando, en fin, con alivio, el sol se marchaba violentamente y comenzaba a llover del lado del papel que ella leía, manteniéndose seco del lado de la carta que yo le estaba escribiendo. El agua era densa, oscura, casi plástica. Parecía una lluvia de utilería, de una comedia antigua de baile bajo la lluvia. Algo maligno. En castigo al atrevimiento de una pregunta de adulto a una niña sobre su muñeca pepona. Pero, cuando la carta terminaba por llegar, con todas las páginas enteras a sus manos, bajo los ojos de su cara asombrada, mágicamente ella había crecido de nuevo y el sol se amansaba en el cielo, recuperando el amarillo y la redondez habitual.   En   cambio   yo,   una vez depositada la carta en el buzón, y vuelto a casa, a mi escritorio, decrecía en tamaño, volviendo a ser el niño de antes, el que soñó, desde sus raíces, la tierna misiva. Cosas así de extrañas nos sucedían a Berenice y a mí, aunque el mundo no lo crea. Dignas de un cuento de Andersen.

 

 

                                             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                             

 

 

 

                                             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                 21

 

     Salgo a pedirle al fiado dos paquetes de cigarrillos y un cepillo dental a mi amigo don Marcelo Naoum, quien es dueño de un supermercado de barrio (El Hogar) en calle Lynch con Lastarria. Su negocio es mi segundo hogar. Recalo ahí casi todos los días, enfrascándonos con él y los otros parroquianos habituales en francas y carismáticas charlas, con las que me pongo al día en las novedades de la city. Es mi cable de contacto con el mundo real. Naoum es un buen amigo, un excelente hombre y un mejor cristiano. De aquellos que ayudan en el altar de la parroquia de la Virgen del Carmen, de calle Matta, y en las actividades sociales de la Iglesia. ¡Cómo ríe a carcajadas de mis recuerdos, decires y ocurrencias! Le cuento casi todas mis aventuras y desventuras que no son, modestamente hablando, pocas. Y, al rato, vuelvo a acordarme de Berenice -que vive cuatro cuadras y media hacia el río-, y que hace en el mismo negocio de don Marcelo sus compras. Hace cinco días que no nos veíamos, de cuando estuve en su casa el viernes último, y terminamos –como ocurre a veces- enfrascados en una áspera discusión de nuestros asuntos del pasado, y que ya no tienen vuelta atrás, a excepción del porvenir que le queremos dar. He descubierto, con sorpresa, que mi amorcito es un poquitín rencorosa. No olvida fácilmente. Insistiendo en la tesis de culparme no sólo de lo que ocurrió, sino también de lo que dejó de suceder.  ¿Habremos hablado de lo mismo setenta veces setenta? ¿Es justo desgastarnos así, quemando el relativamente poco tiempo que pueda quedarnos? ¡Ah, nosotros, justamente, que no sabemos si hay un mañana! Converso con sus hijos en casa las veces que voy a verla, muy amigablemente, y son bellas criaturas. Se ganaron con sólo ser como son, el derecho a existir. Y los quiero no sólo porque son hijos de quien son, sino porque me hubiese gustado ser su verdadero padre. De sólo pensar que el destino le hubiera negado su existencia, forzado por mi voluntad de hace cuatro décadas, me sentiría, en cuanto a ellos, como un asesino. Es mucho peor que el consentir un aborto. También pienso igual para el caso de los tres hijos míos, con Rosa y Lupe. Mi hija me ha dado un precioso nieto: Emanuel. Dios está con nosotros. Y sólo Dios podría haber cambiado este plan. Si lo quiso así, hay que aceptarlo, le digo a Berenice. Suframos. Hagamos del dolor nuestra purificación, y tenemos –de yapa- la oportunidad inmensa de acompañarnos y de seguir juntos. Y la de gozar de ellos: de los tuyos míos y de los míos tuyos. Dios es padre de todos nosotros, y nuestras madres biológicas no lo celan, ni le preguntan los porqué, con que sí a nosotros nos encanecen. Dios también es el hermano mayor que nos quiso dar a los dos esta lección de amor. Y siempre te lo he dicho Berenice: Fuiste maestra –ya jubilada- o profesora, mejor dicho, y a tus alumnos les exigías silencio, atención, oídos bien abiertos. Ahora, aprende tú misma a escuchar. Para Dios no somos más que sus eternos alumnos. Y Él no se cansa de corregirnos,   porque   estamos llenos de faltas y  de pecados.      Es Dios quien te saca al pizarrón, a ver cuánto has aprendido.

    Vuelvo al remanso de mi pieza de hombre solo, con la alegría de Naoum y con la amargura de tu actitud en las sombras. Y, de pronto, ocurre el milagro que esperaba. Suena el celular. Me llamas con tu voz ronca, adormecida. Me pides que vaya a tu casa, a verte. Que estás enferma, guardando cama. Antes de salir, debo almorzar el plato de arroz graneado que guardo en el refrigerador y que cocino para dos o tres días. Porque sólo cocino esas cosas rápidas, que no hagan perder mi tiempo. Y lo acompaño con un par de huevos cocidos o unas vienesas. Sé que no estoy alimentándome bien ni suficiente. Y media taza de café. Que es como mi postre diario. La tarde continúa nubosa. Un silbido anónimo rasga el aire de la calle. La ventana, junto al escritorio, queda a la altura de la casa vecina, y me acuerdo de mi tobogán en un cerro de Taltal, de hace cincuenta largos años.¡Uffff! Mi mente salta, rebotando de un paisaje al otro, cambiando bruscamente esta ciudad mediterránea por el puerto querido con olor a yodo y a salitre. Me siento atrapado en el Mar de los Sargazos, como Colón y sus marineros. Mi sangre viene de varias vertientes: de mis antepasados españoles, maragatos y asturianos después; de mi bisabuela Hellen Watter, de la “rubia Albión”; de mi abuelo eslavo Andrés, de Vis, en medio del Adriático. Tuve un horrible sueño tras la muerte de mi padre, relacionada con arenas, sangre, un mastín, un castillo, un viaje a través del mar y un crimen que presencié cuando niño, en una vida anterior.  Algún   día   tendré   que escribir un cuento de esta

pesadilla que me da vueltas en la cabeza. Bueno, llego a casa de Berenice, de nuevo en esta realidad. Le hago algunas compras necesarias. Está resfriada y tiene algo de fiebre. Tomamos onces y, luego, lavo la loza. Salgo también a barrer la entrada embaldosada de la casa –que ella llama terraza y yo porche-. Y me pregunto ¿por qué las mujeres no tendrán, como nosotros los hombres, pensamientos más profundos cuando pasan la escoba por el piso? Ellas parecen sólo cambiar de sitio el polvo, llevándolo de un lado a otro, donde éste se vuelve a acumular. Porque el polvo, los desperdicios finos están hechos para el desperdicio del pensar profundo. Nosotros, mientras limpiamos, arreglamos situaciones, recomponemos entuertos, hacemos negocios o creamos mundos nuevos. Esto, tan simple, me transporta a estados sublimes, a alturas intelectuales insospechadas, permitiéndome hacer retroceder el reloj biológico –el que marca el tiempo de mi degradación-, y rejuvenezco. Nadie, cuando recién me conoce, cree que tengo 62 años. No se convencen sino hasta mostrarles el carné. Y sospecho que si hiciera más a menudo estos sencillos quehaceres que ya dije, volvería, sin duda, a mi juventud de los años sesenta (los del calendario). Mis hijos sobrepasarían mi edad, alcanzando a la de mis propios nietos, como si fuera yo un sobrino de ellos. Los médicos (casi puse, por error de escritura, los medidos), los ingenieros, los abogados, los jueces, los oficinistas, los conductores, los comerciantes (con la sola excepción de mi amigo Naoum), tienen su propio reloj, el físico, y por el que   envejecen   de angustias,  de horario, de

familia, acelerando ellos mismos las manecillas fatales. Yo, en cambio, como soy un vago que piensa, un ocioso intelectual de media taza de café y con la dulce miel del ajedrez  a diario, y casi al margen de todos los demás entusiasmos (que no sean los mismos de Dios, crear y crear); yo, que no alcanzo a contagiarme de la salud de ellos, me mantengo fuera de mi propia desintegración. O, cuando menos, la logro retardar, como para que duden de la edad que tengo.

    Cuando salgo a caminar por las calles de Osorno, adonde volví a fines del 2004, y donde sigo varado, esperando por siempre a Berenice y a nuestra casa, nuestro hogar que no termina por construirse y donde viviremos, por fin juntos -la casa de dulce de Hansel y Gretel-, suelo caminar sin preocuparme de saludar a nadie, porque casi nadie me conoce. Tengo que analizar desde mediana distancia la marcha del transeúnte que se aproxima, porque el osornino tiene un caminar ancho y repentino. Uno solo de ellos necesita como de tres metros de acera para él. Y sus zancadas tienen un territorio propio, distinto al de uno que, en mi caso, es de la misma amplitud de mi cuerpo. Y repentino, porque cuando marcho detrás de él, sale disparado, y de improviso, hacia un costado, sin señalizar ni mirar por el espejo retrovisor. En cualquiera de los dos casos o nos daría un empellón o pasaría por encima de nuestras cabezas, si no nos hacemos a un lado. En la penúltima de las casas, de cuatro o cinco diferentes, en que he arrendado una pieza desde hace ocho años, he descubierto algo, por decir lo menos, curioso: que la única actividad intelectual del resto de los inquilinos consiste en el acto de encerrarse a cada rato en el baño, a leer el periódico o a hojear una revista cualquiera. El piso que lleva desde sus habitaciones hasta el inodoro está gastado de pasos. Son como huellas indelebles de conejos. ¿De dónde vendrá esta verdadera adoración por la pieza del baño? No he logrado descubrirlo. A veces pienso que debe haber un premio de algún concurso o raspe que yo no conozco, y me estoy perdiendo la gran oportunidad. O a lo mejor, ellos van acumulando puntaje para algún descuento en un supermercado, o algo por el estilo. El problema no es sólo la espera obligatoria, también el eterno golpear de puertas y  el chirrido de sus bisagras, de entrada y de salida, y que a eso de las tres de la mañana apenas deja dormir. “Otro conejo que va al W.C.”,me digo, al sentir el escándalo de pasos y de ruidos.

    ¡Tanta lluvia, tanta humedad! Aunque, igualmente, los lugareños viven quejándose del déficit de lluvias todos los años. A mí ya me salen escamas y presiento que mis pulmones están convirtiéndose en agallas, y en vez de cordero acabaré siendo un pez. O me brotarán pequeñas ramitas verdes alrededor de los codos y las rodillas, y que florecerán en la próxima primavera. Y como tú amas los árboles, por ese lado no habrá problemas. De hecho me llamas “roble”. Que es nuestra palabra secreta y no la debe saber nadie, nadie. Y de llegar a ser un pez, un habitante escamoso de los mares, mi elegido, sin dudar un momento, sería el pez-espada, para hacer lo que no se atreve  a hacer la justicia de los hombres. Y reparar algunas deudas de los magistrados. Aunque de eso, de combatir el mal y la delincuencia, dicen que se encargará en los próximos cuatro años El Capitán Futuro. Decía que me florecerán tal vez algunos apéndices, y que vendrán después las escuadrillas habituales de funcionarios municipales a podarme, a desmocharme, por el temor de que hagan cortocircuito con los tendidos aéreos de mis neuronas. Me desmocharán horriblemente –me temo- como lo hacen con los pobres cerezos de calle Bilbao.

    Lynch es la calle de mis preferencias peatonales. Por su colorido, su ajetreo, su desfile incesante de personajes, su excesivo y variopinto mercadeo, sus olores, sabores y calores humanos. Aunque abundan exorbitantemente las casas comerciales de repuestos automotrices, eso me tiene sin cuidado (y se debe al excesivo parque vehicular). Creo que los automovilistas salen en manadas coordinadas a las calles, a perseguir, a acosar a los transeúntes, comunicándose entre sí para ello por radio; echándoles encima sus cromos, sus parachoques e impidiéndoles cruzar la bocacalle en los pasos de peatón, donde uno se eterniza esperando. Gasten bencina, no más, tales por cuales. Aprovechen de que está barata. Pero, en el fondo, sufro ese karma del peatón, ese síndrome atroz del que no va al volante de la normalidad. El otro rubro que abunda en Lynch –y en la ciudad toda- son las peluquerías. ¡Qué manera de haber peluquerías! Dos, tres, cinco por cuadra.

    Esta    curiosa   ciudad   tiene   más   vías de salida que  de

entrada. Estalla de felicidad, como todas la urbes del país, cuando los turistas la vienen a visitar, llenando sus arcas de dinero. Aunque su mensaje es claro: “Ya me conociste, ahora ¡márchate!”. Igualmente, la adoro. Será que me he acostumbrado a ella. Ya no es un pololeo simple, a la distancia, sino un amorío con todas sus ventajas –que son las más- y desventajas. Lluvia, humedad, frío. Atreverme pocas veces a ir más allá del barrio. Alejarme del negocio de don Marcelo Naoum, con sus increíbles parroquianos. Tanto, que parecen caricaturas de ellos mismos. A veces, pienso que sólo están interpretando el rol que Dios les asignó a sus almas. Pero de una manera inconsciente, sin darse cuenta. Forman parte del barrio, igualmente, varios restaurantes, bazares, carnicerías, imprentas, fruterías y los infaltables “quitapenas” o bares. Pero el hito histórico lo constituye, en la misma cuadra de mi rancha, el Club Social, Cultural y Deportivo México, en la esquina de Amunátegui y Lynch, y donde se formaron boxeadores de la calidad de Martín Vargas. Es mi querido barrio. El que me da la paz, el copucheo cotidiano y la amistad necesarios para sobrevivir cada día.

    Cuando tuve que cambiarme hace un mes, porque la dueña legítima quería recuperar la casona de calle Brasil, lo primero que pensé –aparte de lo agotador que iba a ser el cambio mismo, porque tuve que hacer unos quince viajes acarreando el menudeo en bolsas-, fue quedar en el mismo sector, por razones de higiene mental. Menos mal que conseguí una pieza cálida, aunque un tanto estrecha, pero con gente cariñosa. Si hay un hotel y una lavandería llamados “Sueños”, no podría ser mal barrio. Tengo todos los negocios a mano. Y a no más de cuatro cuadras, los supermercados grandes, la Plazuela Yungay. Todo lo que se necesita. Hasta una sucursal bancaria. ¡Ah si yo hubiera nacido en esos países aburridos, de tan ordenados y asépticos que son, como Alemania o Japón, no tendría margen para soñar. Y aunque cuando vivía en calle Brasil –hace ya unos 3 años- entraron a robar unos ladrones, y se ensañaron sólo con mis cosas, llevándome los artículos electrónicos de preferencia, soy realmente feliz entre esta gente común y corriente. Cuando discutimos con Berenice en su casa, me basta devolverme a la soledad de mi pieza y darme un buen baño de silencio para quedar de nuevo cero kilómetros. Los ladrones de aquella ocasión no supieron robarme. Me dejaron los libros, mis escritos todos, la novela inacabada entonces, y aun inédita; los pensamientos, las fotografías, los mejores recuerdos. Sólo se llevaron mis falsos bastones ortopédicos, con los que, en verdad, tropezaba al caminar, porque no los necesito. Menos mal que la delincuencia en Chile es analfabeta. Y ojalá lo siga siendo hasta la eternidad.

   

    Así fue como sucedió. Y atardeció y amaneció el día quinto.

 

 

                                                                 

                                                        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                          22

 

     ¡Estoy completamente rodeado de muertos! Hay muertos que caminan de costado o de cabeza por el cielo, por las paredes  de mi pieza, venciendo la ley de la gravedad. Muertos también hay que brotan detrás de los retratos de mis antepasados, con sus ojos viscosos. A veces, mostrando sólo las falanges, los nudillos de sus huesos, haciéndome señas que no comprendo. Y hasta cuando entro al baño (cuando logro encontrar desocupada la pieza de baño, lo que ya es un milagro) y desenrosco la tapa del dentífrico y pongo horizontal el cepillo de dientes, con las cerdas chasconas que Uds. ya se imaginan…¿qué creen que brota del tubo?  ¡Muertos! Muertos convertidos en una lánguida pasta dental, amarillenta, nauseabunda. Vuelvo asqueado a mi pieza, de la calle Brasil, a vestirme. Los muertos hacen una doble fila en el pasillo y me saludan, cuadrándose militarmente. Otros juegan en cabriolas circenses sobre las barandas, sin temor a desnucarse. Corren, suben las escaleras como cabros chicos, y son unos tontorrones ya grandes. Los muertos me sonríen en las manijas de los muebles, cuando intento encontrar en la cómoda algún calcetín limpio y remendado, y estiran sus manos siniestras, acariciándome como un objeto preciado y único. Hay muertos en el fondo de la loza, de la vajilla, aunque recién la he lavado. Hasta en la taza con que desayuno mi café. Igual que en el termo lleno de agua hervida.   Entre   los   dientes   del   tenedor (más que nunca), cuando almuerzo mis tristes tallarines viudos o, a veces, con una salsa sanguinolenta; en el arroz pegajoso de almidón, en las yemas horrorosas de los huevos recién puestos por el poto de las gallinas. En el agua fresca que corre por el caño, al lavarme la cara. Muertos columpiándose en la ampolleta amarilla y solitaria (que es como mi pendón, mi bandera de lucha cuotidiana). Quieren entrar a mi boca. Lo sé. Quieren hablar con mi lengua.

