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COMO UN SUEÑO EDITORIALIZADO.

Café cortado lilas al alba
cuando los fuelles vencidos del sillón
se emparejan con mis bofes
oh cuántas islas atesoran mis dedos
tu sonrisa Gioconda como una sémola
en las insustanciales sombras de la galería
por donde resbala en caída newtoniana mi alma
pero siempreviva
solapa con que me mancha indirectamente
la importancia augusta del pintor
Desde lejos amándote más que a París
más mucho más que a este Louvre de cristales
catedralicios monárquicos
y todo es en francés el letrero de la esquina
el taxi monsieur y no hay forma de comunicarse contigo
mil novecientos noventa y siete
hay que volver al hotel para volver a hacer las maletas
para volver al bus y volver lentamente al avión
que vuela en reversa
la anchura fantasmal del inmenso océano
y dar de nuevo con el pequeño Sur
entre tanto invierno
y enhebrar el hilo entre tus dientes
única forma de que sonrías
luego hice un dibujo de ti explicándotelo todo
por qué Amboise por qué la huida por el bosque
por qué mi barba de Papá Noel
por qué la máquina de guerra y el paracaídas
por qué mi amor a través de los siglos
por qué yo mismo por qué tú Mona Lisa
Y por qué la novela de Dan Brown mucho después
y por qué tanta conmoción y tanto acertijo
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
EN BOCA CERRADA NO ENTRAN VOCALES.

AEIOU, todas las vocales reunidas
en un mitin de gritos,
como las raspaduras de hierro en torno al imán.
Bisagra de la lengua es la vocal.
La boca misma de una mina inagotable de e-lecciones eternas;
la entrada a la mosca abismante del vuelo,
zumbadora de infinito, i, o
al palacio del hambre,
a la casa del terror,
pero de esas ferias rodantes, pobres, ¡pobres!
Los locos, los suicidas del pincel,
los poetas
andan sueltos dentro de la jaula,
y desde lejos, o muy cerca, sube un olor a establo,
a nuez podrida, a manzana de Adán.
AEIOU! Al pronunciarlas juntas
en el grito unicorde,
suenan a amarillo,
a arcoiris descompuesto, incompleto.
Hay que entenderlas en las heces del sibarita,
en las erres del runrún, en la T del tóxico fermentado.
AEIOU! El esternón rojo de la fragua
donde se arma el pálpito de la guitarra,
sus dedos a veces deicidas
pulsando en las cuerdas, que también son cinco,
un Getsemaní de lágrimas,
y, sin embargo, españolísimo, andaluz a redundancia.
La A del amor sanforizado que se nos promete
que no arruga ni encoge.
¡Dios nos pille confesados!
La E de la eternidad, del éter,
encendida en las raíces de la gramática
y que tanto nos cuesta comprender a-ve-ces.
La I de la ilusión, de esa luz que a ratos oscurece,
hilamento de hermanitos huérfanos de hogar.
La O, ataúd redondo, ofrenda robada al olvido
de todos estos años puercos, pueriles.
Y, finalmente, la U.
Que cuando no campeona, desciende a segunda división.
La copa en que se bebe el adiós.
El insecticida despabila a las pulgas de los sentidos
y las mantiene alertas, energizadas.
¡Qué hubiera sido de ellas sin ese tónico que idearon
las fábricas asesinas de la salud humana!
Las vocales están colgadas del murciélago,
boca arriba, en la oscuridad de un paraguas repulsivo.
Y no hay más.
Las vocales entran en las palabras como una locomotora
al carbón del túnel,
mientras duermo aeioú
con mi píldora de fabricar sueño bajo la lengua traspuesta,
española.
Autor: Julián Rojas.
Derechos de Autor Reservados bajo responsabilidad del mismo.
A LA SOMBRA DEL TROMPO VA GIRANDO EL TIEMPO.

Todavía no logro despejar el círculo de rostros desconocidos
que son como un bosque de piedra a nuestro alrededor,
humedecido por las sombras de las grandes acacias.
Y en vez de la llave musical de tu sí, suena una gotera interminable en mi mente.
