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CUNA DE MINEROS.

A mis sesentaidós años,
tanta pala que acumuló un cerro enorme de soledad
en lo alto del mapa, en el desierto.
Sin embargo, el negocio de mi vida
sigue abierto a mis hermanos.
Hoy se fía todo. Mañana también (...si hay un mañana ).
Conmigo se quedó dormido para siempre mi padre,
y su mina de cobre sellada
en el resplandor de la última tarde,
como bien lo sabes, Silva Iriarte.
¡Y ahora, justamente, cuando el precio está por las nubes!
Las camionadas lentas de su ausencia se devuelven con las manos vacías.
Taita, hazme un favor: cuando veas a Víctor Jara,
dale un abrazo por mí. Dile
que de no haber paro ese día
tomaré el próximo trolebús al cielo,
donde haremos, por fin, eternidad el instante.
Cuéntale lo que ya debe saber,
que el Palacio de La Moneda todavía arde
en los ojos sin consuelo de la multitud.
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
TODOS LOS HORIZONTES DE LA TIERRA.

¿Tienen una mirada de abuela o de niñas las aguas?
¿Alguien sabe cuándo cumple años el cielo?
Es tanto tu amor, Dios mío, que me bastan
la sombra de tu iglesia y la dulzura de tu silencio.
Pero en mi medida de hombre, muchacha mía,
cuando no vienes a verme,
son todos los horizontes de la tierra
los que me dan las espaldas.
Estoy más solo que un caballo durmiendo bajo una manta de diarios viejos.
Tan solo como las sillas, como las mesas cuando han cerrado la taberna
y se queda ciego el vino para siempre.
Ganas de abrazarte como los árboles al estirar sus brazos al viento que se marcha
a recoger las hojas de otras vendimias.
Si existiera la justicia, estarías a mi lado
como este corazón de niño que jamás me abandona.
Las ropas cuelgan, secándose en los hilos de mi pieza;
como piezas dentales cuelgan de una boca que ya no traga.
Estoy lleno de metales
que alguna vez formaron parte de una maquinaria.
Una locomotora a carbón, algún barco lisiado.
Mi corazón, al egresar del colegio, no tuvo más trabajo que el de contenerte a ti. Y ahora vaga,
ahogándose en su propia sangre.
Si nadie sabe la edad del cielo
ni con qué ojos miran las aguas la eternidad,
es lo mismo que todo esté muerto
o dormido.
Que Dios mismo sea sólo un largo silencio
o el murmullo lejano del mar que no escuchamos.
Que tus pasos regresen cuando creo que vienen a buscarme.
Que el caballo sea analfabeto bajo el frío del invierno.
Hay cosas, noticias tan tristes
que no vale ya la pena escucharlas.
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
LA PARED DEL SUEÑO.

He cambiado la pared del sueño recién ayer, jueves. Te pido perdón, Vallejo por esta pasión desmedida. Ahora tengo frente a mí otro frontispicio de ideas, y la gran tarea única de sobrevivir al invierno de mi vida, a los números esquivos y a las palabras que me afean. Cuando encuentre al fin la ventanilla de los reclamos, la divina mampostería recamada en cristales, temo que sea tarde y ya esté ciego o muerto del todo. Considerádlo, os ruego, en mi parca biografía. He arrancado algunos retratos que sobraban y he dejado secos los ojos de la pared, que me ausculta tanto como un galeno irremediable. Bueno, todos siempre se creyeron médicos en torno a mí; y la única enfermedad de la que verdaderamente padecí fue el hambre. Otras cosas, más transitivas, aunque no menos importantes fueron las lluvias y los besos y mis versos acantilados. Pero en el hambre, no supe de traiciones. Su garra jamás me dio las espaldas. Y lo agradezco. Aunque el silicio sigue con sus tres capas de electrones, como si nada, y con sus catorce lunas a la gira del piadoso mirar del buey. Se ha abierto un forado en el cielo, por donde me llaman a almorzar. Todavía quiero quedarme otro poco más en el medallón de las calles, porque amo esta multitud a la que le soy indiferente. Amo esa unidad de tu recuerdo que a veces se hace presente entre las hojas de un libro, como un mínimo pelo rubio. A ocho meses aun de la Navidad y de recibir el regalo de mi rabia. Y a uno del doloroso doble aniversario de mis estrellas.
He salido mucho a caminar. Y conversé de mis penurias con un buen amigo que me ha dejado en el mismo punto del antes de salir. Como si todavía no naciera, y la comadrona, plácida, me contara en el oído niño las cosas de amargas que ya me esperan.
Si yo pudiera viajar como tú lejos, no me quedaría a vivir conmigo solo, con tan mala compañía como debo ser yo, el ácido, el alcalino. Mi nieto me sonríe en la pared del frontispicio. ¡Viva su eterna fiesta sin haber pisado Puerto Varas! Que viva felíz su infancia que todavía no sabe. Como yo, que todavía no conozco la partida de mi nacimiento, viudo y viejo ya de todo, leyendo los partes de mi defunción.
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
GRECA DE BARRO FIERO.

Me quedan menos monedas
que los días que me restan en las alforjas.
Busco a tientas una sonrisa.
¡Ecce homo! Un emplasto de palabras que me devuelva la energía.
Varado el pie, varado en la alameda
antes tan llena de flores, de alas.
Desalada estampa de ahora, sellada
bajo los vidrios fríos de la mañana. Cuando
las manijas no calzan con los ímpetus de la distancia,
y todo va evaporándose.
Todo embate, envase todo, con el pesado antimonio del sueño
que anoche tuve que luchar contra la sábana mortal. ¡Y a mis años!
Apenas resucité de mañana.
Encendí un cigarrillo de lánguidas arañas
que inmediatamente huyeron del lugar.
Ricas hebras no logran impactar en mi pobreza,
ni ofreciéndoles mi sangre:
ese rubí inobjetable.
Ese diamante de mi promesa que pasó, tarde,
todas las pruebas del puente. Que no cayó jamás
en el vericueto de las aguas falsas.
Seco está de todo, cuando tú lo dejas, abandonado.
Tus ojos de almidón, mercenarios, verán en él sólo un barro.
Un pozo de pobre luz artesiano.
Me voy con el quejumbroso peso de mis alforjas,
con las abejas que suscitan mis monedas diarias
a desenrabiarme, a desenrubiarme,
¡a comprar el carajo en otra parte!
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad de el mismo.