     Los muertos se niegan a continuar viviendo en los cementerios. De eso se trata casi todo. Rebelándose a lo sombrío de sus tumbas de cemento. Ahora quieren ser parte de nuestras vidas diarias, leer junto a nosotros el diario de cada domingo, sacar el puzzle, formar un sindicato, pagar impuestos como cualquier cristiano, inscribirse en una Isapre, en Fonasa, hinchar por su equipo favorito en las tribunas de Pedreros (la inmensa mayoría es colocolina ¡era que no! Los de la “U” tienen cara de hambre, no de muertos.). También quieren votar en las próximas elecciones, por la Bachelet, para que la Concertación vuelva al Gobierno; tal vez quieran hasta escribir una novela de sus vidas miserables, abandonados por nosotros, los vivos.

    Y no tienen otro olor estos muertos que se me aparecen sino a vida fresca de cadáveres, a su corrupción que no es administrativa ni política. Ninguno de ellos ha trabajado en “ChileRecortes”, me aclaran. Parecen un ramo nuevo de rosas resecas recién organizándose en pistilos y pétalos y abejas. No es que me espante su compañía. Cualquier cosa es  mejor  a  la  soledad  de mi  pieza de hombre solo.  Como buen nortino que soy, que me precio de serlo, siempre he convivido con apariciones de toda clase (como cuando se me apareció Rosa al pie de una escalera, en Concepción; o Lupe, de noche, frente a mi automóvil, en una playa al sur de Antofagasta llamada “El Cementerio de las Vírgenes”, y donde yo estaba en compañía de cierta pelirroja). Lo que ocurre es que ahora no queda lugar, espacio, sitio, bandera, trabajo provechoso para los vivos, que ya vivimos hacinados; apenas dos días a la semana tengo para compartir contigo mis hambres de ti, Berenice, y aire apenas suficiente para aguantar la respiración, el resuello de los días largos que no te veo. ¡Ay, ay! ¡Qué hago! ¡Qué haremos todos! ¡Pronto, que alguien llame a la OEA, a las Naciones Unidas, a Obama, al presidente Chávez! Porque viene, lo sospecho, otra horda de muertos más antigua que los degollados del 73. Y una reciente que se amasa en Irak, en Israel, en el terremoto de Haití, en Palestina, en Afganistán, en México, y en tantas partes, donde hay locos dispuestos a matar y locos para dejarse morir, y tanta pena, tanta pena y exterminio. Y yo no soy el comisario de nadie. Nadie me ha nombrado de nada. ¿Acaso tengo cara de Spiderman, de Hulk o de El Hombre Invisible? ¿Y por qué vienen a hablar, a parlamentar conmigo todos los muertos de la tierra, y no me dejan en paz? Yo recién estoy estableciéndome aquí –como tú bien lo sabes-. He llegado sólo hace 8 años y me cuesta adaptarme a los vivos. Es tanta su presión, la presión que ejercen ahora mismo en mi escritorio (que es sólo una mesa  común,  toda  destartalada,  igual  que  mi  máquina de escribir de tercera mano), que tuve que agregar a la novela este nuevo capítulo, que no tenía presupuestado y que, pienso, sólo horrorizará al lector (especialmente, a los pequeños que lean este capítulo a eso de las diez de la noche, solos en su cama).

     Anoche se me apareció mi abuelo Rómulo. Lo reconocí de inmediato por la fotografía insepulta en el muro a un costado de la cabecera. Vino a retarme por haber contado la verdad sobre mi padre, varias veces, entre estas páginas, públicamente. Traté de ablandarlo, diciéndole que a lo mejor ni siquiera se publicaban. Fue en vano. Después me fui por el lado político. Son los tiempos nuevos, abuelo, le expliqué. No se abrirán jamás las anchas alamedas que nos prometieron si continuamos siendo piernijuntos e hipócritas. Si no nos atrevemos con la audacia y con el valor. Me tiró un chopazo, pero alcancé a agacharme. Caín clama por abrazarse con su hermano Abel, reiniciando mi prédica, ahora por el lado religioso (a ver, si le acertaba), delante de su madre Lilit, la réproba. Como los judíos también anhelan de verdad abrazarse con sus hermanos palestinos. Como los ortodoxos lo desean con los católicos de Roma. Y éstos con los anglicanos. Como todo victimario quiere limpiar su alma llorando junto al cadáver de su víctima, y que sus lágrimas lo resuciten. Y le recordé la fábula del rey que desfiló desnudo ante sus súbditos, engañado por un pérfido sastre y por su propia vanidad. Y cómo la inocencia de un niño los desnudó con la verdad a todos. Los mandatarios    nuestros   son   como    ese rey        –le enseñé, pedagógico, mientras él me miraba todavía con ira, sin convencerse-. No le hacen caso a la inocencia de quien les habla, que muy bien puede ser alguien como yo mismo, y que les pide ser más sabios, más equitativos y más justos. Sólo escuchan su propia voz repetida por los parlantes y la de la camarilla de sus aduladores. Y Rómulo Isaac logra comprenderme al fin. Me abraza emocionado. Yo le doy unas palmaditas en sus escápulas amarillas, mientras él me sonríe con sus dientes apolillados  y ya sin edad, cayéndole unas lágrimas desde sus cuencas vacías. Perdóname abuelo. La vida es esta cosa tan bruta que tú ves sin ojos. Vete tranquilo a seguir descansando. Saluda a la abuela en mi nombre, hazme el favor.

     Ustedes los muertos pertenecen al silencio que crece bajo la tierra, como una nueva esperanza, cuando ya no hay nada más. ¡Quédense allí! Les aseguro que están a salvo, al menos.

     Cuando vienen a verme, y vienen con los que no conozco aun y sus amistades y sus rebaños, no sé qué hacer, me falta tiempo para atenderlos a todos. Yo no soy Abraham, que se entendía con las muchedumbres. Soy un ser solitario, más parecido a Noé. Ignoran las dificultades domésticas que tengo con los menesteres más sencillos que se me imponen, como usar la Internet, como manejarme en el correo electrónico, o con el arqueo de mis bolsillos tan sólo a mediados de mes (porque acercándome al final, es más fácil: no tengo nada). Y el baño que continúa ocupado. Tengo las manos sucias de anteayer.  Y   así,   es un pecado que escriba esto. Alguien se ha exiliado en el baño y no da señales de vida, de que algún día saldrá, y poder yo lavarme las manos como Pilato. A lo mejor es Barrabás quien ha clausurado el baño. Y hay un Justo esperando mi decisión de Procurador. No me atrevo a traspasarle este caso a un juez de la República (ellos suelen fallar hasta en su noche de bodas). ¡Es terrible! Bajara Dios del cielo a ayudarme. ¡Écheme una manito, compadre! ¡Mándeme un par de arcángeles para ordenar este caos! Que venga, por lo menos, Juan Carlos a acallar al Chávez que estos muertos llevan en su garganta.

     Como si fuera poco, los muertos nos confunden de fecha y de territorio. El muerto que se me apareció ayer, en pleno sándwich, de noche, no sé si era un difunto del Régimen Militar, apaleado, baleado, degollado, quemado, sepultado, vuelto a sacar de la tierra y arrojado al mar del quizás desde un helicóptero, o un simple ciudadano que murió esperando a que pasara un bus alimentador del TranSantiago. ¡Y claro, murió de hambre! Es como cuando me besas, Berenice. Ignoro si eres tú o el fantasma de Juana de Arco, desmaterializándose en la estatua de piedra que vi hace diez años en la Catedral de Notre-Dame, en París. Y lo digo porque ella me miraba, entonces, con los mismos ojos verdes tuyos de cordera sacrificada.

     Estoy seguro de que hay un kamikaze posesionado del alma del ministro Cortázar. Cuando se baja del bus, frente a La Moneda, los guardias del Palacio no se le cuadran, le hacen una reverencia a la japonesa, seguida por un arigato. Lo veo ceñirse más tarde la bandera del sol naciente, a modo de cintillo en la frente, antes de lanzarse en picada libre contra los blindados de la prensa amarilla, haciéndose el harakiri.  Todo es culpa de ese piloto suicida que se apoderó de su alma y que quiere inmolarse de nuevo, igual que en 1945. Se aprovecha de la curiosidad morbosa de los periodistas. El muerto, en verdad, sólo quiere de él el micrófono que tiene en las manos. Ahora, en el candidato-empresario ignoramos aun cuál de los muertos está. Aunque yo sospecho que se trata del mismísimo Nicolás Maquiavelo, porque viste y se desenvuelve como un príncipe. Y que su jefe de campaña, y futuro ministro del gabinete, no es otro sino Tito Livio, sobre quien escribió unos discursos tan latosos, como muchos de los que escuchamos a diario en nuestro Honorable Congreso.

     Señores ufólogos, seamos francos. No estamos siendo invadidos por alienígenas. No simulen mirando hacia el cielo con fervor empírico. Nos invaden nuestros propios muertos. Ellos, apoderándose de nuestra amnesia enferma, quieren redescubrir América, volver a inventar la ampolleta y patentar de nuevo la penicilina. Porque estamos confundidos con tantas guerras y tantos muertos. Se nos enredan en la cabeza los de 1891 con los de la Guerra Civil Española. Los de la Secesión de Norteamérica con la de los Bóers. Los muertos de las Islas Malvinas con los asesinados en la Escuela Santa María de Iquique. Aunque es lo de menos: todos ellos cayeron con dignidad y con hombría. Nosotros tenemos la culpa por endiosarlos, subiéndolos a lo más alto de los pedestales, (a pesar de que  es  sabido de que todo lo que sube baja) ¿Por qué rendirle, por ejemplo, tanto tributo a Napoleón Bonaparte, tan célebre por sus rapiñas de arte que por sus batallas? Pero díganle eso a los franceses. Capaz  que nos declaren la guerra. Aprovecho la ocasión de mandarle un saludo a un  “gabacho” que conozco aquí en Osorno. Otros pretendieron hacer lo mismo con Stalin, y se arrepintieron a tiempo, menos mal. Pero no aprenden. Ya están preparando la canonización de Fidel Castro, juntando bronce y hierro para la fragua. Ya preparan los moldes de la inmolación, y Fidel –si es que muere- morirá en la cama, sin duda.

     Los muertos, como todo lo saben, vienen al asalto de la historia. Acuden a tomar sitio en su protagonismo. A torcer la historia, para que ella coincida alguna vez con la verdad. Hay muertos, eso sí, muy malvados, que usan en la solapa de sus trajes, en vez de las dos tibias cruzadas, una svástica. Y me conversan de sus cosas, mientras devoran a unos pobres niñitos famélicos en pijama. Nosotros llamamos a los muertos al estrado, al micrófono, a las conferencias de prensa, en donde ellos acuden encantadísimos –como candidatos en campaña- y lo hacemos con tantas estatuas erigidas, y con las monedas donde acuñamos su efigie y hasta en los monogramas de los billetes en circulación. Y qué decir de los nombres de las calles y condenadas, ergo, a ser cementerios. Y de cada misa que le celebramos, hasta por nada.  A Dios no le queda otra posibilidad que autorizar a los difuntos para asistir al templo, a visitar la Casa de Moneda, y a cuanta inauguración o cambio de nombre de calle se produzca en ese contexto.

     De noche, antes de acostarme, sacudo a no más dar el pijama, el cobertor, las frazadas, las sábanas y hasta el colchón. Reviso debajo de la cama. Pero no hay caso. Saltan, reaparecen después de cada sacudida, vuelven a abrazarse a mi cuerpo, a morderme el cuello, a pegarse a mi pellejo. Parecen trapecistas jugando en lo alto de la ampolleta, todavía amarilla y caliente, al apagarla. Me desordenan los libros –que ya tengo a maltraer con sucesivos cambios-, incendian mis poemas, vuelcan las imágenes sagradas en el pequeño altar de una repisa pegada a la pared oeste. Dan vuelta la pelela llena de mis orines nocturnos. Interrumpen el rezo necesario, mis agradecimientos a Dios Padre Todopoderoso. No sé. No respondo de mí, por hoy. Puede que este capítulo entero no haya sido escrito sino por ellos, en busca de protagonismo. Yo soy sólo un pobre jubilado. Les juro que no tengo un helicóptero. Ni siquiera un fundo en el Lago Ranco (aunque estuve una vez allí; y cuento con un amigo en la zona: Luis Parada). Jamás he hecho campaña alguna. Ni siquiera conozco por fuera el Estadio de Pedreros. Pocas cosas sé de Maquiavelo y de Tito Livio. Sólo soy un típico hombre de hoy. Apenas razono.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                            

                                              23

 

    ¡Ay ese tembloroso olor a plástico y a desodorante ambiental que flota en los aviones comerciales, detenidos sobre la losa y enganchados a una manga, cuando uno ingresa a ellos como al salón de ataúdes de una espléndida funeraria, y la aeromoza (jamás hay que llamarlas “azafatas”, porque eso las indigna, las discrimina) nos conduce a nuestro asiento con una cara como diciendo “aquí va a quedar Ud., acomódese”, tan sospechosa! Hay en el aire una sensación de encierro que se simula al máximo. El oxígeno entra por coladores y no hay nadie del otro lado de las ventanillas despidiéndonos, como en los buses interprovinciales. Y estas sensaciones se reflejan en el maquillaje perfecto de la muchacha de uniforme y sonrisa oficial que estira ahora sus uñas de diosa griega y roza el respaldo de nuestra butaca, reclinando el asiento. Y luego van entrando los demás deudos, porque es como una matanza colectiva lo que sucede, y pronto se van a acabar los cajones, y la misa va a ser una sola, difundida por los parlantes, y para todos. Nos instan a ceñirnos los cinturones. No vaya a ser cosa que la nave vuelque en las aguas del Leteo y quede el desparramo de cadáveres. El tiempo, en tanto, está corriendo en un reloj propio que los pasajeros, muertos de miedo, no vemos. Porque la nave tiene que ir y volver, y transportar a otras masas. No somos sólo nosotros, esa pequeña multitud al alcance de mis manos;   esos rostros que juraría he visto antes, pero no sé dónde.

    El que todo marche bien, auditivamente, puesto que en los oídos se reacomodan también el tacto, la visión, el olfato y el instinto de supervivencia, pasa, es cierto,  por las delicadezas culinarias que nos sirven de inmediato; por esos platillos bien equilibrados en proteínas, pero que evitan las hinchazones de tripas, a objeto, claro, de que el vuelo no se transforme en una posta de carreritas hasta el inodoro. Pero, antes, arranca desde la perfección como de senos griegos de las imponentes turbinas, traspasa las orejas ensordecidas, en off, de nosotros los difuntos pasajeros, y desciende por los signos de interrogación de nuestras ya satisfechas vísceras, mientras hojeamos el manual de instrucciones, evitando las palabras “escape”, “auxilio”, “emergencia”, como si fueran moscas nadando en nuestro postre. ¡Oh Dios mío, volamos! Nosotros, el fuselaje todo galvanizado de temores inciertos, las enormes alas enormes con sus estanques repletos de combustible (que no son más que dos bombas de tiempo, no detectadas por los rayos X del aeropuerto), las parpadeantes lucecitas de los alerones, las valijas llenas de ilusiones y de algunos regalos, la anónima carga de la bodega, los contenedores cargados de alimentos y café y agua, y el de los desechos orgánicos, pilotos, sobrecargos a bordo, todo, todo, volando como pájaros sin paracaídas, como pájaros sobre el río de los infiernos. ¡Todo lo que pesa más que el aire y la lógica!

    Y desde lo alto, sólo desde lo más alto del cielo, y desde donde no se puede  sino   mantenerse   uno sin caer,  una vez que sacamos el habla, el pensamiento y soltamos la respiración anudada, nos damos cuenta de lo que no le creíamos a los mapas: ¡Por la mierda, que es angosto Chile! El avión parece hacer un gran esfuerzo por no salirse de su “calle” aérea, para no pasarse al lado de Argentina, adonde porfían por llevarnos a cada instante los vientos raucos.