Yo no soy el gásfiter, niña mía; ni mucho menos, el gángster que lo resuelva todo.
Apenas un muchacho que tomó el lápiz para dibujarte.
Han surgido cercas nuevas en tus dominios
y se mueren mis años contando las ovejas que saltan enmascaradas tus vallados.
Pues, en ese mitin de pastores anónimos, lectores de la Arcadia Feliz,
no me dejan entrar; no me reconocen como a un socio.
Yo sólo asisto al espectáculo gozoso de la miel
que en cada atardecer ellos se llevan a sus labios.
Registro las mareas que va marcando en la pared de mi estar
el tiempo que se marcha viejo y retorna joven.
La decrepitud del calendario donde mueren
como trapos roñosos las mariposas.
El coro fosforescente de las libélulas
y todos, y cada uno de los incendios imaginarios.
Y siento en ese abrazo que me das
el temor de cómo lo voy a pagar después, aislándome,
deviniendo cada día en un ser extraño.
Que me miraré en el espejo sin reconocerme a mí mismo.
Si ya me pregunto de quién son estas ropas, de quién estos zapatos;
qué hago aquí con estas manos ajenas. Como un bicho negro entre las abejas rubias.
Debo estar ya muerto, y en mi ceguera de vida recuerdo
el vuelo que me enseñaron cuando muchacho.
La vuelta del aro por los caminos terrosos. Mi cabeza despeinada por el viento.
La ebriedad de colores del trompo de madera,
cucarro y extraño con su hierro, como yo mismo me vuelco en tu vida
...incendiando círculos de nostalgia.
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
POESIA A ESCALA HUMANA, NO ASTRONOMICA.

Huidobro a veces es una etiqueta de salón demasiado pesada,
un Ives Saint Laurent, un dictador de moda, limitante
como los bastones ortopédicos, como los frenillos, como una silla de ruedas.
Que los dientes y las piernas y los brazos crezcan para donde quieran ir.
Tú no les ordenas a tus piernas, "¡sube esa montaña!"
( menos aun si se trata de una montaña imaginaria ).
Son ellas quienes amanecen o no con ganas de escalar y te llevan a la cima.
Al tahur le tocaron en suerte unas manos asquerosas
y no tiene otro destino que barajar las cartas marcadas de codicia.
Hasta que no se practiquen transplantes de piernas y manos,
iremos de casino en casino o de montaña en montaña.
Lo importante, señores...es que no muera el heroísmo.
Que el destino sea acorralado en el fondo de una mesa
o en el resplandor de la nieve.
Sin embargo, todavía hay cosas hermosas que concebir, como
"una lluvia de paraguas rojos en pleno invierno".
"El viento trae las bufandas desde los países cálidos del Africa".
O, "Me inclino a tus pechos para abrazar la blancura de los Andes".
Pero también hoy quisiera jugar una mesa de billar
con los amigos que no veía hace muchos años.
Que la poesía sea reconfortante como una copita de cognac, mientras arrecia el frío.
Que cuando cae la nieve, tus ojos siguen inalterables
en el cielo
y puedo ir a visitarlos más tarde. Poesía sencilla como la reina del naipe.
Conozco todas las trampas del destino que nos separan.
Ya sé cuál es el camino para llegar.
Cuando quiero estar triste, tengo para mí solo toda la tarde.
Las bolas al chocar sobre la carpeta se salpican de la fresca sombra de los planetas.
Si algo sobra en la mirada de los astrónomos
es su incapacidad de volver a sentirse niños. Son demasiado graves en sus lentes "poto de botella".
Si algo echo de menos en los versos de los poetas
es el valor de dejarse conducir por las palabras, como el pastor hace con las ovejas
hasta los valles donde el pasto crece más verde.
Admiro esa paciencia diáfana en los ojos de los corderos,
cuando no sólo de carne y de lana viven los hombres.
Instrumentos nos faltan para pesar el aire y el sol,
y luego empujarlos con el taco hasta el fondo de la tronera.
Que duerman los astros reposados en el silencio matemático de la noche
hasta el juego del día siguiente.
Ahora...¡a lo nuestro! A morder tus pezones con mis labios.
Autor: Julián Rojas.
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
LAS LLAVES DEL HORIZONTE. ( A los viejos pescadores de Taltal )

¿Cómo hacen los pescadores para cruzar la línea del horizonte?
¿Se arrastran nadando entre el cielo y el mar,
y sus faluchos se quedan de este lado, esperándolos?
Detrás del horizonte comienza el reinado de la noche.
Brotan en la superficie grandes peces blancos, con ojos borrachos de luna llena.
Son pocos los temerarios que se atreverían a cazarlos.
Los pescadores se internaban en esa jungla
buscando el congrio negro, el congrio rojo de frescas agallas,
para, muchas veces, encontrar la muerte o la locura.
La abuela nos contaba de estas cosas, al acostarnos,
no para que nos diera miedo; para que nos durmiéramos más pronto.
Y al día siguiente, todo nos causaba pavor. Hasta las líneas del cuaderno.
En la taza del baño imagninábamos quizás qué monstruos abominables
dando vueltas en el fondo, alimentándose en esa pequeña oscuridad
de nuestros deshechos.
Mi estitiquez era monumental. Duraba semanas.
Me hacían tragar mis padres litros de purgante.
Nunca más picotear entre las comidas.
Y cerrar, cerrar, sobre todo, las ventanas que daban hacia el mar
con los dobles postigos de nuestra inocencia agraviada
por el ser más dulce que podíamos imaginar:
la abuela.
Quedaba prohibido mirar hacia La Puntilla, de noche, sin persignarse.
Era una lengua de tierra mágica, afiebrada por las leyendas.
Algo parecía deambular entre los roqueríos, en el estallido brutal del agua.
Sólo la vuelta del verano traía paz a nuestra infancia.
Aunque a condición de bañarse sólo en las orillas de la playa.
De jamás darle las espaldas al horizonte. Esa guadaña llamada lejanía.
Nos decía la abuela, que por eso bebían hasta embriagarse los viejos pescadores.
Remendaban al alba los delirios en sus redes rotas,
arrancándose a manotazos los demonios de la noche.
Al parecer, perdieron las llaves que abrían el horizonte.
Porque, cuando pasé por allí, años más tarde, no había nada.
Sólo un puñado de arenas oscuras y un pedazo de mar, tan tranquilo que parecía muerto.
Y no veo otra alternativa:
o fueron sólo un ensueño de nuestra infancia los pescadores
o nuestra abuela querida nos engañó siempre.
Autor: Julián Rojas ( Héctor Cordero Vitaglic ).
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo.
AL SUR DEL SENTIMIENTO.

A Federico Tatter, cantor y encantador del bosque.
Eternamente niño, como nuestro duende nortino, Andrés.
I
Bajo la hoja de un árbol se deshojan
los rayos de la tarde,
las sombras del camino.
Bajo la hoja muerta, la tarde lenta
...y el árbol mismo.
II
De un racimo de uvas nació la idea
de nuestros dedos fríos.
Después, mejorando el concepto,
llevamos a la viña toda la caricia,
como un milagro de luz.
III
Hay gallos en este silencio
profundo de la tarde.
Un pozo que, no por ser infecundo,
fosforea en el aire lleno de plumas.
IV
En esta tarde gris de julio,
las nubes dibujan en el cielo
unas morcillas.
Suenan cencerros en el aire.
Estrictamente hablando,
no existen las ovejas negras.
V
Espuela del agua
entre los crespones verdes y ariscos
de las viñas...
¡quién te oyera cantar tu tintineo de estrellas dormidas
cuando te quedas así traspuesta!
VI
Nos vamos, y no hay novedad.
Nuestra existencia es una fuga eterna. Una flauta.
El silencio muere cuando se detiene
a los pies inválidos del muro.
En nuestras alas, las cinco plumas doradas del adiós.
VII
Paisajes de otra vida nos transforman
más allá de las cercas,
más allá de las sombras de los álamos.
Morir es como cuando alguien dibuja tu sonrisa
y desapareces en el grano mínimo de tu piel.
Lo último que sientes es el calor de esa mano.
VIII
Rosa negra. Negra rosa del destino.