    Un largo rato todavía después, cuando me aseguré de que el aeroplano no se caería, y terminé por creer en la pericia del piloto, como si de un nuevo dios se tratase,  me puse a sacar mis cuentas en silencio personal, ya disgregado del gran silencio de los demás y recuperada mi personalidad individual, personalizándome de nuevo en el mar de rostros diferentes. Y cada uno de ellos hizo lo mismo que yo y con idéntica discreción. Las identidades volvieron a pegársenos en las billeteras. El orgulloso volvió a su orgullo, y el egoísta a su egoísmo. Berenice me esperaba en el hall del aeropuerto El  Tepual, en Puerto Montt, con un nudo en la garganta, semejante al trabalenguas que acabo de escribir en la línea anterior. En Santiago tuve que hacer un cambio de avión, y en ese descanso aproveché de llamar a mis parientes de la capital. Todo perfecto. Da gusto morirse así, perdón, volar así, bien planificado por nosotros mismos. Pero no, era el gran viaje. La aventura con mayúsculas y luz propia. El gran sol seguía allá afuera, sobre las nubes, y con el mar azul, intensamente azul a mi derecha. Le inventé a Lupe (y a mis hijos) la gran “chiva” del año: la Universidad de Los Lagos premiaba mi trayectoria de cuarenta años de escritor, pasajes y estadía incluidos. A cambio, sólo tenía que ofrecer unas charlas sobre literatura nortina en las aulas del plantel superior. Y como estaba en reparaciones la losa de Osorno (y ésta era la única verdad), debía aterrizar con mi avión en Valdivia o en Puerto Montt. Menos mal, porque Berenice tenía un miedo bárbaro de que alguien la reconociera al vernos juntos. Y yo me creía un agente secreto, obedeciendo las instrucciones de M., desde Londres. Y con licencia para matar. Cuando apenas alcanzó para una escaramuza menor, pero ya les cuento. Berenice era el nexo en aquellos homenajes a mi persona. Algo así como mi chaperona oficial, y puesto que ella se tituló en esa universidad. Y dada nuestra larga amistad. Lupe no se tragó, obviamente, el cuento. Pero todo lo que se requería era que pareciera creíble. El resto lo imponía con mi voluntad, y punto. Salvé la valla, aunque con las espaldas rasguñadas. Y aquí estoy, volando de nuevo. Berenice, eso sí, cometió el error, en una impaciente y nerviosa llamada telefónica, de hacerse pasar por una tal Marcela Schilling, académica de la Universidad de Los Lagos, inventado en un tris, ante el auricular. Y Lupe memorizó, con su poderosa e infalible computadora mental, el tono de la voz enronquecida por los años de clases y el tabaco. Algo gatilló en ella la sospecha. Los “anfitriones” eran demasiado amables y condescendientes conmigo. Podía elegir yo mismo la fecha del viaje y las condiciones. Yo me estaba comportando bien, desde que dejé de trabajar en el Banco, a comienzos de 1989, pero había acumulado muchos puntos malos anteriormente. ¡Qué ingenio tienen las mujeres para   tales   emergencias!      ¡La frialdad con que mienten e improvisan es infinita! Este solo recuerdo volvía a enhebrar mis temores al sonido de las turbinas, que no dejé de atender durante todo el vuelo, por si acaso, como si de mis oídos finos dependiera la seguridad de todo el avión. El precario equilibrio pasaba por las manos del comandante directamente a mis orejas y terminaba por concretarse en la delicadeza de mis tripas que hacían su digestión. Berenice había llamado un par de días antes de su nueva personificación académica-alemana. Y Lupe se dio cuenta de la similitud de sus voces. ¡Ah mujer! –le dije-, ¡todas las voces se parecen; son imaginaciones tuyas! Pero volábamos. La señora a mi lado levantaba, impávida aun, su tenedor, llevándose por pausas a su boca trocitos de algo blando, gelatinoso, que llegó a producirme arcadas, pero no tanto en el estómago o en el esófago como en la conciencia. Entonces, fue cuando la nave comenzó a temblar. Y en la pantalla, a comienzos del pasillo central,  aparecieron instrucciones de no levantarse, de volver a nuestros asientos y de abrocharse los cinturones. La voz neutra del capitán nos explicó que estábamos por aterrizar en Pudahuel. Extrañado, miré por la ventanilla, a mi derecha. ¡Íbamos a la altura de La Serena, recién! ¡No puede ser! Es porque el avión tiene que “descolgarse” de su calle más alta a otra, más baja, de aproximación. Y con la velocidad que vuelan –si no lo hiciera antes- pasaríamos de largo, hasta Talca cuando menos. ¿Cómo me recibirías, por la tarde, en unas 3 horas más? Me esforzaba en adivinar los detalles de tu vestido, tu pintura   en   los   ojos,   tu   carita   triste   semiolvidada,   el nerviosismo mariposeando en tus dedos largos y frágiles, el restallar de platino de tu sonrisa, la delicadeza rubí o esmeralda de los pendientes en tus orejitas, tu andar silencioso de corza. Me sentí Edipo ante los secretos de la Esfinge del Desierto. ¡Es el hombre! ¡El hombre! Y grité de verdad. Muchos pasajeros voltearon para verme. La azafata (perdón, la aeromoza) me tranquilizó con un vaso de agua, sin dejar de vigilarme hasta que aterrizamos en Merino Benítez. Menos mal que no me asociaron con un terrorista, sino con un  pasajero que deliraba. ¿Qué ocurriría? Rompías varios tabúes. Marido. Hijos. Colegas. Círculo familiar estrecho. Amistades. Sobre todo, te veías acorralada por tus creencias religiosas. Esclavizada por tu corazón de mujer irrenunciable.

 

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    Pasé de largo, empujando el carrito con mis maletas, delante de una flaca de pelo ondulado y corto, estática en su sitio, algo alejado de la muchedumbre, tapada con un sombrero alón de paja y gafas gruesas. Buscando anhelante la figura de Berenice, con su cabellera larga color trigo, agitada de emoción, pegada como una ventosa a los ventanales del hall, mirando ansiosa hacia la pista de aterrizaje. Y no la veía. Nadie parecido a la que buscaba yo. Ninguna con una sonrisa ancha de recibimiento. Me sentí morir.  Que  el  piso cedía  bajo mi peso, aumentado al doble por el carro y las valijas. Que mis pasos se volvían blandos, cenagosos. Estuve dudando por detrás, a cinco metros de una señora rubia, algo abultada de formas (¿?), frente a los ventanales, dándome las espaldas ¿Será ella? Me acerqué a las espaldas desconocidas con la cautela del cazador. Hubiera querido saltar desde la seguridad de las sombras sobre ella, ceñirla de golpe con un brazo, tapándole los ojos con la otra mano. Y estuve a punto de hacerlo. A punto, nada más. Porque en ese preciso momento volteó hacia mí, ¡y no era Berenice! Sentí el sudor que me corría por el espinazo. Y luego, la decepción, el fiasco total, la angustia y la desolación. Me sonrió la desconocida con una sonrisa que me pareció burlesca. Como adivinando mi confusión. Dejándome en los labios la frase pre-hecha: ¡Cómo estás, mi amor! ¡Por fin juntos! Giré, avergonzado, en redondo, más perdido que un náufrago en medio de un océano furioso de silencios. Descubrí que quedaba muy poca gente en la terminal. Y la flaca seguía allí mismo. Estática. La volví a mirar, sin ánimo. Me acerqué de a poco, más bien con la intención de preguntarle algo. Y recién, cuando estuve junto a ella, descubrí a Berenice, toda cambiada, bajo esas gafas oscuras. Estaba disfrazada como esas mujeres de la serie Los Duques de Hazard. Su saludo fue frío. Su beso, distante. Como si nos hubiéramos visto sólo ayer. Yo alegándole de porqué no me detuvo, porqué no me llamó al verme pasar. Quien venía volando, con la cabeza llena todavía de pájaros, era yo. Algo confundido. Y con lo que has cambiado, le dije. Pero no escuchaba razones.   Que   esperaba   otra cosa.   No verla vestida así. Como una espía aliada en medio de la campiña francesa ocupada por los nazis. Y ella diciéndome sobre mis argumentos que se habría marchado si finalmente no la reconocía debajo de esa estatua vestida desusadamente y muda. Y actuó más que como una compañera (o como una amiga íntima) como una ejecutiva de Banco que lo único que quiere es solucionar nuestros problemas, y pronto. Ya dentro del taxi, camino a la ciudad, insistió en que pidiese cuartos separados en el hotel. El taxista (que no era el cacarañado de otra época), nos daba miraditas sarcásticas por el espejo retrovisor. Seguramente iba pensando que éramos los amantes más pajarones que había conducido. La escena, a mí, me traía recuerdos de alguna película ¿de cuál de todas ellas? de Dean Martin y Jerry Lewis. Adivinen ustedes, quién me sentía yo. Pero mi Doris Day seguía insistiendo en lo mismo. Aquí me conoce todo el mundo, dijo. Hay que tomar precauciones. Y el taxista, dale con la sonrisita burlona. Me hubiera devuelto, de haber sido posible, en el mismo avión a Antofagasta.

    Alojamos en un discreto motel, en la parte norte, y no lejos de la caleta Angelmó. Una pieza con una litera y una cama de plaza y media, que ocupó Berenice. Por cierto, me golpeé la cabeza un par de veces contra el somier superior en los aprestos del desvestirse y de ponerse el pijama. Por lo menos, me sirvió para reírme de mí mismo. Cosa que necesitaba urgentemente, pues estaba sintiendo sólo lástima de lo que me sucedía. Estemos así, no más, sentenció ella, con voz suave  para  mis  dislates  mentales,   cuando la luna llena invadió todo el cuarto con otras urgencias. Conversamos de todo. Iluminados por la luna y por el sonido poderoso del mar. Y, al rato, más distendidos –y con la Esfinge ya ahogada por la rabia- me pasé de un salto a su cuja de hembra. Ella me tranquilizó a la mañana siguiente, mientras desayunábamos, con un decepcionante “No te preocupes; fue igualmente maravilloso”. Yo me disculpaba por todo, el viaje largo, el avión, las emociones, mis nervios.

    En Puerto Montt conocimos a un ciego que cantaba por monedas en la calle: “Con la paz de las montañas te amaré / con locura y equilibrio te amaré. / Con la rabia de mis años, / como me enseñaste a ser. / Con un grito en carne viva te amaré. / Te amaré, te amaré / como nunca se ha sabido…” Cayeron nuestras lágrimas. Y con la misma prisa de las lágrimas las monedas que le arrojamos, como recompensa, al bolso. En instantes, estábamos rodeados de una pequeña multitud, a la que llamamos sin quererlo, pero en beneficio del cantante ciego. Éste cantaba muy entonadito y emocionado sobre una pista de música grabada donde él tenía que afirmar su voz. Fue algo increíble. Un acierto del destino que lo puso allí, ante nuestros pasos, como un traje hecho a nuestra medida, y con la letra precisa. “En secreto y en silencio, te amaré. / Arriesgando en lo prohibido, te amaré. / En lo falso y en lo cierto, / con el corazón abierto, / te amaré,,,te amaré…” Rematando la canción con algo que nos hizo reír, para nuestra secreta complicidad. “…Aunque tengas manos frías, te amaré. / Con tu mala ortografía y tu no saber perder. / Con defectos y manías, te amaré”.

    Recordé que Berenice me decía en una de sus cartas: me encanta que me corrijas. Je, je. Ya no le encanta tanto. Pero me aclaró, de inmediato, que ante el pizarrón y sus alumnos tenía una ortografía perfecta. Que los errores sólo los cometía al escribirme sus cartas. Y al amarme a mí. Al no ser capaz de elegir bien entre los pequeños latifundios de su espíritu y yo. Sólo al momento de morir, en ese instante de inefable verdad, sabremos si hicimos bien o no.

    Y en la segunda noche todo resultó a la perfección, como en un diccionario. Me enteré de que el indiferente de su marido no la tocaba hace ocho años. Le quitó todo, hasta el sencillo afecto. Todo, menos el saludo y los regalos de ciertas fechas claves, desde que ella le lanzó por la cabeza la insípida muñeca del primer obsequio. Le doy las gracias a Dios por tu amor. Es un dios de amor. Entonces, no es una herejía agradecérselo. Él nos conoce a fondo y nos hemos amado en estado de gracia, de pureza original. Casi sin erotismo (de ser posible eso), sólo para reconocernos. Para que nuestras almas griten ¡presente! Nunca pretendimos dañar a los demás: a los hijos, a Lupe, a Artemio. A él menos que a nadie. Lo que perdió lo perdió porque él mismo lo quiso perder. Tú le fuiste absolutamente fiel, mientras estuvo a tu lado como marido y como compañero. Después, no sabemos qué le ocurrió. Si se enamoró de otra. Si tuvo amantes. Si se decepcionó de ti. Nunca quiso decírtelo, a pesar de que tú lo presionabas para que conversaran de esas cosas. Lo de Lupe es mucho más doloroso para mí y para los dos. Fue una mujer fiel, buena madre y muy trabajadora. Pero yo me enamoré de ti, y eso no tiene vuelta. Y me sinceré con ella, rebelándoselo. Lo conversamos como dos adultos   que    somos.     Y   todavía   tuvo   la      nobleza de

concederme dos meses de aliento para verte, para saber si de verdad era algo definitivo. Y si yo no volvía a ella, a Antofagasta, me consideraría un hombre muerto. Yo venía por quince días y pasaron muy rápidos. Y tuve que volver, ahora para quedarme definitivamente.

 

 

 

 

 

 

                                                             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                       24

 

    No puedo juzgar a este hombre que no sólo lleva más de veinte años acompañándote, que en un momento fue el escaso sol de tu existencia (porque sí hubo años pálidos y yo estaba desaparecido de tus páginas) y que te dio dos hermosos hijos (uno por cada matrimonio traicionero mío ¡qué coincidencia!) Pero se me ocurre que él debe ser como la estratosfera, situada por encima de todos los fenómenos variables que tienen que ver con nosotros ya dos. Lo delatan sus ademanes refinados, su gusto solitario y melómano (Nerón tocaba el arpa mientras Roma se incendiaba; algunos historiadores piensan que por su culpa), su vestir pulcro y la distancia –casi aséptica- que se toma de los demás. Aunque tú me aclaras ahora que hace cosas normales en casa, como entrar la leña para la cocina, cortar el pasto, y hasta cocinar. ¿No lo estarás endiosando un poco, en beneficio de tu buen criterio para haberlo elegido? Pero es el padre de tus hijos. Y, a la vez, es como un director de orquesta, con las manos hechas para el tono y la profundidad acústica de los instrumentos a su alrededor. Y, ahora, que se siente agotado, exige no sólo silencio y paz, sino también que los músicos no desafinen en su ausencia. No logra concebir que, independiente de él, del profesional que es, tú y tus hijos amen la música per se, ni menos acepta la música que cantan naturalmente las olas del mar lejano, las ramas de los árboles movidas  por  el  viento  amarillo  del  otoño o la de la noche desangrándose a la orilla de los senderos solitarios; ni menos, la de los pies del merodear de los poetas sonámbulos como yo. ¡No, no! Para él, la música es un asunto oficial, sagrado, de órdenes superiores, de palcos engalanados y elegantes, de programas impresos en letras doradas y en relieve gótico. Y para escucharla (perdón), para disfrutarla, se encierra solo en su estudio, como el niño que hojea, curioso, su primera revista pornográfica a escondidas de los padres. Es la música un acontecimiento demasiado solemne para compartirlo con los demás. Aunque un asunto netamente social. Y la sociedad es él. El resto es sólo una masa de ignorantes.

    Así, tampoco puede comprender tus desvaríos sentimentales. Debe estar asumiéndolos con pena, como una enfermedad, como una carga negativa que acarrean tus genes franceses y campesinos. Y exagera, sin duda, mis influencias sobre ti. ¿Recuerdas cuando tomó al vuelo la carta que yo te envié con un medallón de regalo dentro, y que compré para ti en Toledo? La arrojó sobre la mesa, con disgusto, diciendo no sé qué cosas sobre los poetas locos que escribían, como arte, sobre “las hojas que caen del árbol”. Antes, y con la yema de sus dedos, tanteó la joya, hecha con filigranas de oro y cincel paciente y pericia artesanal. Joya que, años después, se la llevaron con gran pena tuya y mía, nuestra, entre otras joyas no menos entrañables, los ladrones que desvalijaron tu casa.

    Este director de orquesta tiene también alma de cirujano.

    Cercenaría con su hábil escalpelo el cáncer mamario del amor    que    sigue    desarrollándose    en tu pecho    por mí,

amputando nuestra historia y nuestra verdad, que de verdad le incomoda a él más allá de la medicina y la cirugía…sólo para que no contaminemos la versión oficial suya. Eso lo convierte, y no sólo con ser tu marido, en alguien tres veces peligroso. ¡Cómo debe estar gritando su silencio de orgullos heridos! Y si algo le pasara –porque está enfermo del alma y del cuerpo-, te endosaría a ti toda la culpa. Se sabe una bomba de tiempo con reloj limitado. Sería muy capaz de dejar unas notas  acusadoras, anticipándose al final. Antes del in crescendo de la orquesta.

    Cuando me vio reaparecer en tu vida, en ese frenazo de su automóvil en la Plaza Aguirre Cerda, que casi lo saca de la calzada por el derrape, puso todo el batallón de sus cilios en alerta roja y de inmediato tensó las cuerdas flojas de los violines. No podía permitirse el desagrado público de que la primera voz desafinara en medio del concierto. Aun de espaldas a los espectadores, se imagina fácilmente los murmullos, los comentarios malévolos, las risitas sarcásticas, las ácidas críticas de los especialistas, de los Passalacquas.

    Me dices que es creyente, aunque no un individuo de misas y ceremoniales. Pero veo que su moral está afianzada, que es más sólida que la de los que presumen de beatos, sin serlo. No le importó casarse sin amor contigo, ni enterarse que tampoco tú lo querías. Porque el juramento de amor, arrendado a Dios frente al altar, le entregaba la indestructible tranquilidad de una suerte de boleta de garantía. Y sabes Berenice que, como ex bancario, sé de qué te   estoy   hablando.    Dios –debe   haberlo pensado él- es el

mejor Banco, y no puede escamotear nuestros ahorros. Luego, una vez establecido el pacto, bien pudo darse el gustito de ignorar las aburridas páginas del manual de instrucciones, así como de la infaltable letra chica de todo contrato. Acomodándolo todo a su gusto tan especial. Entregándole más tiempo y dedicación a la crianza de sus animales que a la de sus hijos. Y, quizás pensando en ello, quería tener uno solo. Y se concentró en la construcción del hogar físico, en desmedro del hogar espiritual. Y de la casa del campo que poseen. Si hubieras sido feliz –como me lo aseguraste en una de tus cartas- no habría habido muchas otras, ni habría volado yo a Puerto Montt. Y entonces volviste los ojos hacia mí. No sólo me querías. Nunca me dejaste de querer. Y no tenías tampoco a nadie más a quien contárselo.

    Volviendo a ese hombre, y haciendo abstracción de todo lo anterior, resulta en verdad muy difícil de clasificarlo, como me ocurría con ciertas estampillas cuando era niño. ¿De qué diablos de país eran? Nunca lo supe. Si de Birmania. Sumatra. Java. O de Corea del Norte. Daba lo mismo. Además, eran feas y pequeñas; casi no eran mías por esa rareza de no conocerlas, de no acabar de apoderarme de sus secretos. Es la misma sensación de ahora. ¿Será un infiltrado? ¿Un agente de la Cía? ¿Una especie de profeta mudo que aun no devela su mensaje superior? ¿Un viajero del futuro? Se me ocurre que, si finalmente terminara por aceptar tu huida, acompañada por tus hijos, y si se vinieran todos juntos a vivir   a mi lado,   su cuerpo   se iría secando paulatinamente hasta volverse de piedra, como el Milodón. Y tú, y los tuyos ya míos, tendrían que emprender cada año verdaderas romerías hasta la cueva donde habita, y sólo por lástima cristiana, no por curiosidad científica o turística. Porque –concuerdo con el Cholo Vallejo- habría muerto en cuanto a órgano y no en cuanto a función. Y en nuestro propio hogar, a la hora de la cena y del almuerzo, habría siempre una quinta silla vacía, en su recuerdo, sin ocupar. Y el fantasma del Milodón terminaría por hacernos pelear, por desequilibrar nuestro matrimonio y separarnos. Todo esto me suena al laberinto de Creta, al Minotauro y a Ariadna. No sé si me estaré volviendo egoísta o qué. ¿Nos quedarán diez, quince años de vida? Sólo quiero que estemos juntos y en paz. Sin recordar a Vivaldi en la cueva del Milodón, ni al director de orquesta a cada rato. Le diría, si me dejara hacerlo: “Es mejor ser un buen perdedor que un mal ganador. No te tientes con lo que estás pensando”.

    Cirujano nuestro, director de una orquesta de inválidos sonidos,,,no te quedes callado. Dinos algo, hombre, por Dios. Muévete en alguna dirección. Que si todo huracán es ya  suficientemente peligroso, alivia cuando se pone en marcha, porque pensamos que se debilitará. Porque eres más imprevisible cuando enmudeces, cuando creo escuchar una cola de crótalo en la aridez de tu silencio. Has de saber que las soledades serán repobladas a pesar de ti, y no gracias a ti, por un viejo mandato bíblico. Así, deja caer en tierra la quijada de burro que has tomado con tus manos. No te tientes. Conversemos, mejor. Te lo propongo, llamando a tu conciencia como a todo hombre de buena voluntad.

    Deja de mirarme con la mirada que odia.

    ¡ Ah! ¡Y me encanta Carmina Burana!

 

 

                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                             25

 

                                                           En Víctor Lamas encontré                                                                               un                           edificio                                                                                 muerto

                                       Habían cercenado sus escaleras y abandonado sus salones,

                                                          que quedaron sedientos de sueños,                                                            

                                                                              mutilados de sombras;

                                                                             abierto su cielo hacia el gran cielo,

                                                                            rotas para siempre sus balaustradas,

                                                                                             aniquilados sus rincones.

 

 

 

 

 

  •     ¡Qué anda haciendo este gato suelto por aquí!
  • José Bobadilla, contador-auditor y primo de Lupe, sacudiéndome con sus abrazos y casi reventándome los tímpanos con el vozarrón de bienvenida. Me costó dar con su casa, en Nueva Imperial. Andaba yo por territorio mapuche, subiendo lentamente por el mapa, en enero de 2002, de regreso a Antofagasta. Había querido pasar antes por Angol, a visitar a un viejo amigo y compañero de universidad, José Luis Montero Bernal. Pero me enteré por teléfono, en un llamado a su casa, que estaba de director de un colegio en San Fernando. Pensaba a cada rato en Berenice, y en la quincena que pasamos juntos. Y, por lo tanto, mi ánimo andaba de derrotas. No sabía cuándo la iba a ver de nuevo. Y ella había propuesto unos desatinados encuentros anuales y casuales, por ejemplo, en Santiago o en otra ciudad equidistante. No me bastaba. ¡Estás loca!, me rebelé, casi gritándole. ¿Acaso sólo quería vengarse de su marido?   ¿Llamar su atención con un desliz   amoroso de fin de semana? ¿Eso era y nada más? Y todavía tendría que soportar la carga, el asedio de Lupe, que se adelantaba de alguna forma en el rostro burlón e inquisitivo de su primo, cuando le conté las razones de mi viaje al Sur. Era inusual, absolutamente, que yo pasara del Mapocho hacia abajo. En realidad, no lo hacía desde 1967. José se sonrió pícaramente, con un largo ¡hmmmmm!, que lo dijo todo. Como diciéndome: “no te la creo, pero,,,,¡bueno ya!” Tanto me jorobó, que tuve que mostrarle las imágenes de mi cámara de video, donde había inmortalizado todos los paisajes,,,y donde aparecía varias veces el rostro de Berenice. En la vieja nueva estación de trenes, reprisando la llegada mía de otro tiempo. Y Berenice recitando, largos minutos, un poema en “El Ipanema”, un restaurante central en Osorno, ya desaparecido. Nada que se pareciera, por lo demás, a un claustro universitario ni mucho menos a un homenaje hacia mi persona, ni dictando yo charlas literarias de nada a nadie. Todo caía por su propio peso. Pero, a pesar de eso, el Chino simuló y me siguió la corriente en todo lo que le contaba. ¡Qué me iba a creer! Fue sólo un anticipo de lo mismo que ocurriría en mi hogar. Pero me atendió como a un rey. Había estado con su mujer el año anterior en nuestra casa, en una visita relámpago que apenas recuerdo. Su señora andaba de viajes y había chipe libre. Nos deshicimos jugando pool    en  una  de  las  dos  mesas  de  paño  impecable de su  salón. Comimos como pachá. Pelamos a todo el mundo. Y me dio un dormitorio grande, con una cama enorme y cómoda, donde dormí como un lirón. Para el día siguiente,   planificó una salida en auto –él mismo no podría ir, por su trabajo, pero me acompañarían su hijo, Pepo, un sobrino y un amigo de ellos-, por Carahue, Puerto Saavedra y el Budi  -que es el único lago salado de Chile y Sudamérica-, es decir, por los mismos paisajes y localidades donde Neruda se inspiró para su famoso libro “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Era un tour necesario y casi un lujo. El mejor regalo que el Chino podía haberme hecho. Y del cual le estaré eternamente agradecido, era que no. En las cercanías de Puerto Saavedra, me informé después, se filmaron las escenas exteriores de la película chilena “La Frontera”. Yo, más preocupado de Berenice, sudaba tinta negra. El paisaje rebotaba en mis ojos, negándose a penetrar en mis sentidos. Anduve como zombi por esos parajes, con la cabeza llena de otras cosas, “pensando, enredando sombras en la profunda soledad”. Apenas disfruté de la ciudad de las terrazas y de las viejas locomotoras de colección, aparcadas en una avenida. Pepo, una vez a orillas del río y junto puente ferroviario, me explicaba de los cambios tectónicos que sufrió el terreno con el terremoto de mayo del 60, al contarle yo de la muerte del papá de Berenice al atardecer de ese mismo día. Hablábamos como en un juego de pimpón. A continuación, Puerto Saavedra me pareció un lugarejo insípido. Una modesta   caleta   de    pescadores, como muchas otras.   Nada especial.  Salvo  por  esa  parte  agreste donde se filmó la película, que hace recordar, vagamente, un set natural del lejano oeste. Lo que sí embrujó mis ánimos y me hizo olvidarme, al menos momentáneamente, de mis dolores y vacíos, fue el lago Budi, con su manto de niebla, como el delicado velo de una novia fugaz. Allí sí recordé al Neruda de los poemas de amor. “Campanario de brumas, qué lejos, allá arriba! / Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías, / molinero taciturno, / se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad. / Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa. / Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti. / Mi vida antes de nadie, mi áspera vida. / El grito frente al mar, entre las piedras, / corriendo libre, loco, en el vaho del mar…” Nos regocijamos los cuatro lanzando guijarros planos sobre las aguas tranquilas del lago, haciéndolas rebotar en su espejo húmedo una y otra vez. “Patitos”, le llamábamos cuando niños. Un bote de lentos remos emergió, de pronto, desde la nada, irreal. Una instantánea surrealista. Pepo nos ganó, lejos, en el juego de los guijarros. Había una barca volcada un poco más allá, sobre las arenas, como el inmenso vientre de una ballena muerta o dormida profundamente. Y, al fondo de todo, nos saludaba la música congelada de una montaña velada de nubes en su cumbre. El sonido del mar rugiendo como un tigre en la espesura circundante, a nuestras espaldas.

    Fue el aliento necesario para poder continuar el viaje al Norte. Aunque, una vez en Santiago, fuimos con Alicia, mi comadre, a conocer La Chascona,   la casa de Neruda   al pie del cerro San Cristóbal. Y ella y su marido organizaron en el departamento una convivencia de poetas en homenaje a mí. Una velada inolvidable, en la que participaron también los tres gatos de Alicia: Champi,  Heddy  y la Kitty.

 

 

 

 

 

 

                                              

 

 

 

 

 

 

 

 

                                            

                                               26

 

                                                              Viejos muertos, queridos muertos,

                                                         ordenados como presentándole armas al silencio.

                                                                              ¿Ordenados para qué?

                                                                            Cuando ya todo es inútil.

                                                A veces, hasta el olvido se ha derrumbado.

 

 

     Pensamientos paridos en un obús, en una mañana ferrosa, para que, contraviniendo las leyes de la física, florezcan en imágenes antes de caer a tierra. De repente, me acordé de mis compañeros de oficina, de mi antiguo trabajo en el Banco. ¿Qué será de los “cabros”? Sólo he tenido, y a la distancia, un contacto irregular con uno de ellos, Juan Torres, vía correo electrónico. Ya dejamos de escribirnos. Sé que algunos murieron de cuerpo presente y otros en el tedio de sus días anodinos, insípidos, incoloros, como les ocurre a muchos. Algunos habrán conseguido otro trabajo, diferente, para lograr rellenar las tardes largas e insomnes del Norte.

     Antofagasta, que progresa cada día, indudablemente, y me alegro por ella, me suena tan lejana como el gong mínimo de un alfiler al caer sobre la nieve. Es una sensación extraña, inenarrable, como si me llegaran sus ondas esenciales desde la lejanía de otro planeta. A veces pienso que uno de los dos necesariamente debe estar ya muerto. De allí la incomunicación. Y no creo que sea la ciudad. O, tal vez, sólo estoy volviéndome más viejo; es decir, nostálgico. Esta sensación tiene algo que ver con la curvatura de la tierra. Y no es que ya nadie piense ni se acuerde de uno, sino que el otro está oculto en esta recta de la distancia, que no es tal sino una perfecta parábola. Mi hija tose allá, y su tosido me llega interpretado como a las dos semanas.

     Pero además tiene que ver con los recovecos de mi alma, que también ha mutado en estos ocho años osorninos. Es como si los pájaros volaran hacia atrás. Como si el silencio fuera la agonía natural del último muerto, del vigilante que se quedó a barrer los estropicios del planeta dejados por toda la humanidad. Es como si las banderas de lucha se hubieran contagiado con la lepra, y en vez del rojo fornido y del azul relampagueante, por no hablar del blanco, fueran simples trapos sucios que envolvieran sus llagas. Como si todo lo demás se hubiera desintegrado y no existieran más que Osorno y Antofagasta, unidos por un puente invisible e intransitable. Al menos para mí. Los ojos de este vigilante (que parezco ser yo mismo) se agotaron de dolor y ascendieron una mañana como dos paracaídas solos, ingrávidos, enormes, hasta el fondo enmudecido del universo. Mis palabras, Berenice, ni siquiera alcanzaron quizás a hacer las preguntas esenciales. Antes, fueron avasalladas por tus fuegos. Y las fronteras de todas mis dudas, derrotadas por tus pechos y tus caderas. No supe, por ejemplo, si el calor te venía de tu carne magra o desde tu alma cándida de mujer buena. Con quién me amabas, cuando me amabas. Porque tengo el pálpito filosófico, ontológico, que sólo Cristo nos amó sólo por Él mismo. Nosotros, los humanos, por lo general, amamos con otros o por otros. Si fue con tu frágil cuerpo –a veces de corza; a veces de mariposa- o con el designio de algún dios. Porque tu silencio, hijo del Gran Silencio (en el que terminan siempre nuestras disputas), marcó   el límite donde comienza este otro mundo. En el mundo anterior, los habitantes como yo sosteníamos la redondez de la realidad, cabeza abajo y con sólo la fuerza tenaz, porfiada de nuestros pies anclados. Hasta que los frutos comenzaron a dar nacimiento a los árboles, y los pájaros a volar hacia atrás, alejándose del nido. Te veía pasar llena de tus afanes y cargada de flechas por la espesa gelatina en que devino cada mañana, acompañada –sin quererlo- de un enjambre de abejas asesinas, tal vez destinadas a fecundar la soledad de los recintos. Pero como yo te amo, no dije ni menos hice nada. El cielo ya estaba repleto de paracaídas. El cielo estaba deshabitado de estrellas. Más abajo aun, era la dolorosa agonía de las matemáticas. Los números caen muertos por miles, por millones, como moscas, desde los cálculos y los balances y desde los libros de enseñanza. Se desprenden incluso de la memoria de los hombres, quienes sienten un viento de golpe, un vacío en sus cabezas. Y si no se aferraran a la tierra, también se elevarían hacia el infinito como los paracaídas. El mar, los barcos, los pizarrones de las escuelas, las níveas estatuas de los parques que ocultan con pudor sus várices azulosas (por estar toda la vida de pie), todo se despedaza en el caos de esta nueva geometría sin leyes. Sólo tus senos –como dos flechas puras- conservan sus puntas de acero. Sólo tus ojos tienen un amanecer seguro. Y por encima de los cementerios, retornan, volando alegres a tu casa, las abejas asesinas.

                          

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    En los albores de la Edad Media (y no me refiero a la nuestra Berenice, sino a la de la humanidad toda), la banca ocupaba una importante función social y financiera. Los “cambistas de monedas” se instalaban con una banca a la entrada de los pueblos, los días de feria, cuando intercambiaban las comunidades de aldeas diferentes animales en pie, mercaderías, semillas, frutos y productos diversos. Al principio, bastó el simple trueque. Una oveja –por ejemplo- por dos o tres sacos de trigo. Pero al no poder ponerse de acuerdo, ya sea por el carácter de los aldeanos, las diferencias de las lenguas que ellos hablaban o, simplemente, por los rigores climáticos que “elevaban” el “precio” del trigo o impedían la abundancia de ovejas, se hizo necesario darle un simbolismo al valor de cada cosa. Y tenía que ser un simbolismo duro, durable o perdurable, y que satisficiera y diera confianza a todos. Algo sólido y fácilmente transportable. Y así nació la idea de acuñar monedas. Esos cambistas tenían entonces en su banca (el mueble, literal)  monedas de todas las comunidades de la región y servían también de notarios o de ministros de fe de que tales monedas eran verdaderas y legítimas. Y cobraban por todo ello una “comisión”. Con el tiempo, y por lo peligroso de los caminos, llenos de asaltantes, hubo que ingeniárselas con un sistema que evitara que tales dineros cayeran en otras manos y así perderlo todo. Y se crearon, entonces,    cajas    fuertes   (por lo general,    en los castillos

fortificados o en los templos) y se entregaron al “portador” un valor “nominal” que aseguraba el poseer esa fortuna en resguardo. Los compradores ya no tenían que acarrear las monedas a los mercados. Y si esos papeles nominales eran robados, podría darse aviso a tiempo y quedaban así nulos. El nombre de “Banco” nace de estas bancas, así como la palabra “quiebra”; que era lo que hacía el cambista al arruinarse: tomaba un hacha y partía en dos la banca de su trabajo. Bueno, y después se diversificaron estas labores y los cambistas empezaron a prestar dinero, a hipotecar casas, a recibir depósitos dando a cambio cierto interés, etc. Y como movían grandes sumas de dinero, levantaron tiendas especiales, con una caja fuerte –que por lo general, se ubicaba en la parte más recóndita del “banco”, para hacerla menos accesible a los asaltantes- y todo el mobiliario para que los empleados trabajaran en un ambiente cómodo.