Rosa que nunca fue plantada en la tierra.
Y, sin embargo, floreces en mi certeza.
¿Qué importa que nadie sino yo te vea?
IX
Está por partir el barco del amanecer.
Han subido a bordo las abejas, las valijas.
Y entre las sombras de las acacias,
retrasados como siempre, tú y yo,
arriando nuestros sueños de niños hacia la cubierta.
X
Los espejos nada más saben reflejar el futuro, el presente.
Y sólo de tarde en tarde maravillosa,
como una broma macabra,
develan nuestras figuras jóvenes al ritmo de un fox-trot.
Pero ha caído la nieve en la pista de baile...
y los bailarines viejos nos desbandamos como garumas
bajo la tempestad del tiempo.
XI
Un gallo canta y encanta en el patio vecino.
No es el gallo de Pedro, sino el de otra traición, más reciente.
Es la oscuridad de la noche, bajo las estrellas negras,
crucificada en la figura de un espantapájaros burlón.
XII
Manzana, invicta manzana que pilotea
un gusano.
¿Cómo de ser tan comida a lo largo de los siglos
y a lo ancho del destino humano,
sigues siendo la misma?
XIII
El silencio está en todas partes.
Pero sólo en el cementerio, entre las losas ruines,
tiene la frente del recuerdo tan sólida.
Escucha, hijo mío, el rumor de sus sienes.
El silencio es como un pájaro que sobrevuela
las hojas en blanco que van quedando en tu cuaderno.
XIV
Pareciera que los caballos perdieron anoche el camino.
Que la tierra toda cojea de falta de herraduras.
Y sólo se oye galopar el viento.
Quejarse de tanta noche las lechuzas sobre los árboles.
XV
Esta es la oscuridad que yo te decía.
La oscuridad que cubre todas las oscuridades
como el magnífico garañón,
y se apodera de la luz ( la del alma y la doméstica ).
En ella toda lámpara,
y hasta nuestra propia ceguera es inútil.
XVI
¿Quién acortó el camino entre los abismos
que ya estamos de vuelta en casa?
Crujen en el establo el agua, el heno amarillo,
los ladridos blancos con que nos reciben las jarras
y el loco cacareo de los utensilios oxidados.
Mejor no miremos hacia atrás,
donde quedaron insepultas las pesadillas de nuestro viaje.
XVII
Es Dios, amor mío.
Dios, el Autor de todos los milagros.
Dios, quien abre los candados con sólo soplarlos
con su aliento.
Dios, que nos ilumina
en la sonrisa inocente de nuestros hijos.
XVIII
La copa del árbol brinda por el adiós.
Pero, en su inmensidad,
bebe por una inmensidad mucho más grande,
incontenible de amanecer, insaciable
aun para la copa infinita del árbol.
...Y nadie en la tierra sabe cuál es.
XIX
Los queltehues pasan volando tan cerca,
revelando secretos que quedaron amarrados
en los nudos del silencio, antes que la lluvia rompiera a cantar.
De ahí, las manchas blancas que enlodan sus alas.
...Su adiós metálico, como un martillo que gotea
en el crepitar de la fragua.
XX
Pequeña hoja verde,
llena de esperanza en el fervor enloquecido de esta jungla,
cuando en la urbe andan relojes tropezándose.
¡A ti también te canto!
XXI
El Rahue se da una vuelta por Osorno
y huye pronto hacia el mar.
Huye de las calles que lo acosan,
del alarido atroz de las fichas plásticas
que gritan su hambre sin mandíbulas.
Huye del remiendo de la pobreza,
y también de su remedio.
Va en busca de las espumas y las gaviotas.
Enceguecido por las luces de la avenida República.
Revolcándose en el lodo, como un toro ya viejo.
XXII
Esta es la última carta del naipe
que se juega el agua.
El ciclo de los nervios traerá de vuelta los incendios.
Los caballos del tiempo inician la trilla
para que renazca más sólida a la tarde la sombra del molino.
XXIII
Hay una lámpara singular perdida
en el fondo del bosque, del pinar.
Estos ojos, todos los ojos míos, mis propios ojos
para quien la encuentre, y pronto:
estoy ahogándome de tanta oscuridad.