     No puedo ser injusto. Fueron 22 años. Si bien fueron muchos, llenos de ingratitudes, de sinsabores, también me dieron la tranquilidad económica que necesitaba yo y mi familia. Y aunque el sueldo no era gran cosa, me di algunos gustos (como los viajes) y tuvimos varias comodidades en casa, gracias en parte al sueldito de cada mes. “Poquita plata, pero segura”, como decía Enrique Maluenda, el animador de “El festival de la una”. Se educaron nuestros hijos, compré un vehículo, publiqué algunos libros de poesía y  compré más de trescientos de otros autores, muchas revistas y diarios esenciales, entre otras cosas. Pero también estuvo la parte intangible, espiritual, la parte más humana. Los amigos que hicimos, o que dejamos de tener dentro de la “pista” o del ruedo diario del trabajo. Las anécdotas sabrosas. Los incidentes. Los partidos de babifútbol. Y un largo, largo etcétera.

     Pero la vida misma es así: de dulce y de agraz. Uno se pasa la mitad de la vida haciendo cosas y la otra, tratando de explicarse a uno mismo –o a los demás- para qué diablos sirven, para qué o por qué las hizo. Y algo de esa sensación me dejaron los veintidós años de banco.

     Yo era un empleado del montón. Creo que hice un trabajo honesto y justo. Fui el poeta, el maestro ajedrecista, el arquero del equipo A de babifútbol (salimos tres años consecutivos campeones del Torneo Interbancario) y el hombre de todas las consultas gramaticales (por mi formación humanista; siendo el único de los empleados que venía de un liceo y no del Instituto Comercial) y el de los discursos. No poca cosa. Pero no siempre se acordaban los demás de mis créditos. Qué importa. Eran todos buenos muchachos (como decíamos). Hasta me gané el primer premio en un concurso interno a nivel nacional, aunque se extravió y nunca tuve en mis manos el diploma, pese a que fui a la Federación de Sindicatos del Banco a reclamarlo. Sólo conservaba (ahora también lo perdí, como el resto de mis cosas) el diccionario enciclopédico, que era la otra parte del premio y la menos importante para mí. El día que llegó la valija interna, temblaba de emoción. La noticia salió en la revista “Trabajito”, nuestro órgano oficial. Donde también salió publicada una crónica  con motivo de la publicación de mi primer libro de poemas, con las respectivas felicitaciones. Obviamente, también me di a conocer a nivel local, entre los bancos de la ciudad. Hubo otro poeta bancario, en mi tiempo, y era del Banco del Estado. Luis Muñoz. Pero yo fui un poeta que trabajaba en un Banco. Él, un bancario que escribía poesía. Años más tarde, una tarde aciaga, me enteré que nuestra empresa había sido vendida al Banco Osorno y La Unión (¡otra ironía más del destino!). Y como ocurría siempre, los empleados del Banco comprado tarde o temprano tenían que emigrar. Llegaba la cortadera de cabezas, para abaratar el tremendo costo que significa comprarse un Banco. Yo era el quinto en antigüedad. La Gerencia General ofrecía un apetitoso bono a quienes se retiraran pronto, quedando establecido el período, que era corto. Luego de eso, tendrían que irse sólo con el cien por ciento de sus años de servicio. Ni un peso más. Fui el primero en dar un paso al lado. Y arrastré conmigo a varios otros valientes. Lo conversé bien con mi mujer, y nos decidimos. Durante años tuve pesadillas con el trabajo. Soñaba que me quedaba dormido para un día de pagos en Mantos Blancos.

    Y vuelo, desde Osorno, ahora como un fantasma de mí mismo, hasta el ala izquierda que ocupábamos en el Edificio Centenario y a un costado de la monumental silueta neo-clásica que es Correos y Telégrafo, frente a la Plaza Colón. El Banco no existe. Sus dependencias están llenas de polvo, vacías. Y corren de nuevo por los pasillos, escaleras arriba, sobre los armarios también fantasmales, los mismos pericotes del local primero, junto al Banco Central. Que, por su parte y hace mucho más tiempo, es otro cadáver. Entro, en medio de los aplausos. Han encendido todas las luces y encerado hasta el último de los rincones. Los ratones –como es un día muy especial-, andan de vestón y corbata. Todo luce resplandeciente como en el día de la inauguración: con un escritorio, un teléfono, una máquina de escribir y otra de sumar para cada empleado. Parecía una broma del Día de los Inocentes. Saludo a todo el mundo. Nos abrazamos. Los más sensitivos, lloran. Se me caen varios lagrimones. Me abrazo a cada uno de los vivos, ahora más canosos, más gordiflones y pelados; y con una no menos larga lista de muertos, que han llegado a la cita con el permiso de la morgue o del cielo, según sea el caso. Todos están posando para la fotografía de la inmortalidad fatal y para la historia que siempre escriben otros, los que no han vivido las cosas, y que –por lo tanto- la falsean a su amaño. Pero hoy día no estamos para criticar a nadie. Se mueven, caminan, trotan, tosen, estornudan, fuman un   cigarrillo,   echan   la talla precisa,   pensada   en       sus

respectivas tumbas. Ríen, chacotean en grupos de a seis, de a diez. Corren a formarse en cuatro, en cinco escalones humanos. Confundidos los vivos con los muertos. Somos, por fin, iguales. Hincados en el piso,   sentados en las sillas,  subidos a los mesones en línea. Los guardias, de riguroso uniforme azul paquete de vela, el bastón y el revólver reglamentarios al cinto. También los juniors. Los apoderados. Los jefes de la oficina. El personal en general. Y los estudiantes en práctica; esos que estuvieron sólo una corta temporada. Además, y finalmente, los choferes. El de planta, y los tres o cuatro que tuvieron los contratistas. Las pocas mujeres contratadas en los treinta años. Todos posan ante la lente. El único que no saldrá en la foto soy yo, porque tomaré la fotografía, haciendo el encuadre preciso y precioso. A mis espaldas, cotorreando, pelándonos a todos (especialmente a mí) están las compañeras de todos nosotros. Esa especie de personal invisible del Banco. Están, claro, dirigidas una vez más por Margarita de Ojeda, que es como la presidenta vitalicia de todas ellas. Lupe y Rosa se han hecho amigas, y me descueran para qué te digo. Y lo sé, porque me arden las orejas y me tiembla el pulso. Y siento una súbita necesidad de correr hacia el baño. Al centro –como emperadores romanos- están sentados los gerentes.

      En  ella no se reflejarán tantas escenas subyacentes; dramáticas algunas, cómicas otras, y, la mayoría de ellas que apenas darían para un chascarro pasajero. Como cuando alguien disparó una pistola de un guardia, después del cierre al público de las 2 de la tarde, creyendo que el arma estaba sin municiones. Yo mismo, y gracias al hijo de un suboficial retirado de Carabineros, pude reponer la munición, antes de que “saltara la liebre”. Tampoco saldrá en la cartulina a colores, la remodelación de la oficina. Cuando nos teníamos que tragar todo el polvo y el ruido de los taladros, por las tardes. En las mañanas, y sólo para la clientela, todo volvía más o menos a la normalidad, gracias a efectos de utilería y maquillaje. Menos figurarán los robos y desfalcos de dineros. El choque de la camioneta blindada (que ya les adelantamos), de vuelta de Mejillones y contra un convoy del ferrocarril.

     Estamos listos, ha terminado el recuento. Siento un frufrú de sedas a mis espaldas, el roce de los nilones de las medias y el bisbiseo de los labios de las mujeres. Los muertos se muestran más inquietos que los vivos, porque deben retornar pronto a sus tristes tumbas o iniciar el gran planeo más allá de la estratósfera, donde comienza el Cielo. Y esto de juntarnos de nuevo, después de tantos años, “¡buenos muchachos!”, los excita de sobremanera. Las ratas han suspendido su habitual labor predadora de alcantarillas. Están con una pinta que “matan”. Ellas servirán los tragos, al final. Y esperan ansiosas para destapar el champán. Los rincones   volverán a llenarse de polvo, telarañas y humedad.

Afuera, la vida está congelada por obra y gracia de la magia.

Los minuteros del Reloj de los Ingleses, detenidos, sin tiempo, reúnen en sus vísceras metálicas, por mientras, las campanas. Y los transeúntes semejan estatuas en las calles aledañas y en la Plaza. Ninguna brisa mueve las hojas de los árboles. Y cuando voy a apretar el obturador, justo en ese momento, siento que alguien me aprieta el brazo, cerca del hombro.  Es el minero de Taltal, es mi padre, mi papá, mi “taita”… “Hijo”, me dice. Y leo en su mirada difunta su pregunta clara y precisa. Le respondo con pena, casi llorando. “¡Lo siento, papá!”. “Es sólo para el personal de la oficina”. “¡Mira, si hasta nuestras mujeres han quedado fuera!” Entonces, iluminándose mi ampolleta, le paso, le dejo la cámara en su manos temblorosas, olorosas todavía a pólvora, a barretín, a mariposas metálicas, y dándole un golpecito en los huesos de su espalda de muerto, sonriéndole después de tantos años. ¡Espera!, alcanzo a gritarle, mientras me deslizo de un salto, a estirarme cuan largo soy en primera fila, acostado en el suelo. Todavía soy el conductor, el maestro de todas las ceremonias, el poeta, el ajedrecista cabal y el hombre de los discursos. Así es que haciendo, por última vez, uso de ese privilegio que nadie me dio, que me lo fui ganando yo solo, desde Osorno, desde el remoto Sur de la patria, mando y ordeno: “¡Sonrían!”, “¡no se muevan!”, “¡repitan conmigo...W-H-I-S-K-Y!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                      

 

 

 

                                                       27

 

     Al llegar a la bocacalle de Angulo con Lynch, tus pasos podían decidirlo todo (aunque tu corazón ya venía dispuesto o negado desde que salías del liceo, o quizás antes), si continuabas bajando por Angulo o, por el contrario, seguías de largo por Lynch, hacia tus hijos, hacia tu casa. Si la tarde, nuestra tarde, la gran tarde iba a ser feliz una vez más, con sol ardiente por fuera de todo el barrio, o lluvia áspera sólo por dentro de mi pieza. Si íbamos a amarnos. Si tomábamos o no una taza de café bajo las sábanas -ellas como hermanitas de la caridad- y nos fumaríamos varios cigarrillos ¡y cuidado, no te vayas a quemar! Y todo eso bajo las miradas siempre maliciosas del vecindario. Me dijiste un día: “Parece que aquí al lado es donde  Artemio manda a arreglar su vehículo”. Las malas noticias siempre llegan primero y se mueven rápidas. Ese hombre, el de taller, me mira de arriba abajo, concluyes diciéndome. El hombre te mira, te aclaro, calmándote, porque eres bella, eres rubia y él es un viejo verde, un lacho de mierda. Se le cae al suelo la panza de lo obeso que está (y también el bonete, el librillo y el cuajo). Pero ¡no le hagas caso! Tiene plata y se cree un galán. Y, a mi vez, trato de concordar con ella. Más peligrosa me parece esa señora chica, de pelo largo, versión femenina de Adrián de los Dados Negros, y con quien me encuentro   en  todos lados  adonde   voy.    Y me la imagino

repartiendo la copucha como si fuese periodista de CQC.

     Antes de llegar tú a la esquina próxima, ya te estaba esperando con la punta de la cortina levantada para verte avanzar a paso vivo a la distancia, bajo los semáforos y contra las matas de nalca, entre los peatones y vehículos, con tu andar recto de corza, el culito bien parado y la vista fija en la acera. Y yo pensando que, si no hubieras venido, si ya fueras a seis cuadras de aquí, por el lado oculto de la Luna, no solamente estaría triste, sino solo. Estás a metros ya. Y espero el repiqueteo de tus uñas sobre el vidrio de la ventana. Y me acuerdo de los pollitos, las tiernas aves de mi infancia. Tales ellas, como yo, se ponían de contentas al verme llegar con el trigo de tu sonrisa, yo, y el de los granos rojos, ellas. ¡Qué feliz es mi alma con esa musiquilla de tus manos! Era la misma ventana ciega y triste de mi soledad de otros días, el poro infinito abierto hacia el sonido sordo de cilios de la calle. ¡Y todo lo cambias con tu presencia reparadora! Hola, cómo estás. Tu voz ronca de edad y de tabaco. La sonrisa oculta debajo de tu cabellera crespa, y que hoy se asoma. Tus labios ya adelgazándose de palabras agotadas, de tantas, tantas, tantas clases en el liceo. Tus ojos verdes aureolados del mismo tono o en un pálido crepúsculo rosa. Encendiendo el primer cigarrillo en la pieza, como dando inicio oficial al ritual del encuentro. La máquina, sobre el escritorio, toda sudada de metros, de quintales de poesía. Rimas asonantes que nunca supieron valorar con exactitud lo que somos y lo que valemos, por separado, y juntos. Ensayos de algo mayor y definitivo.

    Habitualmente,  mis  impulsos   ciegos tendían a sentarme en la cama, desprendiéndome de inmediato, con rápidos tirones, los cordones de los zapatos. Tú, en tanto, vislumbrando todavía el living de tu casa por el agujero de la mirada, (en un sillón sentada Beatriz, sola, llorando), recién, cuando me veías bajo las tapas, (puesto ya el toallón que tapaba el vidrio en lo alto de la puerta y estirada bajo mi cuerpo desnudo la amplitud de la bata verde), recién reaccionabas, despertando hacia este mundo: con la lentitud parsimoniosa de una pantera, de pantera ya segura que la presa no se le arrancaría de sus garras, comenzabas el lento ritual de sacarte todas la joyas, los anillos innumerables, la pulsera, los pendientes, el reloj, y, luego, a desvestirte, prenda a prenda, como si tu entrega a mí fuera una inmolación a un dios azteca. Te quejabas de frío, con la estufa encendida al máximo. No vayas a gritar, me rogabas, por anticipado. Las paredes tienen oídos finos. Eran fríos que venían del interior de tu cuerpo, de tu mente, de tu temperamento, negándome de paso la contemplación preciosa del revolotear de tus dos palomas, dándome las espaldas, a pesar de los años que llevamos amándonos. Cerrabas los ojos al beso iniciático, y te dejabas conducir suave, apaciblemente como las góndolas enlutadas de Venecia, en medio del oleaje de mis euforias. O si yo aun no terminaba de fumar el cigarrillo del preámbulo, aprovechabas de dormir unos instantes que me parecían después eternos.

     Te   recuerdo  ahora  en  Santiago de Chile, a dos años y a casi mil abrazos de distancia. El universo está lleno de agujeros de gusanos. Los pensamientos van y vienen, como los ovni. A veces, se superponen o comparten un espacio o un tiempo común. La tarde se ha marchado como las nuestras de entonces. Estoy rodeado de libros ajenos sin el perfume de ti y en el mismo aire contenido tuyo. Ellos reagrupados, compactos, como una masa tan blanca y anónima, que no sería raro que rompieran de pronto a balar. Me duele atrozmente el pecho del exceso de cigarrillos. Acabo de despacharte la carta N°20, que  enumero, por si alguna de ellas cae en poder de la Gestapo. Pensé que me llamarías hoy. Se me encrespa la desazón en torno a tu cabellera, que se ha ido recortando según el orden de las fotografías colgadas de la pared. Te ausculto, lejana sirena mía, resplandor de toda carne. Adonde fui, siempre entramos juntos. Esto parece otro planeta. Y yo, el primero, el  Neil Armstrong que lo ha hollado con sus pies. Cuánto echo de menos tu tikitikitikí de uñas en estos vidrios de Amunátegui, todos sucios de smog por fuera. Y cuando se me viene encima toda la avenida de gentes, de ruidos, de luces, de metales, de dolores y olores por la angostura de mis venas, cuando me estalla en la cabeza este absurdo orgasmo sin Dios, siento que el último tren se ha marchado al purgatorio, ángel mío parado en una pata. Y te abrazo en mi soledad, hasta descalabrarme yo mismo los huesos. Cuando echo mi aliento de moribundo sobre tu hálito imaginado de lavandas, las aguas sobre el horizonte vuelven a ser informes, y se deshojan –hasta desaparecer- las mariposas en el aire. Ya no soy –me digo-, apenas me siento. Me divido, me extermino. En la grabadora, canta Miguel Bosé, y las nenas de la casa, hijas de  mi  patrona peruana, juguetean con una pelota en el

pasillo   del   primer   piso   con berridos   de cabras salvajes.