XXIV
¡Qué cosa más increíble!
La solidez insigne de la tarde afirmándose en el temblor
de los vidrios llorosos de frío de las ventanas.
La veo en la frágil matita de dulcamara; como tu beso, amor,
justo en el borde, en los labios de nuestro abismo.
XXV
El caballo del invierno en nada se asemeja
al corcel del verano,
que renace bajo sus propias crines.
En verdad ¡no sé por qué se los digo!
XXVI
Estoy arrancándome algo, algo
que me sobra bajo el abrigo,
algo que tiene de tenebrosa telaraña y de sombra maligna,
...y descubro
que no hay suficientes espinas ni en los cardos.
XXVII
La torre de la catedral
no sé
por qué me recuerda
una pastilla, un caramelo
de menta.
XXVIII
¿No tendrá que ver la juventud
siempre eterna, siempre fresca de Dios?
Cuando entro a la misa
en busca de Su Palabra que revive,
me doy cuenta, en el temblor de esa menta,
que, todos: niños y viejos,
no somos más que unos niños.
Que unos gañanes, unos peones del mismo destino.
XXIX
Recojo frambuesas en el campo
hace tres veranos
para mis morrales llenos de hambre.
Le hablo a Dios y a los pájaros, mis amigos,
mientras cosecho,
mientras mis manos se mueven rápidas como mariposas.
...Y no por eso son más rojos mis labios.
XXX
Todo libro parece que huyera de las hojas naturales
del árbol,
como huyen los pájaros
espantados de su propia sombra que aletea en tierra.
Pero ¡quédate quieta, para leerme en tus ojos!
XXXI
Cae la noche y todo vuelve a la normalidad.
El libro de los sabios se cobija
bajo las alas del búho, que no pierde el tiempo
en dormir. Todo pasa por su pensamiento, para ser.
Lentamente, va convirtiéndose en árbol, en pensamiento fijo,
como un mascarón de proa milenario.
Desde mi lecho escucho el goteo de ese vaso comunicante,
y me siento más que nunca hermano de todos los hombres, Lavoisier.
XXXII
Reina la noche,
la estrella fugaz del miedo y la ignorancia.
Para nosotros, náufragos de la inmensidad,
apenas la plegaria de una lámpara,
las páginas de un libro reconfortante.
Nos atrincheramos bajo las sábanas
...hasta que llega el alba, pezpunteando
las líneas borrosas del camino.
XXXIII
Los gallos despiertan con el oro del sol
en sus tricornios.
Con el nuevo grito de libertad.
Traen de regreso a Marat, a Robespierre,
en lo alto de sus córneas.
Las sombras de un rey, de una reina guillotinados.
En la inmensidad de la mañana y del campo, siento
que sólo con sangre se pintan los paisajes de fondo.
XXXIV
LLueve.
En la borrasca del agua y del viento
se nos olvida todo el presente, el pasado todo,
como al viejo pizarrón de la escuela.
Sólo el ruido del arado
y el mugir de las vacas nos mantienen vivos.
XXXV
¡Oh tú, maestro jornalero, zapatero,
hilandero del tiempo fugado!
¡Tú, gusano que pasaste todas las pruebas
de este largo aliento...,
tú eres el verdadero maestro!
Que no lo escuche el búho,
mientras caen las hojas con los árboles.
XXXVI
Antes de marcharme, no podría dejar de mencionar
la palabra niebla ( camanchaca ), la palabra eclipse,
la muy triste palabra plenilunio.
Una palabra tan larga como Antofagasta
y una tan breve, como necesaria: paz.
Paz al caminante y al que habita el alquitrán.
Paz al hermano mayor y al hermano menor:
me refiero al búho y al hombre, respectivamente.
Yo no estoy hecho como ustedes, hermanos míos
sólo de huesos y carne y silencios: ante todo de palabras.
Palabras que me vienen de los libros, de mis hermanos búhos,
de mis árboles padres.
Autor: Julián Rojas ( Héctor Cordero Vitaglic )
Derechos Reservados de Autor bajo responsabilidad del mismo