Retrocedamos, volviendo a lo mismo. A ver si ahora sí. Un poco más todavía. Muévete agujita hacia un lado, hasta ensartarte en mi pensamiento de pajar incendiado. Anillos de humo y de felicidad sobre el que respira. Ahorremos un poco de vida para cuando estemos muertos y podamos sobrevolar nuestras tumbas y alcanzar a abrazarnos. O por si algún día decides dejarme, alejándote por Lynch sin retorno. ¿De quién –dime- quedará huérfana y para siempre la taza de café que sólo tú usaste y a mi lado? Me sonríes, rubia. Es la misma sonrisa fija sobre el marco en la pared. Esa del peto negro y el gran collar de cuentas falsas, que olvidé trazar en mi dibujo de ti. Ya te marchas y se ha acabado la tarde. Quedan sólo los anchos espacios de esta sangría. Estas márgenes donde la marea –a fuerza de ir y de venir- le arranca arrugas no ya sólo a la ribera de los rostros dibujados, retratados, sino al tiempo total mismo.

    El uno de diciembre es el día de tu cumpleaños. El sol, como un radiante zagal, viene arreando desde el cerro la mañana de Sagitario en un blanco piño de ovejas. En la calle, los plátanos  orientales, los cerezos florecidos desde agosto, todos los aromas retorcidos y silvestres, luchan contra el esmog, se exaltan, primaverales, para cantarte. No sé qué pájaros reemplazan aquí a los queltehues nuestros de Osorno. Por mi parte, le saco filo a las imágenes, a las metáforas, porque debo competir contra el anillo de oro que te regala él. Es una lucha desigual. Y tengo que hacerlo a escondidas del mar y del desierto. Los  muy  celosos no me perdonan jamás la   lejanía  y   el   haberme   ensurecido.  Que le dé ahora las espaldas a los puertos. He renunciado a tantas, tantas cosas –y a personas- por ti. Mientras tú desenvuelves el paquetito crujiente, pequeño, pero codiciado. Tus ojos buscan los destellos bajo el papel. Ninguna tarjeta acompaña la cajita forrada en felpa. Y cuando la ves por dentro, cuando miras con todos tus ojos la gema, las tres puntas esmeriladas son como los filos de la Pirámide de Gizeh. Luego, no sé qué pasa. Las horas pasan lentas como una caravana de camellos. Y a la semana siguiente, me llamas, refrendándome tu amor. Yo siento que la aguada entre los dos está secándose. Un poema de amor contra una realidad dorada. Y en medio, tu dedo, solitario y sin dueño. La mitad de tus silencios me pertenece, Soledad de los Ríos. Pero nada o poco sé de la otra mitad. Tienes miedo. Miedo de vivir. Miedo de hacer cosas. El pavor escénico del calendario te aja cada día la piel. A veces, me pareces la baraja de un solo naipe repetido. Dicen, por un lado, tus cartas: “Estoy cansada. Necesito dormir”. Por el otro: “Me presionas demasiado”. Enemiga del par, de ese 2 que es el universo todo, y la base en que se sustentan las columnas que marchan a plenitud, alejándose del templo que las esclaviza. Cuando me niegas, estás negando a Dios. Lo sustantivas, como dice muy bien Arjona. Yo ruego cada día porque no se enferme un perro en tu casa, y puedas venir a verme. O llamarme, ahora que estoy lejos, del otro lado de la pared. Ya el chaparrón primero de diciembre se agotó de caer sobre los tréboles y las hortensias. Ya   eres   feliz   con tu nuevo anillo   (¿habrás hecho alguna concesión para ganártelo?), y fue consumido el aguacero por

la sed inmensa de la tierra. La tierra siempre tiene sed de lluvias que todavía no se producen. Sólo falta que me sacies a mí. No es necesario esperar que los muertos nos invadan  hasta en el sándwich diario o a que los pájaros vuelen hacia atrás, alejándose cada vez más del nido. Como tú pareces esperar por algo extraordinario. No sé. Que se abran los cielos y suenen trompetas. Que tú –o yo- nos saquemos el Kino. ¿Y qué de la voluntad más acá de la cifra redentora? ¿Y qué del afecto, más allá o más acá de la eterna lucha entre el poema y el anillo? Si tú te decides, te espera la nave completamente empavesada de las gemas de mis versos y el café humeando en la sentina de nuestras sábanas., Ven hagamos puerto, que tanto pavimento me resulta fatal; tanta catedral de vidrio, cuando sólo Dios nos conforma y basta, y nos sobra para ser lo que ya somos. Ven a contarme con tus dedos cuántos años has cumplido, sin la joya; incluso, sin el poema. Porque sabemos ya los dos que naciste quince días antes de tu parto, antes que inventaran la memoria tuya, y que eres tan especial.

     Estoy contigo en calle Brasil, pero también aquí en Amunátegui, cerca de la Estación Mapocho, bilocalizado por la gracia de Dios. Es sábado. Paso, repaso la lista de los mismos rincones, comparándolos o haciéndolos únicos en mi memoria egoísta. El viejo patio del duraznero agusanado sobre las percudidas baldosas, dos veces enorme patio. Mi pieza solitaria de dormir. La escalera al segundo piso, que ya me sé de memoria. La  subo y  cada  crujido de sus peldaños

amenaza   con   morderme   los talones  (pero cariñosamente,

como lo hace una mascota con su dueño). Berenice, la puerta de mi pieza es demasiado ancha, blanca y grande, de doble hoja de aliento, como para que pase cómodamente un ataúd tirado por cuatro percherones negros. Con carruaje y todo. Te lo cuento por si me muero aquí y tienes que venir a atender a mis gusanos. Hay ropas desmayadas sobre cajas de cartón. Toallas azumagadas de humedad que cuelgan desde clavos en la pared parietal. Los dibujos que te hice –especialmente ése donde me quedaron tan grandes tus ojos, que me dijiste que parecías una extraterrestre-, no me permiten dormir de noche.

     Salgo a caminar, ante la posibilidad de volverme loco sin ti, casi todos los días, caminando hasta la Plaza de Armas, con el jinete sin riendas de don Pedro de Valdivia (que parece uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis). Prácticamente, no voy más allá. Salvo a la Sech, a mis clases de narrativa. Me paseo, despreocupado de todos, entre los transeúntes anónimos. Entre las muchachitas emperifolladas para los soldaditos de plomo en su día franco (y que tienen que volver más livianos al cuartel). Entre los vendedores de chucherías. No están tus anillos allí. Y paso a deleitarme con el juego de los ajedrecistas en la pérgola (que abandonan en casa a sus señoras, para ganarse una dama de plástico o de madera torneada). Los charlatanes de un cuantihay. Los dibujantes de rostros (éstos, sí, profesionales; sin pesadillas nocturnas). Las gitanas pedigüeñas. La colonia peruana a un costado  de la  catedral  de  piedra  y  vidrio. Y  cuando    me

aburro    de    todo    esto,    de  todos  estos  seres  aun    más

desencantados que yo, vuelvo dando silenciosos alaridos de pavor a mi pieza de hombre solo. Pongo en la Olivetti una hoja en blanco y me suicido en el papel. La poesía anda lejos. Tampoco viene a verme. Tengo que haberla espantado con el humo de mi tabaco. O haberla hastiado ya con mi hastío. Me hace pagar muy caro estas crónicas de un abandonado. Cuando pasan los buses a cada rato que pasan, esperando el cambio de semáforo en la esquina con San Pablo, todo se vuelve un temblor de vidrios, de ventanales, y cae el tizne sobre el papel y sobre la incierta metáfora. Los edificios de enfrente tapan el sol y apenas me permiten dos horas de luz intensa. Una primavera que acaba pronto, y se oscurece a partir del mediodía, como en los países nórdicos. Yo quisiera llamarte más seguido, pero luego las monedas escasean para el pan o los cigarros. Por eso te escribo dos cartas a la semana, con una puntualidad británica que el Correo se encarga de latinizar en las entregas. Me emborracharía con gusto cada noche, mas no lo permite mi salud. Mi corazón ya bombea flojo. Y me sumerjo en la lectura de los libros de otros para revivir vidas más intensas e intrépidas que las mías, y que parecen de verdad. Descubro en ellos un nudo de víboras y un otoño del patriarca. Un mundo feliz junto al altar de los muertos. Trenes que se van al purgatorio, aburridos como yo de esperarte. Y más al fondo, el desusado elogio a una madrastra,  cuando las sombras dan contra el muro y ya es muy tarde. Se me cierran los   ojos   físicos,   gimen  entre  sus   algodones  mis versos

sufridos,   mis   viejos   papeles   insepultos.   Lágrimas mías

hechas ya polvo. Recibos de arriendo lisiados. Un Cristo en la pared, que debe extrañar –como yo- su tierra lejana, donde se doran al sol de la tarde el paraje sencillo y las semillas. Me parece sentir en el muro, entre dos trepidaciones de buses amarillos, colosales, como una flor nocturna que se cierra de golpe, me parece sentir tu mano que me acaricia. Pero no. No te has movido con tus ojos de extraterrestre del muro. Debe estar buscándome tu alma, desesperada, sin que tú misma lo sepas, porque duermes. No te pueden atrapar mis falanges, los huesecillos de mis tiernos dedos de enamorado.¡Qué hacer! Dejo la máquina y retomo la novela que leo cada noche como un antídoto, como un somnífero para este veneno de la mala hora que serpentea. Han terminado las noticias en la tele y todos los oyentes parecen aliviados, como si con ello se hubieran sacado del pecho la terrible noticia de algo peor. Me esperan las sábanas frías y la palabra sin resolver del puzzle del domingo. Nada sabes de esto. Ni te lo sospechas. Está bien. Adiós. Hasta mañana. Voy a llegar tarde al andén de las pesadillas, y no puede ser. No hay otro conductor ni otro pasajero. Debo reportarme a tiempo, adiós. Y se esfuma tu rostro. Como cuando nos encontramos en una calle cualquiera de Osorno, y me saludas: “¡Hola, rubio mediano ceniza profundo!”  Por mi tintura de mil quinientos pesos y con la que he querido parecerme más a ti aun. Una vez, un comerciante amigo de ustedes, del matrimonio, cuando me presentaste,   creyó   que   yo era tu padre.   A los pocos días, decidí teñir mis canas de carcamal. Entonces, una señora del vecindario tuyo me tomó por tu hermano. Eso está mejor, me dije. Hermanos de leche. Hermanos del mismo amor.

 

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      Como cada sábado, voy invitado al departamento de mi comadre Alicia Vásquez, en un carro de la línea 2 del Metro. Y temo quedarme dormido y pasar de largo La Ciudad del Niño (que, en cierto sentido, ya ocurrió de verdad). Y voy bajando por la Cuarta Avenida, en San Miguel. Comparándola, por la soledad y los árboles y los escasos transeúntes, con la calle Bilbao de Osorno. Y Rodríguez de allá debe ser la Tercera de aquí. Y ese río de vehículos de la Gran Avenida, que he dejado atrás, humedecido de emociones varias, la Mackenna osornina. Osorno completo es San Miguel. Aunque Osorno es más húmedo, más arbolado, más pantanal y desarticulado en su croquis urbano, en su proposición de urbe. En invierno, me salen sabañones hasta en las orejas; respiro agua; y la lluvia, con rachas atravesadas, traicioneras, se ríe de mi paraguas y me moja entero, hasta el trasero. Te voy soñando, Berenice, bajo los plátanos orientales, imaginándote aparecer entre los árboles, sonriéndome. De repente, el ladrido de un perro tras las rejas de un antejardín, me saca violentamente de Osorno. Me da vuelta el corazón, devolviéndome a la realidad sanmiguelina. Es el preámbulo de lo que vendrá con el resto del día. Cuando  llego  al departamento de Alicia, la gente de la casa todavía trafica en pijamas. Mi comadre, roto ya el espejo en el salto de su cama, me interioriza de la Orden del Día. Sí, como en un regimiento. Me dejo llevar y traer como un perro lazarillo para su ceguera propia, a expensas de mi soledad sabatina, y contigo lejos. Me siento como el tigre, sorprendido, al hallar abierta la puerta de su celda, de su jaula de rayas férreas, y es tanto su asombro felino, que no atina a escapar. Repaso con Alicia los últimos eventos, los capítulos postreros de su drama laboral. El jefe de UTP, de hígado envenenado, que no la quiere dejar en paz. Y le cuento, entonces, para hermanarnos, de mi propia renuncia, y antes que me despidieran, a una empresa de ilusiones vendedora de libros (Barsa-Planeta). La miro de golpe a mi comadre. Miro la línea de sus pómulos, el rictus de su boca y la triste huella de su entrecejo. ¡Qué viejos somos los lagartos! Me llama Berenice. Hablamos con Berenice por teléfono. Nos gritamos hasta escucharnos las palabras sordas de tanta edad, antes del aperitivo del almuerzo familiar, cuando las lechugas hieren la garganta de  tan suaves y tiernas que son, desdentados ya de nosotros mismos. Pasa a sentarte. Emilio. Se va a helar la sopa. ¿Y Gustavo? Gustavo almorzando solo en su pieza, pegado al computador. Y somos de nuevo tres a la mesa. El eterno 3 que me persigue desde la infancia. El tres exaltando la soledad del UNO. Mis lóbulos hace rato que funcionan como el instinto de un lobo estepario. Y me duele la amistad de esta mesa. Me arrepiento de no haber huido con el tigre, luego que descubrió la reja de la jaula abierta; y al recordar que era, no tigre tan solo, sino animal prisionero. Me duele al desgaire de la propia familia que he perdido y de mi incapacidad de formar otra. Eso que tú no has comprendido nunca, Alicia. Me duele el contacto de los codos compañeros a la mesa y esos filosos cuchillos del mondar.

      Después de lavar los platos, y de limpiar casi toda la cocina, nos fumamos un cigarrillo de cara a la logia, con Alicia, contra las celosías, porque Emilio, encerrado en su pieza, no tolera el humo, mientras te leo un poema, comadre. Hay que encontrar el hilo de la salida hacia la tarde, que está perdido en medio del ovillo. Pero no hay caso de resurrección. Se continúa triste, a expensas del paisaje lindo y del calorcito agradable del día. Y, de pronto, te llaman a rescatar a un gato atrapado entre las ramas espinosas, a dos cuadras de distancia, cerca de la Gran Avenida. Y luego hay que ir a alimentar, a atender los perros del canil, de esa empresa de amor perruno que Alicia sostiene a puro pulso y casi ella sola. Visitar en la Quinta Avenida a “Aldebarán”, con sus lacerías, con sus tumores. El viejo doberman está agonizando. Hay que tomar onces después. Despedirse en los rieles del atardecer.

      Es porque me falta el “corpus” de una familia, que me duele ésta, la que me adopta cada sábado por medio día. Y ardo en ganas de verte, Berenice. De verte como a Venecia, con sus góndolas. Es cuando más siento ausente en mí el esqueleto esencial de la vida. Se me van estas sensaciones, adormecidas tras los cristales del Metro, palpando con la vista   ya   herida   los   letreros   de   la   FELICIDAD,     los

espectáculos que engañan con ternura a las muchedumbres, pero que dejan fuera al individuo solitario, como yo. Tú ya duermes en tu cama de Osorno cuando recién llego a mi pieza. Y siento, al entrar en ella, la patada feroz, la coz inmensamente animal de la soledad. Todo el aire caliente y concentrado en un mitin de mariposas metálicas, como cuando para la muerte de mi padre, el minero. Siempre vas dos pasos delante de mí. Me encuentro todavía a dos estaciones del sueño, ya metido debajo de las sábanas. Y mañana recién emparejaremos nuestros tiempos distintos, sólo porque es domingo, y en domingo el reloj no tiene punteros ciertos.

      Sé que no te gusta que hable de cosas tristes. Debería haber sido mejor payaso de un circo, y así te agradaría más. Pero te enamoraste de un poeta y de un hombre irremediablemente solo.

     Cuando te levantas al día subsiguiente, temprano, para ir a trabajar al liceo, yo recién comienzo a dormir.

                   

     Así fue como sucedió. Y atardeció y amaneció el día sexto.

 

 

                                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                     28

 

     Se desencadena tanto silencio en la casa deshabitada a esta hora –diez de la noche-, que las tablas del piso inferior devuelven los ruidos de los supuestos pasos con memoriosa alta fidelidad. Parece que anda alguien abajo, merodeando. Y no hay nadie, como en mi alma.

     Termino de leer sobre la cama, ayudado por la luz azuladamente tenue de una lámpara, las últimas páginas de “Rojo y Negro”, donde el protagonista es otro Julián. Tienen esas hojas el clima y la tensión perfectos para un adiós que, trascendiendo de la novela de Stendhal, se cuelan en mi propia realidad, como la herencia fatal que nos dejase un muerto que no era ni un amigo ni un familiar desde el Más Allá. Y que nos sorprende dos veces, por lo mismo. ¿Qué es, empero, un adiós sino el comienzo de otro encuentro?  Habría que reasignar los papeles, me digo. Berenice, que acaba de humillarme por teléfono, dos días atrás ¿es Matilde o la señora de Renal? Mi guillotina, por el momento, es quedarme a vivir en Santiago. Ni pensar en volver a Osorno. ¿Para qué? Ella se quejaba, una vez más, de que yo la presionaba demasiado. Me decía que lo que más amaba era su libertad. Parecía disfrutar de mi ausencia. Yo, por otra parte, estoy agotado, decepcionado de todo, más hijo que nunca del  minero que fue mi padre. No logro encontrar un trabajo digno. Podría, claro, instalarme en cualquier esquina a vender tomates o antenas  para televisor.   Todavía acaricio ese proyecto grandioso en mis últimas reservas morales. Pero así, adiós al sueño de la casa propia y de vivir juntos, de leer y escribir y viajar por el ancho mundo. Le despaché cuatro cartas en dos semanas. Ahora, los pasos suenan más fuertes en el fondo de la casa. Debe tratarse de uno de los vivos que regresó. Le decía en ellas cosas importantes, casi de vida o muerte. Si quería que volviera a Osorno, después de mis fracasos en todo. Y ella ni se dio por enterada. Me deslizó un “eso tienes que verlo tú”, desganado. Y gastó preciosos minutos al teléfono, preguntándome detalles del cumpleaños reciente de mi comadre. Quien no ama ni siquiera tiene derecho a ser celoso. Contándole nuestro caso a mi tía Lila, unos días antes, ella, lúcida como un zahorí, me aconsejó (aun a sabiendas de que no le haría caso), ¡olvídate de Berenice! Ella nunca dejará a su marido ni a sus hijos. Los maridos son como una marca comercial y representan para la mujer un status social, y que no están dispuestas a perder así como así. Berenice necesita de su apoyo aunque no haya amor entre ellos. ¿Acaso todo había sido una astuta jugada de ajedrez? (Y ¡oh ironía del destino, fui yo quien le enseñó a mover las piezas!) Ellas hacen exactamente lo debido para aburrirnos, pacientemente, sólo para que la ruptura corra por nuestra parte. Y así quedar como víctimas, como inocentes palomas. Mueven los trebejos con la astucia de una raposa. Los ajedrecistas de verdad nos esforzamos por ganar una partida que pertenece sólo al mundo virtual, que es algo simbólico. Ellas, en cambio,   nos  ganan  la  partida  de  la vida, para derrotarnos para siempre …¡y que nos duela! Si, al menos, se sincerara conmigo, me alejaría de su lado no sólo queriéndola más, sino respetándola y pendiente del hilo que jamás se romperá, así, entre los dos. Y ella volvería a los suyos con la frente en alto, como la Sargento Candelaria una vez acabada la Guerra del Pacífico. El amor quedaría en limpio por la sola virtud del sacrificio. Gitana mía, me estás arrojando a la pira de tu fuego de los años sesenta, en la que ardieron todos mis asuntos y hasta un trozo de tu uña rabiosa. Él lo sabe y espera paciente a que recapacites, y no precisamente para hacerte feliz ni para entregarte el afecto que te negó tanto tiempo. El fantasma ahora entra a la pieza del lado y trajina, no sé, en un armario. Y caen unas cosas al piso, materializándose de nuevo. Tan sólo para reincorporarte a la lista de sus bienes. Porque tú eres para él, como las joyas de la Corona británica a la Reina Isabel. Las puede usar y lucir cuando ella quiera, o lo indique el protocolo, pero no puede venderlas ni regalarlas a nadie. Ni aun muriéndose Artemio Zuloaga, serás mía, lo sospecho. Y, además, estás inventariada por todo el clan de tu familia. Te obligarían a ser viuda antes que una mujer simplemente feliz. Tú me lo contaste: las Maturana no tienen amantes ni segundos maridos.

     Me siento fagocitado por esta ciudad enorme, enorme y fría. Sus calles y sus gentes indiferentes están hechas a la medida perfecta de mi próximo objetivo. Aquí, no tendría para qué sufrir la tentación de suicidarme. Me bastaría con continuar    viviendo,    para desaparecer.    Y si un día,   una

mañana de sol y ayuno, sufriera un súbito ataque de felicidad, no gastaría un par de monedas de las que no tengo, para llamarte: iría con una enciclopedia bajo el ala a la notaría aquella que ya sé, para que me dieran otro portazo en la cara, y así sanarme naturalmente. Tenía razón Neruda. No hay que caminar mucho para encontrar la maldad. La maldad está a la vuelta de la esquina, o en el parque, donde he visto, con asco, besarse a dos hombres. O cuando pasan por las sombras de un callejón, enlazadas, dos mujeres, acariciándose. Los hombres somos como la tierra áspera. Pero en nosotros sí crece la semilla que se planta y jamás en las blancas sábanas de Sodoma ni de Lesbos. Todavía puedo, con mis manos de hombre íntegro, vender tomates o parchecuritas en la calle, iluminándola.

       Esta es mi última estación, lo presiento. Mi decimoctavo domicilio terrestre, y el penúltimo. Lo supe desde niño, desde que me tomaron esa fotografía que conoces (“El niñito”, como me decías, diciéndole), en el fondo del patio de mi casa taltalina, contra un muro de cañas (de ahí salían los ejes de nuestros volantines) y junto al laurel, ahora recién entiendo por qué triste. Que no haya pena en ti. Sólo hiciste lo tuyo. ¿Recuerdas que te hablé de un sueño premonitorio que tuve hace muchos años (ambos ya estábamos casados con quien sabemos), sobre una mujer que llegaba a mi vida, ya de adulto? Eras tú. Jamás hice caso de mis propias profecías, salvo cuando les servían a otros. De ahí ese carisma que la gente dice que tengo apenas recién me conoce.  Debo haber sido,  en una vida anterior, mayordomo o chambelán de un palacio. Mi orgullo final es haber actuado siempre con el corazón en la mano, y no con un ábaco. Y si fui un buen ajedrecista (quizás mejor ajedrecista que poeta, y mejor poeta que narrador), fue porque jamás hice trampas ni me burlé del adversario derrotado. Pero ¡para qué te digo esto. Todos los muertos son buenos! Rojo y Negro. ¡Qué hermoso título! Lástima que no se me ocurriera a mí antes que a Stendhal.

      Pero si estoy equivocado en mis apreciaciones. Si mi corazón está negro de inquietudes sin ninguna razón, y me amas de verdad. Si las estrellas son realmente estrellas y no blancos paracaídas que suben huyendo hacia el fondo oscuro del Universo, como temo. Si me llamas a tu lado. O si vienes a  verme por que te lo pido. Si a pesar de todas mis pesadillas, mañana amanece, y somos dos y felices. Si no te mueres antes que yo. Si fallecemos juntos sin el intento de seguir dañándonos nunca, grábate en el alma este nombre que te doy entre todo el cúmulo infinito de estrellas, donde encontrarnos. Donde quien llegue primero esperará al otro…,para no perdernos por enésima vez. El nombre tiene que ver con el viejo doberman que agoniza en la Quinta Avenida, aquí, en Santiago, en San Miguel, bajo los tilos de hojas sucias y más adentro del candado que ha perdido ya sus dientes en el portón:    ALDEBARAN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PERROS NAUFRAGOS

PERROS NAUFRAGOS

Perros náufragos de la vida como yo,

perros que mendrugan el silencio -esa voz de nadie-

en las esquinas astilladas,

y han perdido hasta la memoria, o, al menos,

sus grandes orejas no escuchan nada.

 

Cuando uno es parte del paisaje

y las miradas de todos siguen de largo,

resbalando -gelatinosas a las 4 de la tarde-

en las vitrinas de nuestros ojos.

Un último aullido y se ahogan, perros náufragos,

en el agua del reloj.

Las dos manecillas locas, por más que se persiguen, no

alcanzan

a formar la cruz.

 

Nunca se exhumará ese día

que ha pasado a ser anónimo,

cuando dejé mi corbata colgada y muerta en vida

junto a las astillas de mis ropas de perro náufrago.

Las semillas de ti y la muerte mía

apenas se miraron de reojo en la intimidad sorda de

un closet.

 

Mañana, alguien llorará ante mi collar vacío.

Quién sino yo sabrá que existieron

las dos cuencas hermosas de tus ojos

náufragos de mí, y que así me lloran.

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos de Autor Nº 244009 (2014)

PAMPA, AMIGA LÚCIDA, RAÍZ DEL LITRE...

PAMPA, AMIGA LÚCIDA, RAÍZ DEL LITRE...

¿Qué haces allá, tan alto, tan lejos y sola,

coronada de almendras, de almenas,

en la Cavancha inmortal

de tu Iquique del alma, Cecilia Castillo?

 

¿Cuándo volverás a tender el puente levadizo,

ignorando a los caimanes, a los caníbales

del idioma, de la crítica, de la gramática,,,

y nos sorprenderás de nuevo con un nuevo libro

de tu arte, de tu entusiasmo pleno,

esta vez

lleno de valses o de tangos viudos;

como ayer, de boleros circunspectos?

 

¿Qué estará preparando tu numen, tu estro,

que se demora y todavía no pare?

Me imagino,,, me imagino,

al ver tu imagen laboriosa sobre el papel,

que es también historia desnuda:

 

la metáfora ardiendo en un fuego hecho de tamarugales.

Pícara, iconoclasta como una diablada nortina

de dislocadas vértebras y máscaras.

 

Pampa, amiga lúcida, raíz del litre;

tigresa, cuando así lo quieres,

o delicada, suavísima paloma o flamenca.

Universal y tarapaqueña,y sin embargo, sencilla.

Tan atractiva como rebelde...,

todo un castillo, lleno de sorpresas, eres tù, ¡Cecilia!

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos reservados de autor bajo la responsabilidad del mismo.

Imagen: haciendocamino2 Jpg

Migraventura Net. 

¿ALÓ...,HOUSTON?

¿ALÓ...,HOUSTON?

¿Aló...,Houston?

¡Bienvenida, hija mía!

¿Sabes por qué estás acá?

Para dar forma al gran coro celestial,

junto a Michael, y a varios otros.

Siempre admiré tu bella voz,

pero nunca tan hermosa como tu alma.

Cantarán para Mí esta primavera,

junto a las golondrinas y gorriones del Cielo,

pero el recuerdo tuyo quedará para siempre en la Tierra.

No tengas miedo.

Ahora, yo seré tu guardaespaldas.

¡Ven! ¡Abrázame!

Soy tu Padre.

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos reservados de autor, bajo responsabilidad del mismo.

POETA INVITADO: ANDRÉS SABELLA.

POETA INVITADO: ANDRÉS SABELLA.

ANDRES SABELLA GÁLVEZ.

Con motivo de ser este año el centenario de su nacimiento, múltiples homenajes se le rinden al gran poeta nortino, hermano mayor de nuestras letras, y que fue varias veces candidato al Premio Nacional de Literatura: artículos periodísticos, libros y recordatorios en vivo.

SABELLA fue un hombre múltiple: profesor en la Universidad Católica del Norte, periodista de fina pero cáustica pluma (cuando debía serlo), escritor, poeta, Hermano de la Costa en todos sus "zafarranchos", "caletas" y "mesones", columnista por décadas en el periódico El Mercurio de Antofagasta, a través de su columna "Linterna de Papel", prologuista de innumerables obras literarias, jurado de casi todos los concursos literarios, desde los años cincuenta  hasta su muerte, en 1989 (Iquique), y editor de una revista literaria llamada Colecciones HACIA, la Tierra, el Hombre y la Poesía; pero si hay una sola palabra que pueda definir mejor su semblanza de hombre, esta es la palabra PAZ. Fue autor de más de medio centenar de obras escritas, entre ellas: La sangre y sus estatuas; Chile, fértil provincia; Pueblo del Salar Grande; Poemas de la ciudad donde el sol canta desnudo; Cetro de bufón; la antología Hombre de cuatro rumbos, etc.

Este blog se suma a los justos homenajes al maestro. En su generosidad, Sabella prologó mis dos primeros libros: El jardín de las sombras y Cigarra!

Era un hombre esencialmente cabal en todas sus latitudes y meridianos. Un poeta cercano a la gente; puesto que su casa, en calle Uribe 666 (curiosamente, los números de la Bestia), siempre estuvo abierta no sólo a poetas y escritores, también a las urgencias de las tareas de los estudiantes.

 

DOMINGO EN LA BAHÍA DE NUESTRA SEÑORA.

                                 A Nibaldo Mardones y Juan Luis Sierra Aguilera.

                                 (del libro Hombre de cuatro rumbos)

 

Del opaco gemir de sus gaviotas

cae a Taltal la tarde forastera.

Taltal es una historia de madera

donde el tiempo olvidó sus viejas botas.

 

Una luz de venturas ya remotas

le entristece la sangre calichera:

se acuna el oro en una calavera...

¡En qué asfixias de horror, Taltal, te agotas!

 

Por el perdido brazo de Moreno,

el de tus "rotos" floreció bravío:

labrada fuiste en corazón humano.

 

De las alhajas de tu mar sereno

hasta los cerros de mentón sombrío,

"El Manco" siembra el rayo de su mano!

 

ANTOFAGASTA.

 

Antofagasta principia en una huella,

donde el sol fue la vívida simiente:

Antofagasta guarda entre su frente

levadura de océanos y estrella.

 

Lar de sangre y sudores en querella,

de la ambición del hombre es confidente:

todo aquí tiene pulso de torrente,

¡su historia, como un cántico, destella!

 

¡Oh, ciudad del Reloj de los Ingleses,

del Ancla augusta y La Portada recia,

rotunda de metales y de peces!

 

Eres un nido lleno de futuro:

te ama el viento, la vastedad te aprecia,

porque en ti lo esencial está maduro!

 

CANTATA ESCONDIDA EN UN CACHARRO.

 

Bebo el agua de Toconce

y en el agua bebo Tiempo;

la distancia, también, bebo,

llena de sombras y brotes.

 

Bebo el agua de Toconce

para beber los secretos

de lo próximo y lo lejos

del Ande - raíz de cobre.

 

Bebo el agua de Toconce

y bebiéndola renuevo

esa luna que en mis huesos

va muriendo a borbotones.

 

Autor de la selección y notas: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos Reservados del Autor de los poemas pertenecen a la Corporación Cultural Andrés Sabella G., de Antofagasta.

RETINTÍN DE ORO.

RETINTÍN DE ORO.

Qué cosa más inútil que el llavero

lleno de hambre de aldabas viudas,

a esta hora oscura del acontecer,,,

comentan entre sí mis dos falanges.

 

Me has llamdo, y por un instante,

tu voz remota

ha llenado de lechugas mis almácigos

que creía sin luz.

 

Ha corrido el vértice de la sombra,

como si una llave encajara en el pórtico

y lo abriera de nuevo, mi amada,

a la fe y a la esperanza ciegas.

 

Me he fumado otro cigarrillo

de puro contento,

a sabiendas, por tu llamada,

que éste me dará más salud que deterioro.

Soy mi propio médico, y me receto cuando quiero

estos paladares del sabor, a gusto.

 

Pero vuelvo al llavero, retintín de oro,

aunque ya no lo siento tan inútil.

Ahora,

ha florecido de umbrales por tu voz oportuna;

y estoy seguro, como recuperé mi nombre,

que esta noche sí saldrá la luna.

 

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos reservados de autor, bajo la responsabilidad del mismo.

ANTOFAGASTA,EN LA MAÑANA DE UN DOMINGO.

ANTOFAGASTA,EN LA MAÑANA DE UN DOMINGO.

La mañana del domingo se asemeja

a las arenas inertes de una playa

que recobra su conciencia de abandono, su estancia fatal.

Las olas parecen desmayadas tras la juerga de anoche

y la luna es igual a un recorte de cartón de ella misma.

Los hombres duermen en sus altos nidos de araña

y el sol anda, inevitablemente despierto, sediento

de conversar con alguien. No encuentra a nadie.

Toda su solemnidad es inútil vaso vertido, copas de vértigos desnudos.

Su redondez inmensa, simple artilugio de utilería.

 

Y, sin embargo, este es el Norte: infinito, pleno, indómito;

es el tráfago, el descalabro de Antofagasta,

ensimismado de cerros,

coronado por un ancla tan soberbia como maciza.

¡...Y el sol, entretanto, ocioso! ¡Sencillo mortero de piedras!

Silencio y soledad son hermanos a esta hora, enmascarados

por la sal del mar y del desierto inhóspito.

Al frente, casi abrazando el infinito, el istmo,

las islas guaneras, el roquerío insomne y marítimo.

...La muerte está paralizando toda actividad en una estalactita

de estratos duros y sin tiempo.

 

Si París tiene una catedral y una misa, una torre y un río que cena;

nosotros, la oquedad del infierno, hecha de caliche y yodo.

Huellas que parecen no llevar a ninguna parte precisa.

Buscavidas, como yo, sin preámbulos; aunque sin mucha esperanza.

El periodismo, inquieto, latente, en pleno desarrollo.

Los intelectuales de carrera y las figuras señeras, insepultas;

y de ahí, precisamente, el canibalismo salvaje que se practica a diario.

Es cierto, el pasado continúa casi intacto, pero...

¿desenterrar tantas veces a los muertos, vistiéndose con su ropaje?

¡No! Siempre  habrá un quehacer nuevo. Un "carpe diem" más urgente.

Les propongo, mejor, una simbiosis más novelada,

que, bien podría llamarse: "Los Día(z) del Gavilán".

Un perfecto empate técnico. ¡Y acaben las peleas!

"Que los muertos entierren a sus muertos", según se dice.

 

El pensamiento, quiérase o no, despierta y se renueva.

Es mejor equivocarse que quedarse quieto.

El viento se vuelve cada día más joven, como la ciudad,

abominando de sus viejos papeles, de sus registros.

Más de alguien se enojará por esto que digo,

pero es así la realidad. Poco culta.

Ambos, ciudad y viento no quieren tener edad; como los hombres, memoria.

Sólo quieren disfrutar de la aventura libre de cada hora.

¡Eso! Como un jinete ávido,

laceando todo lo que transcurre bajo el sol.

 

Enmarañada de calles y pasajes,

entre los altos telares de sus edificios, también joyas de orfebres,

Antofagasta

entra a reposar bajo el relente solar y el sudario del mediodía.

 

El mar es como una odalisca que, por fin,

se ha cansado de bailar a los pies del sultán tiránico.

Mas la ciudad misma no es una perla ociosa

como aquellas del Mar Índico. Es toda una joyería abierta

al resplandor del desierto y la perspectiva. Y si reposa a esta hora,

es sólo porque la noche de anoche ha sido muy larga.

 

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos reservados de autor, bajo la responsabilidad del mismo.

 

 

CENIZAS DE UNA PASION.

CENIZAS DE UNA PASION.

Un volcán deshojado como una rosa

en la tarde moribunda también,

donde sólo sobreviven, como frágiles mariposas,

las cenizas de una pasión.

 

Paisaje de invierno, sin embargo: la nieve íntima

bajo los últimos árboles de la existencia

que se devuelve como el río desde los altos márgenes,

hecho un sudario de sombras.

 

Levanto mis hombros y me marcho

con la música leve de las semillas, dorándose a sí mismas.

El camino, sin mis notas, acabará más solitario que antes,

atorado en el paisaje como una gota de plomo.

 

Boca del torbellino, más tarde, hambrienta de labios.

Boca de la luna llena y hermosamente plena de vaho;

al alba, cuando el día todavía anda en pantuflas y piyama,

y la nostalgia sobrevuela como un pájaro mis palabras.

 

Puede ser magnífica la nieve, maravilloso el paisaje,

pero como el corazòn de la niebla de esta mañana,

repetido como un eco en el hastío de esas rocas,

tu rechazo continúa pegado a mis ojos.

 

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

EL POLIEDRO Y EL MAR.

EL POLIEDRO Y EL MAR.

                                           Homenaje a Eduardo Anguita.

 

Cada cima, cada loma del mar bañado por la luna

es un ángulo recto a esta hora,

un cráter lleno de maldad.

La brisa trae mensajes fríos de palomas.

El cielo se ha detenido, acantonado en una plaza fuerte,

dispuesto a resistir.

El último jirón del espacio es una fuga roja

de violines alienados, peinados como copihues.

Es un cráter cada patio, cada estancia de la luna loca.

 

Cada monte, cada valle, cada uña del mar,

de la mujer rosa marítima, roza una cicatriz de espanto.

Tengo el alma enferma de tangentes,

de turgentes sombras a babor, hinchadas de ballenas.

Aunque el mar, generalmente, es un santuario de sal,

no me devuelve la fe sino a gotas de medallas.

Aunque el mar es un remolino, hoy es una dura bofetada,

gracias a Dios, sólo un día a la semana.

Me desangra entre sus dientes, sus molinos de piedra, sus cascabeles,

y cambio, no sólo de semáforo, de rojo a verde, a olivo,

pasando por la muerte, el desnudo y el olvido.

¡Qué sombra sin labios!

¡Qué enorme escenario sin actores ni cortinas!

Ahora, es una sirena enloquecida;

después, un muslo lleno de pavor y gritos de guitarra.

Su sangre derramada como un vino

a lo largo de mi pechera, en la cimera de mi camisa,

con sus frescos ojos de mirar de vicio, de vidrio impuro;

boya única su ombligo donde cambia de dirección el viento,

donde se desnudan, suicidándose los cometas bajo el sol,

mientras cae un rocío de leves azucenas,

y los pulpos desatan el nudo de sus pies.

 

El mar da doce volteretas de sal y resucita

en las estatuas heladas de sus orillas,

de sus rodillas tan cristianas, ¡tan crisálidas!

y me convence con sus espejos

donde pululan arañas gigantes,

granates finos de orfebrería,

y esa voz casi madre, casi niña,

sediento de sonidos y de átomos.

 

Soy el nuevo Ulises,

partiendo de Ítaca en una barcaza,

remendadas sus velas por el destino.

Es el pábulo de mi sangre, el pabellón a proa.

Es mi estancia que gira sin estrellas, sin luna,

de tabernáculo en tabernáculo,

en busca de la hostia marina

escondida en el fondo de tus ojos.

 

Mi duda,en tanto, es enorme, densa, como una gota de parafina

contenida en una botella falsa que flota a la deriva.

Gotea el cáliz en las lejanas viñas,

las simientes de rodillas rotas,

en cada herida, la flor de un niño.

 

Sé que me esperan en casa,

y son dos monstruos, Penélope y su hijo,

nuestro hijo,

padre de todos los monstruos paridos.

en tanto yo marche

por el mar y sus estatuas vigentes y vírgenes

en una gira, en torno al dios primitivo, y ciega,

segando los remolinos como trigo.

 

Autor: Héctor Cordero Vitaglic (Julián Rojas).

Derechos Reservados bajo responsabilidad del mismo.

EL ALMA SABE...

EL ALMA SABE...

                   (Dedicado a la memoria de los 21 compatriotas en el accidente aéreo de Juan Fernández).

 

El alma sabe cómo salir del agua.

El alma sabe cómo sobrevivir al frío.

De un solo salto puede pararse y volar hacia el sol,

desde las profundidades y encontrar al Padre.

El alma es el mejor de los sobrevivientes.

Jamás el alma será un islote abandonado,

ni un abismo desierto.

 

El alma puede vencer a la lluvia y a la muerte,

a condición de que sea un alma de fe,

un soldado de Dios, valiente.

El alma sabe cómo subir desde las profundidades azules

cuando cambia el color de la noche a un tono más claro.

El alma sabe ser el mejor sobreviviente...,

volando como una alondra

bajo todo el enorme peso del silencio.

 

¡Qué es para el alma el camino de regreso

sino apenas el graznido de un ave

sobrevolando el mar

entre algas y peces!

¿Quién podría decir esta alma está perdida

teniendo a Dios de luz y faro?

La fuerza de las almas, todavía de fe henchidas, pueden

voltear las piedras, superar todos los torbellinos...

hasta hallar el camino de vuelta.

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

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DOS TIGRES COMIENDO PAN.

DOS TIGRES COMIENDO PAN.

Dos tigres comiendo pan,

paseándose como gatitos sobre la mesa.

Sus lenguas: una lija gruesa.

Sus hambres, portentosas como la luz.

Grandes bigotes de amanecer.

Olor fuerte y salvaje.

Sus patas, enormes y exactas,

jamás volcaron platos ni copas.

¡Con qué felina delicadeza

nos arrebataban de un solo y relamido mostachón

los mendrugos desde nuestras manos!

 

Lo soñé hoy, domingo 21 de agosto,

a las 6,00 AM., lejos ya para siempre

del cometa Elenin y sus alineaciones chantas

con Júpiter, Mercurio y Zoroastro.

 

El sueño fue mucho más real y sobrecogedor

que un terremoto.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

EL JARDIN DE LAS MARIPOSAS.

EL JARDIN DE LAS MARIPOSAS.

Era el patio de las amistades clandestinas

(niños jugando y sus padres se odiaban en el vecindario).

A veces quisiéramos que el sol mantuviera la boca cerrada,

que no nos dijera nada.

¡Oh, si pudiéramos, volveríamos a alimentarnos de manzanas,

como en el viejo Paraíso!

Peor todavía, no comeríamos otra cosa.

Los errores inauguran estatuas en nuestra sangre

y los crímenes y pecados jamás terminan de coagularse.

Están frescos y tibios allí, como en cinemascope.

 

Menos mal,

que no nos delata el tanteo de la lluvia en el zinc,

ni el sorpresivo portazo del viento en la conciencia.

¡Oh el infinito calvario de lo que hemos dejado de hacer, por lo que somos!

El dolor es todo aquello demás. Lo que nos sobra.,

lo que nada tiene que ver con nuestra estatura,

la sospechosa sangre de nuestro diario quehacer.

 

Somos ese niño que encontró un día

la plantilla de la conversación secreta entre sus padres,

y en cada orificio, en vez de una vocal o una consonante,

vio, con horror, que asomaba un gusano.

O como ese otro, aquel

que encontró en casa un látigo manchado de sangre.

Era su padre que trabajaba secretamente para el Estado opresor.

El mismo que

le hablaba al niño de mariposas en sus ratos libres.

El mismo hombre dulce que coleccionaba para él

sellos de correo y mariposas de mil colores,

y que lloraba cada vez que pinchaba una en el insectario.

La madre, en tanto, era un tranvía al pasado: desvencijada y ya sin líneas,

llenando sus ojos tristes de polvo y atardeceres rotos.

 

Un día, el niño limpió cuidadosamente el látigo.

Su padre, al descubrirlo más tarde, tuvo que morderse los labios

y apretar los puños.

Sin embargo, no le dijo nada. Le regaló una caja de bombones.

El niño había comprendido en su inocencia

que ese cuero endurecido, aunque mancillado de gritos,

era todo el ingreso del hogar. Lo que compraba mariposas.

 

Este mismo niño, manzana abajo, oyó un día

que un hombre del vecindario, despechado, le gritaba a una mujer:

"¡Eres peor que el cadáver de una semilla!" .

Y la frase le quedó ardiendo en las orejas

y quemándole la palma de la mano para siempre,

       como un clavo que ya llegaba tan puntual y tempranero

a su vida en bajada.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo la responsabilidad del mismo.

SI LA VIDA ES COMO UNA FLOR.

SI LA VIDA ES COMO UNA FLOR.

Si la vida es como una flor: sol de un verano,

yo quisiera ser como Omar Khayyam:

tan sólo soñar, fluir, dejarme llevar.

...Es mejor ser abeja que hortelano.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

LA PIRAGUA.

LA PIRAGUA.

Va como dibujando algo sobre las aguas

yertas como un espejo.

Para mí, que va olfateando no el camino de ida

sino el de regreso,

y a ratos parece una graciosa bailarina

en punta de pies.

 

Si nos fijamos bien,

el remo solitario es la prolongación nerviosa del brazo,

de la poderosa espalda, de la frágil ceguera

de la mano del hombre,

que es aquella pequeña hormiga que,

desde lo alto del risco...,apenas se ve

 

y vuelve dos veces majestuosa y grande

la inmensa placidez del lago,

                  que es como el ojo desnudo de Dios.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados bajo del autor bajo responsabilidad del mismo.

DOS PRISIONEROS.

DOS PRISIONEROS.

Tanto el preso de la idea como el del número

ignoran cuánto sol acarrean en su molino de ilusión por delante.

¡Qué me dices, Sancho!

La tarde es el cuadrado de una celda que nos vuelve locos,

el nombre de cada cual, un remiendo de tela que no justifica nada,

y el tiempo, algo que todos quisiéramos evadir.

De hoy mismo es esta orden del oído que me indigesta,

mar anclado del espejo en medio del patio esmerilado y solo,

donde me paseo inutilmente sin dar conmigo mismo

y sin poder huir de tus ojos.

 

Un día llegará, enteramente negro,

cuando el cuervo no pueda ya con su pico, con sus alas,

y goteando su lenta leyenda de oculto trigo

permita

que al fin se alinien los números contra la pared

alcanzando las ideas libertarias,

y la vida se dé un abrazo con la muerte,

                                     como lo son en verdad,

como dos hermanas en ayuno.

 

Qué falta hace que haya prisioneros,

si rodamos juntos de escalón en escalón,

si vamos lanzados en esta piedra sin retorno por el cosmos...

 

Pero,

por favor,

no manches con tu sombra mis plumas.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

ANDA UN LOCO SUELTO EN OSORNO.

ANDA UN LOCO SUELTO EN OSORNO.

   COMUNICO Y ALERTO A LA COMUNIDAD LITERARIA E INTELECTUAL DE OSORNO, QUE UN LOCO, VANIDOSO, Y ENFERMO DE EGOLATRA, ANDA DIFAMANDO A LAS PERSONAS HONORABLES Y REALMENTE CREADORAS (ERGO, SUJETAS A LA VERDAD Y A LOS VALORES ETICOS), COMO ES EL CASO DE ESTE SINCERO COLABORADOR DE LA LITERATURA. YO SIEMPRE HE SOSTENIDO SER UN ALUMNO EN EL DIFÍCIL ARTE DEL ESCRIBIR. Él SIEMPRE SE HA DEFINIDO - NO SÉ DE DÓNDE SACÓ ESA IDEA, TAL VEZ SÓLO DE SU POBRE CABEZA DE ENFERMO- COMO EL MEJOR POETA DE OSORNO, PERMITIÉNDOSE COMPARARSE A POETAS COMO SERGIO MANSILLA Y MAURICIO OTERO.  SU ACTITUD, DE POR SÍ DELEZNABLE, LA ESCONDE TRAS LA MÁSCARA DEL PAYASO KRUSTY (SÍ, EL MISMO DE LOS SIMPSONS, A CUYO AUTOR PLAGIA DESCARADAMENTE, POR EL ÚNICO MÉRITO DE PARECERSE FÍSICAMENTE AL PAYASO AQUEL) Y EN EL COBARDE ANONIMATO. PERO, LO PEOR DE TODO, DICE ÉLQUE VIENE COMISIONADO POR LA SOCIEDAD DE ESCRITORES DE CHILE PARA SER EL PRESIDENTE DE LA SECH LOCAL (¡DIOS NOS LIBRE!). DESIGNADO A DEDO, COMO EN LOS TIEMPOS DE LA DICTADURA, A LA CUAL RINDE CULTO.

EN LA ORBITA DE MIS DEDOS ACUCIANTES

EN LA ORBITA DE MIS DEDOS ACUCIANTES

No tengo todavía

esa casa que ponerme en el alma

y el silencio silba

y da frío y da sombras de miedo,

sogas de aumentativas torturas.

No tengo ese pan

que al posar se fotografíe

como un ente tranquilo lleno de niño

y debo descubrir su temblor

de inquietante mina.

No tengo ese sorbo de agua

que desciende desde el torrente mismo de la paz

y que amarga

en cruz de calavera silente mis tibios momentos.

No tengo, finalmente, ese papel

de sol o de aluminio para alumbrar

la huidiza conciencia del lector

o de mi público oyente,

y escribo, como el esclavo escribe, exánime

sobre el lomo de la serpiente que se escapa

lejos, tan lejos

de mi deseo preciso y de mi novia...,

sintiendo

que mis dedos no son más que un aleteo

desesperado de pájaro

que rehuye la oscuridad...,

yo,

que tanto amo la curvatura astronómica del cielo,

el destello inmenso, acuciante de su enigma.

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor

bajo responsabilidad del mismo.

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COMO PIENSAN LOS ARBOLES.

COMO PIENSAN LOS ARBOLES.

Las pasiones son las astillas, los cascarones

que deja atrás un bosque para volverse puro.

 

Un árbol, así desnudo,

se hace amor, tanto para el enamorado como para el bruto.

 

Ahora, pensemos...

¡qué no tuvo que hacer Dios para hacerse Dios!

Pensemos..., no como razonan los hombres

sino como piensan los árboles.

 

 

Autor: Julián Rojas.

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

EL MAR DE TALTAL.

EL MAR DE TALTAL.

El mar es ancho, con la maldita señal

de la sal en la frente.

El mar es una fuga de estrellas

sobre el abismo de su herida tan honda.

 

Una copa de oscurecida miel, donde el cielo

baja a beber constelados recuerdos.

El mar es una ciudad sumergida en la noche

que nos mezquina sus profundos secretos.

 

Pero, de día, despierta. Y nos golpea,

enardecido por ello,

con carretones cargados de piedras.

 

El mar que acorrala las casas contra el cerro,

y tiene, en su locura azul, en las calles, cuesta arriba,

silenciosos muelles para desembarcar su furia.

 

Hay una pléyade de lanchones en la bahía,

circunspectos, graves, salitreros,

mecidos más que por el mar, por la nostalgia.

Lo que no ha logrado el olvido, quieren hacerlo las arenas:

tragarse a Taltal.

Enterrarlo en sus viejos hoteles sin pasajeros.

Sepultarlo en el aullido de sus trenes ausentes.

En el exilio feroz de sus gentes.

En sus tiendas decapitadas por el progreso.

En su cine Alhambra, inválido y ciego.

 

Taltal es una historia de mar bravío

y de caliche ingrato.

Una manzana agria de madera

donde han fracasado todos los gusanos.

Una inmensa forja de metales humanos

que algún día amenaza con agotar sus martillos.

 

Yo nací allí, un veinte de mayo.

Bañado por el mar ancho y escarnecido de estrellas.

Y llevo, escondida, encima de mis penas

la señal de la sal en mi frente.

 

 

Autor: Julián Rojas (Héctor Cordero Vitaglic)

Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.

 

 

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